Contratado


por Rodolfo Calderón Vivar es egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Rigoberto Pelocha, para servir a Dios y a ustedes, había egresado de la ilustre Facultad de Ciencias Políticas y Sociales con el flamante diploma de periodista bajo el brazo, una fe inquebrantable en la humanidad y una úlcera gástrica en plena gestación. Estaba convencido de que, armado con su impecable sintaxis y sus nobles ideales, se convertiría en el azote de los políticos venales, el terror de la burocracia y la voz inmaculada de los oprimidos.

Sin embargo, la asfáltica y cruda realidad de la Ciudad de México no tardó en acomodarle los ideales a bofetadas. Su accidentado periplo comenzó en la mítica calle de Bucareli, buscando acomodo en las redacciones de los grandes diarios. En su primer intento, topó con el primer e infranqueable muro de la idiosincrasia nacional: la secretaria.

—Fíjese que el director no ha llegado —le informó una damisela de uñas carmesí, sin dejar de masticar su chicle ni de teclear en su máquina—. Fíjese que está en acuerdo. Fíjese que mejor vuelva el mes que entra.

Tras cincuenta «fíjeses» y varias antesalas estériles, Rigoberto logró llegar ante el jefe de información de un afamado pasquín vespertino. El hombre, que exhalaba un tufo a tabaco negro y resignación, revisó los pergaminos del muchacho.

—¿Así que tiene usted premios de literatura y domina el análisis geopolítico? —gruñó el editor.

—Modestia aparte, señor, jamás se me escapa un acento diacrítico —respondió Rigoberto, irguiéndose cuan alto era.

—Pues me da mucha pena, mi licenciado, pero aquí la buena ortografía nos espanta a la clientela. Nuestro público exige sangre, sudor y rimas consonantes. ¿Sabe usted redactar a ocho columnas que un microbús arrolló a un taquero utilizando las palabras «vísceras», «salsa» y «tragedia»?

—Pero yo aspiro a denunciar la corrupción institucional…


—¡Siguiente! —bramó el editor, señalando la puerta.

Los meses transcurrieron inexorables. Rigoberto deambuló por revistas del corazón, suplementos agrícolas y gacetas parroquiales. O estaba sobrecalificado, o no llevaba la indispensable «recomendación» del compadre en turno. Pronto, sus zapatos se quedaron sin suela y su dieta se redujo a la clásica guajolota: una torta de tamal empujada con atole, el maná de los menesterosos en la ciudad de los palacios.

Justo cuando el hambre empezaba a nublarle la razón y consideraba seriamente alquilarse como botarga bailarina afuera de alguna farmacia, un insólito anuncio clasificado llamó su atención: «Se solicita licenciado en periodismo. Imprescindible gramática intachable y ortografía prístina. Magnífico sueldo en efectivo. Preguntar por don Melitón, en Aristóteles 117, en la colonia Doctores».

Aferrado a esa última tabla de salvación, acudió presuroso. Tras sortear callejones lúgubres y tocar en una oxidada cortina metálica, fue conducido a una penumbrosa trastienda. Allí lo recibió un individuo bajito, de bigotes alacranados, ojos inyectados y una descomunal cadena de oro descansando sobre su abultado vientre.


—¿Usted es el de las letras? —preguntó el sujeto, sopesando amorosamente una escuadra calibre .45 sobre el escritorio.


—S-sí, señor. Rigoberto Pelocha, a sus respetables órdenes —tartamudeó el joven, sintiendo que las corvas le flaqueaban.


—Mire, mi estimado, iré al grano. El negocio es muy próspero, la demanda es altísima y no nos damos abasto. Pero tenemos un grave problema de imagen corporativa —explicó el bigotudo, ofreciéndole un puro—. Mi socio, el «Chato», es una lumbrera para los levantones y la extorsión, pero tiene una ortografía que nos está arruinando el prestigio.


—¿Perdón? —musitó el periodista, perplejo.


—Lo que oye. La semana pasada secuestramos al sobrino de un senador. El Chato mandó el anónimo exigiendo el rescate y escribió: «Hecsijimos dos miyones o le cortamos un dedo al buey». ¡Una atrocidad! La familia ofendida pensó que era una mala broma de unos estudiantes de secundaria y no nos tomaron en serio. Tuvimos que soltar al muchacho en Tlalpan dándole doscientos pesos para su taxi. ¡Un fracaso financiero total!


El individuo sacó un grueso fajo de billetes y se lo metió a Rigoberto en el bolsillo de la camisa, dándole una sonora palmada en la espalda.


—Así que ya sabe su chamba, mi licenciado. A partir de hoy, usted es el redactor oficial de la organización. Queremos amenazas de muerte literarias, extorsiones con sujeto, verbo y predicado, y notas de secuestro redactadas con estricto apego a las normas de la Real Academia de la Lengua. ¡No podemos permitir que el hampa pierda su elegancia!


Y fue así como Rigoberto, por fin, encontró una labor fija y excelentemente remunerada, donde sus escritos, sin duda alguna, lograban un impacto inmediato y aterrador en la alta sociedad capitalina. 

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