

(Comentarios de Jorge Alberto González)El periodismo se encuentra hoy en una transformación que no sólo se limita a su entrega instantánea través de las nuevas tecnologías, ha estado evolucionando desde su gestación más básica.
En la actualidad, la manera de hacer periodismo en todo el mundo ha dejado muy lejos a las cinco preguntas elementales (quién, qué, dónde, cuándo, por qué y cómo), y a la obsoleta pirámide invertida: lo importante arriba y lo secundario abajo.
Por años, algunos han perdido el tiempo en discutir si la ficción y la verdad pueden caminar o no de la mano; y si esta modalidad narrativa debe bautizarse como: periodismo personal, nuevo periodismo, literatura de no ficción o para periodismo.
Lo cierto es que esta forma de escribir no es nueva. Antes de Tom Wolf y Joan Didion en los años 60 y 70, ya otros periodistas habían trabajado en el antecedente, como George Orwell, Lillian Ross y Joseph Michel.
Pero qué es esta forma o estilo de escribir dentro del periodismo que ha cautivando a los viejos y nuevos periodistas, y que además de practicarlo también los ha enfrascado en una discusión sobre su autenticidad.
Desde una percepción muy particular me atrevo a decir que se trata nada más, que de la utilización de las formas y estilos de la literatura para contar un hecho verídico, sin dejar de responder a las necesidades del periodismo.
Para comprender esta manera de informar debemos dejar atrás la inútil discusión de la objetividad, la veracidad no debe dejar de ser prioridad, pero la manera de contar una historia debe dejarse en libertad.
Dentro del periodismo hay géneros, el informativo que se refiere a la nota informativa y la entrevista; el de interpretación que se refiere a la crónica, el reportaje y el ensayo, y el de opinión en el que se encuentra la columna, el editorial y el artículo.
No obstante la búsqueda dentro del quehacer periodístico incluso ha alcanzado las formas más híbridas dentro de los géneros: crónicas que parecen reportajes, entrevistas que parecen crónicas, entrevistas que parecen reportaje, y un largo etcétera.
Y ante esta telaraña, para quitarse de problemas, hay quienes prefieren llamarlo Periodismo Literario o Periodismo Narrativo, y para brincar el charco yo ya elegí un nombre: “periodismo literario”.
El periodismo literario ha llegado a las redacciones de los periódicos casi de todo el mundo, dice Anuar Saad en su artículo “Novela de no ficción”, que en los diarios mexicanos ha llegado “tímidamente”, tal vez porque prefieren más espacio para mayor número de notas informativas.
Y sería un error dirimir en este momento si los lectores prefieren mayor número de noticias o una mejor entrega informativa con una prosa bien escrita, un diálogo bien narrado o una semblanza bien trazada. Lo que sí sé, por experiencia, es que la noticia con los atributos de la literatura se disfruta mejor.
El reportaje y la crónica son los géneros recurrente que se han venido trabajando con mayor fuerza en Latinoamérica, y México no se ha quedado al margen. Ejemplos y casos hay muchos, no terminaríamos de enumerarlos en esta noche.
Lo que sí podemos afirmar y que sí nos constan es que “Aquí no es Miami”, es un ejemplo de esa búsqueda inacabada por contar la realidad de una manera distinta, sin camisa de fuerza y con la ineludible conciencia de lo verídico.
Fernanda Melchor, en su primer libro de 170 páginas y 12 crónicas, nos ofrece una indudable carga de periodismo que se encuentra bien oculta bajo el ropaje de las formas literarias. Quienes vivimos aquí y hacemos periodismo, podemos asentar la cabeza cuando leemos los datos duros en sus textos.
Durante siete años, la autora trabajó -no sé si con paciencia o impaciencia- en la talacha que muy pocos quieren hacer dentro de esta profesión, esa que es equiparable a la del investigador: la búsqueda de pistas, de huellas, de archivos y de testigos.
A pesar de eso, la joven escritora (Veracruz, 1982) egresada de la Facultad de CIencias de la Comunicación de la Universidad Veracruzana, fue más allá, no iría por las historias fáciles, hurgó en aquellas que bien podíamos imaginar guardadas en un archivero gris viejo de los años 70, dentro de un folder polvoriento, cerrado con un broche baco y titulado en su carátula: caso cerrado.
En esta edición de mil ejemplares, con prólogo de Eusebio Rubalcaba y bajo el sello Salario Mínimo y distribuido por Almadía, la autora retoma esas historias de Veracruz que algunos susurra pero que nadie se atreve a contar en público, porque lo tacharían de loco, de imprudente, de inconsciente y hasta de tonto.
¿Por qué abordar temas como el de la ex reina de carnaval de Veracruz que asesinó a sus dos hijos y los enterró en una maceta de su departamento?
¿Por qué darle voz a un gordo que pasó de ser trabajador aduanal a narcomenudista?
¿Por qué abordar la historia de aquellos que padecieron el fuego cruzado?
¿Por qué revivir la travesía de los centroamericanos que en busca del sueño americano confundieron a Veracruz con Miami?
¿O de cómo una ciudad pasó de ser consumidora y distribuidora de mariguana, a cocaína en piedra?
¿De por qué unos ovnis terminaron siendo avionetas de contrabando?
¿O de aquellas leyendas de terror que se convirtieron al final en una historia de amor?
¡Ah! Sin olvidar al pueblo aquél que enardecido, quemó vivo a un violador y asesino.
Fernanda Melchor las recoge porque son historias de nadie y de todos. Porque son de antes y después. Porque son Veracruz. Porque somos indudablemente nosotros.
Son historias que la autora elige para contarlas a su manera, con rigor periodístico sí porque investiga, pero con soltura y un evidente oficio literario.
En su trabajo, al que ella define como crónicas, la autora va más allá de este género, porque no sólo se constriñe al tiempo y al trascurrir de un acontecimiento, hay muchos elementos literarios que le permiten darle oxígeno a la noticia que alguna vez fue primicia, mandada a la última página o quizá ignorada.
Decía Gabriel García Márquez que lo importante no es quién cuente primero la noticia, sino el cómo se cuenta. Creo que esto encaja fundamentalmente en “Aquí no es Miami”, aunque en su búsqueda la autora recoge cabos sueltos que amarra finamente a los hechos ya conocidos.
Fernanda Melchor se vale de diversos artilugios literarios que se clavan en el lector como ganchos para mantenerlos doblegado en las páginas de su libro. La escritora se sostiene de la brevedad del cuento, se impulsa en la figura retórica de la poesía y camina por los laberintos de la novela, pero eso sí, su andar es contundente dentro del periodismo.
En su trabajo identificamos escenarios y atmósferas. Cito un párrafo de su crónica “Veracruz se escribe con Z”:
“El mar está casi inmóvil, tan pálido como el cielo. Las olas rompen con desgana en la playa, olas enanas que por momentos están hechas de plata y no de agua, de azogue, del material ese del que está hecho Robert Patrick en Terminator II.”
La presencia del clímax y tensión es fundamental en su obra. Cito de su crónica “Un buen elemento”:
“–¡Aquí nadie se pasa de verga! ¿Aquí se viene a chambear, hijos de la chingada!–bramaba el patrón, gerente de la plaza y prófugo reciente del penal de Saltillo: nada más y nada menos que Esequiel Cardenas Guillén, mejor conocido como Tony Torment”.
Uno de los aspectos que nos cautivaron de la obra de Fernanda es el uso de la figura retórica para dar mayor énfasis en las ideas. Cito de su crónica “Aquí no es Miami”:
“–Paquito, no le vayas a dar tus datos a es hijo de la chingada–dijo la Thalía. Tuvo que pegar su boca a la oreja de Paco para que el viento no se robara sus palabras”.
Sin olvidar el momento en el que describe al estibador del muelle apodado El Ojón, en su crónica el “Cinturón del vacío”. Cito:
“Los globos de sus ojos sobresalen de sus órbitas, como si quisieran escapar y rodar sobre la mesa de la cocina”.
En los escritos de Fernanda también hay diálogo y lenguaje honesto. Cito de su crónica “No te metas con mis muchachos”:
Para cuando salió del tambo, Pancho Pantera no pudo volver a su negocio.
–No quieren socios, esos vatos, quieren asalariados– Dice Careló, que sabe en qué piensa Pancho.
–Tengo que encontrar la manera de chingarlos….
–Están en todas partes.
Pancho Pantera sonríe.
–Allá adentro…– y su mirada apunta brevemente colina abajo, hacia el centro, hacia el penal.
Uno de los mayores méritos de Fernanda en su libro es el manejo diestro de la primer y tercera persona, pero aún mejor el de la segunda persona en su crónica “Veracruz se escribe con Z”. Cito:
“Como no sabías que hacer usaste el manual de la compañía: llamaste a tu supervisor. Los tipos te miraron con odio pero no serías tú quien les negara lo que querían. El supervisor tardó quince minutos en llegar; la tienda estaba al reventar. Le entregaste la tarjeta; la miró por todos lados y se negó también a pasarla”. (Y ya no les digo qué pasó porque tienen que leer el libro).
Los detalles representan para la escritora pieza fundamental en sus historias, como los aderezos a la cocina: hay sabores, olores, texturas; el pretexto por supuesto. Cito de diversos párrafos del libro.
“Después de unas horas, moría de sueño. Regresé a donde estaba mi madre y me hice ovillo sobre sus piernas. Su aliento olía a vino, sus dedos a tabaco”.
“Era diciembre, o quizá enero o febrero, cuando vi aquellas fotos, en el periódico viejo que extendí en el suelo del patio para envolver las hojas secas que junté con la escoba”.
“Tiene un vientre descomunal y prieto surcado de cicatrices de navajazos, marcas gordas y encimadas como estrías descoloridas”.
Y qué decir de los momentos chuscos contados por la autora. Por ejemplo, nos reímos en solitario cuando nos hizo creer en su crónica “No se metan con mis muchachos” que el doctor Careló era médico de profesión, y no, al final contó que le decían así porque tenía cara de loco.
Otro momento fue cuando relata en su crónica “Un buen elemento”, que El Fito, un trabajador aduanal que cambió su empleo por otro nada legal, le gustaba traer la cabeza rapada por que le molestaba que sus compañeros de trabajo le apodaran Kalimba: No quiero que me digan Kalima, loco. Yo soy El Fito.
Por todo lo que este libro representa para el periodismo actual, para las viejas y nuevas generaciones; me atrevo a recomendar el trabajo de Fernanda Melchor. Un libro bastante accesible para el lector por su formato casi de bolsillo. Una edición creativa que tiene aspecto de película enlatada del cine mexicano, y que despierta curiosidad por su tipografía que nos remite a la revista de nota policiaca Alarma.
La autora nos afirma que “Aquí no es Miami”, pero al mismo tiempo nos confirma que “aquí sí es Veracruz”, tal cual nos lo cuenta.
Fernanda nos da una cachetada para despertarnos, proponernos y hasta retarnos. Es una respuesta tácita para quienes se preguntan cómo hacer periodismo en tiempos difíciles, no siempre través de los medios convencionales. Como otros periodistas, Fernanda se vale hoy de la literatura no sólo como un activo de crecimiento intelectual e ideológico, sino también de su otra función elemental, su poder informativo.
Y aunque hay mucho periodismo en su narrativa, esta obra no debería discutirse por su veracidad, sino desde su riqueza literaria creativa, esos detalles estilísticos que siempre fueron considerados por la brevedad del periodismo como secundarios, y que ya se pueden tomar como indispensables para revestir, dar nueva fuerza y vitalidad a los personajes, acontecimientos y testimonios de nuestros escritos periodísticos.

Aquí no es Miami no es recomendable para quienes buscan verdad en el llano significado de la palabra, sí es muy recomendable para quien buscan realidad, comprender su propia realidad, porque “Aquí, sí es Veracruz”.
