
Javier Duarte de Ochoa se quita la camisa y cambia su estilo de gobernar. Orgulloso, infla el pecho, muestra su camiseta “para que la gente sepa de qué color y qué bonita es”, y sufre la transformación en mesías.
Redentor y libertador del futuro de Veracruz, Duarte arremete contra los “pesimistas de toda la vida y reclama a la prensa que sólo escriben la nota roja olvidando los logros sociales alcanzados en dos años”, mientras en él, optimista, todo cambia, desde el modo de ser, el modo de actuar e, inclusive, modifica su sonrisa.
Su modo de caminar, su pose para la foto, a veces su vocabulario, el tono de su voz, todo es diferente al iniciar Duarte su tercer año de gobierno, año en el que los ocho anteriores gobernadores de Veracruz, desde Antonio Modesto Quirasco, han sufrido el síndrome del mesías, según escribió uno de ellos, Miguel Alemán Velasco.
Tan marcado es el cambio de Duarte que el domingo 18 del mes pasado, tres días después de su informe, durante el Consejo Estatal del PRI en el World Trade Center en Boca del Río, un grupo de acarreados por el ratificado en la dirigencia estatal de ese partido, el fidelista, Erick Lagos, descubrió lo que no habían visto en los dos primeros años del duartismo:
“¡Se ve, se siente, Duarte está presente!”
A coro, los acarreados y aspirantes a alcaldes por cuatro años y a diputados, repetían “la porra”, en tanto Duarte, sonriente, parecía reanudar la campaña electoral que emprendió en 2010 para obtener la gubernatura del estado y ahora para que su partido, el PRI, siga manteniendo el control en la Legislatura.
La transformación de Duarte comenzó en su Segundo Informe de gobierno cuando acaparó las primeras planas de todos los periódicos y los minutos en radio y televisión que reportaban y señalaban y en algunos casos criticaban. Sin embargo, Duarte no se percató que el tema esencial de su gobierno ha sido la inseguridad y sólo se limitó a destacar sus metas: 200 mil empleos, infraestructura, combate a la pobreza, inversiones superiores a los 27 mil millones de pesos este año que son asuntos puntales para el desarrollo y que han sido opacados por la inseguridad y el crimen organizado, metido su gobierno en la violencia, en el Ejército, en decomisos, plagios, Marina, operativos, bandas, capos y balaceras.
El grueso de los veracruzanos desconocen los importantes aciertos del joven gobernador y en parte es culpa de su propio gobierno que atiborró las primeras planas, sin ton ni son, con su repetida imagen y los mismos encabezados que no causaron un atractivo para el pueblo porque en lugar de diseñar frases enfocadas al combate a la pobreza, por ejemplo, los reflectores se fueron hacia una Policía Acreditable y eso es síntoma de que en dos años nos hemos perdido en las páginas rojas de esta feroz lucha contra delincuentes.
En su libro, “Si el Águila Hablara”, Alemán Velasco analiza los “síndromes” o “complejos” que afectaron a los presidentes desde Lázaro Cárdenas hasta Carlos Salinas de Gortari y en igual forma a los gobernadores veracruzanos a partir de Antonio M. Quirasco.
Todos ellos han padecido, en su primer año de gobierno, el Síndrome de los Santos Reyes o de Santa Claus, el Síndrome del Coordinador en el segundo año; el del Mesías en el tercero; el de Harún Al Rachid, el de Comendador de los Creyentes de ‘Las Mil y Una Noches’, el cuarto; el de Iván el Terrible, en el quinto; y el de Premio Nobel, en el sexto. La historia lo ha consignado así y es cuestión de que echemos una ojeada a las páginas que marcan el camino, digamos, del propio Miguel Alemán, Hernández Ochoa, y Fidel Herrera.
Siempre cercano al poder -inclusive vivió en Los Pinos de los 13 a los 19 años de edad-, el ex senador y ex gobernador Alemán Velasco explica, en su libro, cada uno de los seis síndromes.
Dice que en el tercero, los gobernantes toman nuevos bríos y adquieren el Síndrome del Mesías: “Mi verdad es la única y punto”. Inclusive están dispuestos a perder la vida antes que ceder ni un ápice: O estás conmigo o contra mí. No hay alternativa.
“Es el momento de hacer un ajuste de cuentas, o mejor dicho, un balance de conciencia. Hay que eliminar a quien sea necesario, porque hay que meditar en lo que se ha hecho, y especialmente en lo que falta por hacer. ¿Se ha roto algún record en construcción, en carreteras, en electrificación, en escuelas? Hay que romperlo y pronto sin pasar de este año, (sobre todo porque es un año electoral), así en el caso del gobierno de Duarte se tendrá que asentar y es cuando se asumirá el poder pleno”. (Así lo hizo Fidel Herrera y hasta acuñó la frase filosófica inmortal: “Vivo en la plenitud del pinche poder…”).
Quienes padecen este Síndrome del Mesías “están convencidos de que no existe nadie como ellos, nadie más con capacidad de acción, de resolución y de visión, que ellos; nadie había hecho ni logrará nunca hacer nada igual (…)
Duarte ya había comenzado a mostrar síntomas de mesianismo antes de iniciar el tercer año de su gobierno. Cuando fue cuestionado sobre el préstamo de mil cuatrocientos millones de pesos, dijo contundente que eso lo tendría que aprobar la legislatura y que no se hablaría más del asunto (la LXII Legislatura es mayoría priista). Decidió bursatilizar 7 mil 406 millones, más 4 mil 685 millones de pesos por la colocación en la BMV de participaciones federales del 8 de noviembre y si a esto se le suman los 17 mil 400 millones de pesos que se calculan como pasivo circulante, tenemos entonces que la deuda pública del gobierno del estado es de 53 mil 650 millones de pesos para poder solventar la carga que trae arrastrando Veracruz del sexenio pasado y que también fue aprobada por el Congreso local, eso es por decir algunas de las acciones de Duarte.
Lejos de la rigidez de sus gestos y ademanes de hace dos años, ahora en sus discursos Duarte se muestra relajado, bromista y obsesivo al insistir en su optimismo cuando ha afirmado que “antes de lo que muchos pensaban, el estado ha superado la gravísima emergencia económica de hace dos años y que ahora a finales del 2012 y en el año entrante nos pondremos en el camino de la recuperación y, con ello, habremos contribuido a apuntalar la economía estatal antes que otros estados”.
En el quinto año, dice Alemán Velasco, el Síndrome de Iván el Terrible se caracteriza por que el gobernante no confía en nadie. Es el año en que “se comienza a buscar al hombre que mejor haya desempeñado su labor, al más prudente, al más efectivo, para recomendárselo al nuevo jefe de la Nación”. Es el año de mayores desastres sociales y políticos, cuando ya muy pocos le son leales al gobernante.
El autor del libro lo vivió y lo sintió.
¿Estará preparado el joven gobernador Duarte para enfrentar lo que viene, o será acaso que ya lo está sintiendo?
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