
Sin duda, el gran pendiente es la basura en las calles de la ciudad.
Hay un problema social, que no cesa.
En Xalapa, la recolección de basura constituye un serio reto para las autoridades municipales.
Cuando el botadero de porquerías se encontraba sobre la carretera antigua a Coatepec, sus vecinos iniciaron constantes muestras de rechazo, hasta que el ayuntamiento tomó las riendas del conflicto y eligió entre diversos proyectos, la construcción del relleno sanitario.
Son más de 350 toneladas diarias las que son depositadas en el relleno, que supuestamente había sido abierto para tener 20 años de vida útil, de los cuales ya se cumplió la mitad, pero hay los expertos en la materia que insisten en que ya no tiene mañana y Xalapa se podría quedar en cualquier momento sin ninguna expectativa para atacar o abatir el problema.
Y es que los camiones recolectores sufren las fallas mecánicas de su propio envejecimiento y los costos elevados de sus refacciones.
Atender el problema de la basura en la ciudad, fácilmente se convierte en el talón de Aquiles de cualquiera de las autoridades edilicias, que como quiera tienen que asumir tal responsabilidad, porque es parte de sus programas de atención a la ciudad y sus habitantes.
Sin una orientación ni cultura en la materia, los xalapeños tienen que padecer las montañas de inmundicias que se erigen en todas las calles y avenidas, todos los días y particularmente los fines de semana.
Los habitantes que llegan a la ciudad, pero que están lejos de amarla, les importa un bledo que haya una reglamentación que contempla la aplicación de sanciones a quienes sacan sus bolsas y depósitos con basura, sin ningún respeto al campanero del camión recolector, como tampoco el edil responsable del rubro y que jamás hizo algo en el trienio para poder solucionar un asunto que es sobre todo de salud pública.
Se dice que el parque vehicular de la limpia pública jamás se renovó y nuestras arterias públicas todos los días se constituyen en un pestilente muladar, amén de que más de la mitad de los 900 mil habitantes de Xalapa ven al camión recolector sólo tres veces por semana.
Éste, sin duda, es el pendiente más sentido entre los que afectan a la población civil de la capital del estado de Veracruz.
* A LA BAJA FESTEJOS
DE LA NAVIDAD
La pobreza está incidiendo seguramente también en estos días previos a la Nochebuena y por ende las fiestas de la Navidad.
A diferencia de años idos, un tanto nostálgicos los feligreses de las distintas corrientes de la doctrina religiosa, avistan que los arbolitos con sus esferas y luces de colores ya no están en el total de los hogares xalapeños, por lo menos.
Las series de foquitos que se estilaban en las afueras y tejados y filos de éstos, completaban la alegría que en muchos se anidaban con motivo de las festividades navideñas.
El corazón de la capital, que incluye necesariamente la avenida de Enríquez, es la única en diez cuadras a la redonda, con sus guirnaldas y luces de colores, el pino adornado y el «Nacimiento» sobre la plancha de la plaza Lerdo, que tampoco han atraído a los cientos de padres de familia y los niños, que en otros años se acercaban al lugar por excelencia destinado a recordar la fiesta de fiestas.
Los expendios de arbolitos de navidad naturales, nada han advertido sobre la caída de sus ventas, pero viejos establecimientos dedicados a ofertar pinos de Oregón, Canadá, Las Vigas de Ramírez y Perote, siguen a la espera de compradores. Es evidente que el fervor por la Navidad algo enfrenta que tiene que ver con la pérdida del poder adquisitivo, la pobreza de mayorías aplastantes, los insumos caros, cuando hay exigencias y necesidades en las familias mexicanas mucho más apremiantes, como es satisfacer la hambruna.
Un recorrido por 20 cuadras en la ciudad, denotan que el color, la alegría, de poner las familias su árbol navideño y las luces de colores, fijas unas e intermitentes otras, van a la baja sensiblemente, amén de que el vendedor callejero de los Santa Claus de plástico y otros efectos colaterales de la temporada, se lamentan de que sus ventas se han visto reducidas a planos infinitamente inferiores, en relación con diez, quince o veinte años atrás.
La pasarela de las «Ramas», cuyos adornos hacían las delicias de los menores de edad, tampoco ha sido como antaño. Ya van tres noches y se enlistan unas cuantas, algunas con pequeños acompañados de sus padres, portando una rama sin nada que la distinga como árbol navideño y un bote de lata, abierto, de chiles de Clemente Jacques, en espera de que la gente bondadosa se caiga con los centavos y pesos que dicen serán para pasar bien la nochebuena.
Igual está ocurriendo con la celebración de las posadas, pues ya nadie canta ni invoca la festividad y a sus personajes bíblicos. O por lo menos, no se ha visto una de estas festividades en tres noches xalapeñas.
* LOS MÁS VULNERABLES
SIGUEN EN TORNO AL CIVIL
El fenómeno se volvió rutinario y hasta se estableció de manera cotidiana.
Son dos, quizá tres docenas de supuestos parientes de los pacientes enclaustrados en el hospital civil «Dr. Luis F. Nachón», los que se agolpan todas las noches en inmediaciones del nosocomio y que tienen por cama las banquetas de las tres calles colindantes con el mencionado inmueble.
Transformar el rostro de entrada al edificio de dicho nosocomio, no resolvió el problema que es social, es de salud pública y por supuesto de imagen para la Atenas veracruzana, ciudad de las flores y asiento del mayor número de escuelas y facultades universitarias.
Inclusive se cerró el paso particularmente de los vehículos automotrices, debido a lo estrecho de la arteria pública de frente a la entrada principal del inmueble, ya que se permite además el estacionamiento de automóviles, con complacencia de los agentes de tránsito y policías viales, pues allí aparecen discos prohibiendo el aparcamiento en la calle mencionada.
Desaparecieron las amas de casa que llevaban ollas con café caliente y la canasta de pan y tacos, que algunas almas bondadosas compartían con quienes la vulnerabilidad coloca en total estado de indefensión. Los mismos, que ahora, como si fuera en el hotelito más próximo al hospital, apartan su espacio en las banquetas del rumbo, tapándose con cartones y papel periódico. Escenario que se da todas las noches y que se ve multiplicado con más rostros de mujeres, hombres y menores arrinconados y con disposición para enfrentar las noches de frío, neblina y llovizna.
Un drama de todos los días, con el lamento obvio de los médicos del nosocomio, pero que debido a no contar con el equipamiento y los insumos para atender a sus pacientes, muchos de sus familiares tienen que esperar días y noches bajo este escenario de indolencia, por qué no, que ninguna contraloría puede certificar y mucho menos que el cuerpo directivo del hospital ve ni quiere enfrentar.
Tal vez, el doctor Juan Antonio Nemi Dib, se dice o sospecha, quizá no esté enterado de lo que ocurre en el entorno del nosocomio, todas las noches de aglomeraciones, hambre, sed y la impotencia que muchos sienten de no poder resolver siquiera lo elemental.

