
Era un viejo macilento. Un carcamal marchito. Era un guiñapo cubierto de sangre y polvo que vagaba entre las tumbas, vociferando pesadillas. Su miserable figura era notoria desde el cerro, aquella breve prominencia que se alzaba frente al valle del río, y sobre la cual montaba guardia Lucio Flavio Domiciano, soldado de la Legión del Estrecho.
Ambos se hallaban apostados a lo largo del camino que llevaba a la aldea. Flavio vigilaba el tránsito mientras calculaba la distancia que separaba su lanza de la nuca del sepulturero. Éste, habitado por demonios, hendía su propia carne con piedras y huesos, ladrando versos que hacían llorar de espanto a los pastores.
Cierto día, el legionario observó la visita al campo santo de un andrajoso rabino. Escuchó los alaridos del espectro al humillarse ante el hebreo.
El árido clamor subió por el camino.
Un hato de cerdos pisoteó la espalda del soldado contra el suelo.
Cuando abrió los ojos, Lucio Flavio Domiciano se halló desnudo en medio del cementerio.

