DE TODO Y MÁS: Nostalgia de callejón


Por Jorge Alberto González

Por Jorge Alberto González, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana, desde el puerto de Veracruz
Por Jorge Alberto González, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana, desde el puerto de Veracruz

Ante el ocaso todos los días de la semana parecían morir, casi todos, excepto los jueves.

La oscuridad no sólo anunciaba la inminente noche, paradójicamente era apenas el marco perfecto para una pintura costumbrista compuesta por diversos colores y matices.

Las palmeras aplaudían al vaivén del viento repentino que se colaba de entre algunos edificios del siglo XIX, y como si estuvieran vivas, daban la bienvenida a hombres y mujeres; adultos, jóvenes y adolescentes.

Llegaban de todas partes, del primer cuadro de la ciudad, de las colonias, de los predios, de las reservas, y desde luego del popular barrio de la Huaca.

Jubilados, enfermeras, abogados, estudiantes, secretarias, funcionarios, artistas, escritores, periodistas y hasta indigentes acudían de manera frecuente.

La gente ingresaba por cualquiera de sus tres accesos. Llegaban por el norte, desde la calle de Serdán; y por dos entradas desde el sur, en la calle de Arista.

Los tacones de las zapatillas de las damas -maquilladas, perfumadas y emperifolladas- emitían sonidos sobre el adoquín (hoy piso de mármol) mientras se aproximaban, era el anuncio de que todo empezaría de un momento a otro.

Al acecho, los caballeros, enfundados a veces en vestimentas formales, con guayaberas; mezclilla y playera, ya estaban apostados en un semicírculo frente al escenario.

Sobre el entablado los músicos aseguraban la afinación de sus instrumentos: el timbal, el bajo, la guitarra, las congas, las maracas y sin falta el tresillo cubano.

A la señal de las baquetas, en un jueves de 1998 todo comenzaba así. Un ritual popular llamado “Son en el callejón”, programa recreativo que se realizaba en el callejón de la Lagunilla de la ciudad de Veracruz.

Era como revivir un día del Veracruz de antaño. De cuando las mujeres accedían sin temor a bailar con un extraño o un conocido no sólo porque sabían que las tratarían con galantería, gentileza y respeto, sino porque sabían llevarlas por el camino adecuado de la cadencia y el compás.

La música interpretada por agrupaciones como: Son clave azul, Son como son, Hugo Cevallos, Pregoneros del Recuerdo, entre otros; era medicina para el cuerpo, con acción prolongada de hasta por tres horas. Música que enganchaba hasta al “chamaco” más precoz y atenuaba los males propios de cualquier adulto mayor.

Nadie se resistía al encanto de un baile de pareja, casi pegado, con postura firme; la mano del varón bien colocada en la espalda baja de la mujer, y la otra sosteniendo la mano de ella a la altura de la barbilla.

Entre vueltas y requiebres seguro hubo amistad, noviazgos y hasta matrimonios, y uno que otro desliz que quizá fue o no descubierto.

El mandato del tresillo -con sus tres conjuntos de cuerdas dobles- era obedecido por los pies de los bailadores, mientras que el repicar del cencerro parecía dominar los pies, la cadera y ligeramente los hombros.

Para entonces, este sitio ubicado a unas cuantas cuadras del zócalo de la ciudad, le devolvía a este género de origen cubano su terreno ganado en tierras veracruzanas.

Ahí se revivía el furor que provocó el grupo Son Cuba de Mariana en la ciudad de Veracruz allá por 1982, cuando esta música llegó por primera vez a extramuros desde la isla caribeña.

Un género del que se apropiaron músicos y bailadores de la región, y que además fue el detonante para que surgieran solistas, compositores y orquestas completas.

Para entonces, el programa recreativo municipal no sólo tenía el objetivo del rescate musical, de complacer al bailador o de darle trabajo a los ejecutantes del género, fue más allá; a través de la actividad cultural se recuperó un espacio público.

“Son el callejón” fue ideado por la periodista Rosa María Hernández Espejo, siendo regidora del ayuntamiento de Veracruz durante la administración del panista Francisco Ávila Camberos (1998-2000).

A este programa le dio un breve seguimiento la panista Victoria Gutiérrez, durante la administración de José Ramón Gutiérrez de Velasco como alcalde de Veracruz (2000-2004).

Antes del programa de recreación municipal, este espacio ya era identificado con la clave del son montuno desde 1996, cuando a iniciativa la asociación civil Amigos del Son, presidida por el arqueólogo Ignacio León Pérez, propone al Instituto Veracruzano de Cultura (IVEC) la creación de un Festival Internacional de Son Montuno.

Mucho antes, León Pérez ya realizaba encuentros musicales y de baile en el interior de su restaurante bar La Trova, ubicado justo en el Callejón de la Lagunilla, sitio de tradición en el que se sembró la semilla de este género musical bailable, y que más tarde con el “Son en el Callejón”, alcanzaría una identidad sonera.

Durante el Festival Internacional de Son Montuno el gobierno de Fidel Castro a través del entonces cónsul José González Viera, envió una escultura del afamado cantante, músico y compositor cubano Benny Moré (el bárbaro del ritmo), que fue colocada en este callejón por las autoridades estatales en el año 2001.

Tal acción se efectuó en reciprocidad por la estatua de Agustín Lara que el gobernador de Veracruz Miguel Alemán Velasco obsequió al pueblo de Cuba.

En su momento, y cada uno con sus esfuerzos, municipio, estado y sociedad civil le dieron dignidad y aprecio a un espacio público e histórico.

Actualmente el Callejón de Lagunilla luce triste y desolado. Dejó de ser el lugar donde la charla y el baile eran amigos. Se convirtió en una pintura colorida que sirve para colgarse en el día, y que por la noche, toma forma de suburbio oscuro y peligroso.

Un lugar que en el pasado reciente abrazó una tradición y que hoy es guarida de esas sombras que cobran vida para despojar al transeúnte de sus pertenencias.

Si el “Bárbaro del ritmo” hablar, contaría como en tres ocasiones le hurtaron el sombrero de bronce de su mano izquierda, elemento característico de la estatua que nunca regresó a la figura empotrada al piso de la callejuela.

El “Son en el Callejón” murió luego de dos administraciones municipales, el Festival Internacional de Son Montuno que nació durante la gestión de Alemán Velasco, no logró sobrevivir del todo durante la administración de su sucesor Fidel Herrera, terminó por desparecer.

El Callejón de la Lagunilla es hoy ignorado por las autoridades municipales, en quien recae la obligación de reactivar los espacios públicos con programas recreativos y de convivencia familiar, es doblemente lamentable sobre todo cuando se tiene el recurso y el antecedente de cómo darle vida a estos lugares que son de la ciudadanía.

Según los historiadores, el callejón lleva su nombre por una laguna que se formó ahí, alimentada por el Río Tenoya que cruzaba la ciudad en el siglo XVII.

El sitio tomó su característica de callejón en el siglo XIX, con hermosas construcciones levantadas en la misma época y que a muchos extranjeros les remonta a una estampa arquitectónica de Cuba.

Comentarios al correo: jagr8427@yahoo.com.mx o al twitter: @jorgecultura.

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