
Enrique Peña Nieto, presidente en turno en sustitución de Felipe Calderón, ha tomado como herencia un Petróleos Mexicanos desvirtuado y desprestigiado, cuya misión histórica ha quedado en entredicho ante la incapacidad de la paraestatal para abastecer el mercado nacional con combustibles y productos petroquímicos. Por eso y otros motivos la celebración de la Expropiación petrolera hecha por Lázaro Cárdenas del Río pasó desapercibida y fue preferible recordarla un día antes porque Peña Nieta tenía que ir a oír misa al Vaticano, junto con su familia, la mera fecha de tan importante acontecimiento.
Los gasolinazos, la escasez de gas LP en los últimos años es un escándalo que difícilmente se puede explicar, como lo ha querido hacer Pemex cuando empezaron las explosiones, primero en una avería en un ducto de Estados Unidos hace como diez años y de una válvula en Salina Cruz que fueron resultado de la imprevisión y de la falta de inversión suficiente en nueva estructura de producción de ese combustible. Aunado a ello el saqueo económico a que ha sido sometido el sindicato petrolero tanto por el Partido Revolucionario Institucional para sus campañas políticas, como por el líder corrupto Carlos Romero Deschamps que de chofer de un ingeniero llamado Ignacio Ramírez, pasó a ser dueño de Pemex en donde le dicen “el judas”, por la traición a “La Quina”; “El Güero Guacamaya y “El Charro Mayor” quien ya se acostumbró a usar trajes Armani; vicioso de los relojes Rólex y padre amante que le regala a su hijo autos Ferraris de dos millones de dólares y a su hija la manda a pasear por el mundo en aviones privados o yates exclusivos, acompañada de sus dos perritos con pedigrí.
La verdad es que México, supuestamente una potencia petrolera, se ha convertido en un importador de volúmenes masivos de gas LP, gasolinas y productos químicos.
Antes y durante los gobiernos panistas, se han abandonado casi por completo las inversiones en infraestructura para transformar los hidrocarburos dentro del país. Mientras que tres de cada cuatro pesos de inversión en Pemex durante esos sexenios se destinaron a producir más petróleo crudo para la exportación, principalmente a Estados Unidos, y para el pago del rescate financiero que nos legó el PRI en la era salinista, las demás áreas de la industria siempre han sido desatendidas, especialmente las refinerías.
En particular, se ha dejado a la petroquímica en una situación de creciente obsolescencia, descapitalización y quiebra técnica. Tres secretarios priistas de energía (Ignacio Pichardo, Jesús Reyes Heroles y Luis Téllez), compartieron con el que fue director de Pemex, Adrián Lajous, el rotundo fracaso de una serie de intentos de privatización total o parcial de la petroquímica. Fue un fracaso que reflejó el hecho de que el expresidene Ernesto Zedillo jamás entendió ni de petróleo, ni de energía. Peor aún: intentó borrar el derecho histórico que tenemos los mexicanos a ser dueños –como dicen los priistas- de nuestra riqueza petrolera y energética.
Esos funcionarios, en lugar de proponer la construcción de una nueva infraestructura en petroquímica, promovieron la entrega de los activos a empresas extranjeras. Qué fácil y qué falsa es esa salida que hoy Peña Nieto y sus corifeos quieren aplicar también a la industria eléctrica, en medio del repudio popular. Cómo no entender que la visión de muchas de esas empresas es egoísta y depredadora, no de compromiso con el desarrollo económico y social. Cómo no ver que en sector eléctrico de gran parte de países latinos, esas empresas, lejos de invertir masivamente, han comprado activos estratégicos, que les costó nada construir, para luego venderlos o abandonarlos.
Como Pemex sufre graves deficiencias estructurales, cabe temer que la falta de gas y otros problemas de combustibles, lejos de ser un caso fortuito, se conviertan en males recurrentes. La industria química, por su parte, desde el año de l998, ha hecho hincapié en que la salida de divisas para comprar productos químicos, casi todos ellos derivados del petróleo, fue superior a los ingresos por la exportación de petróleo crudo. Y en los dos sexenios panistas, fue peor.
La falta de inversión en refinerías y petroquímicas ha provocado que las ciudades petroleras más importantes del país, como Minatitlán y Coatzacoalcos, se convirtieron en centros económicos fantasmas, con graves índices de desempleo y pobreza más altos en el territorio nacional a pesar de que las autoridades hablen de miles de empleos para los veracruzanos.
La misión de las industrias petroquímica y química es crear cadenas industriales que generen riqueza y empleos en toda la economía, pero ahí también se ha sufrido el problema no sólo de la falta de inversión pública en Pemex, sino de la ausencia de una política industrial en los últimos sexenios priistas y los dos del PAN.
Quisiéramos pensar los mexicanos, que Peña Nieto y sus consejeros, con esa reforma energética existiera la opción de promover asociaciones entre Pemex y la iniciativa privada, para que ésta invierta en la modernización de las plantas de Pemex y construya una nueva infraestructura complementaria, pero el gabinete económico que seguramente lo encabeza Carlos Salinas de Gortari sólo quieren aplicar la privatización a ultranza. Ese ha sido el sueño desde hace más de 30 años.
La pregunta obligada es, pues: ¿La reforma energética es para vender Pemex, acelerando su privatización, para ver cómo abastecer mejor el mercado con combustibles importados?
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