El nuevo sepulturero



Por María Fernanda Melchor Pinto, egresada de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana .

Era un viejo macilento. Un carcamal marchito. Era un guiñapo cubierto de sangre y polvo que vagaba entre las tumbas, vo­ci­ferando pesadillas. Su miserable figura era notoria desde el cerro, aquella breve pro­mi­nen­cia que se alzaba frente al valle del río, y sobre la cual montaba guardia Lu­cio Flavio Do­mi­ciano, soldado de la Legión del Estrecho.

Ambos se hallaban apostados a lo largo del camino que llevaba a la aldea. Fla­vio vigilaba el tránsito mientras calculaba la distancia que separaba su lanza de la nuca del sepulturero. Éste, habitado por demonios, hendía su propia carne con pie­dras y huesos, ladrando versos que hacían llorar de espanto a los pas­tores.

Cierto día, el legionario observó la visita al campo santo de un andrajoso ra­bino. Escuchó los alaridos del espectro al humillarse ante el hebreo.

El árido clamor subió por el camino.

Un hato de cerdos pisoteó la espalda del soldado contra el suelo.

Cuando abrió los ojos, Lucio Flavio Domiciano se halló desnudo en me­dio del ce­menterio.

Fotografía de Fabiola Fuentes Chavarría, egresada de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

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