60 Segundos: El miedo vuelve tartamudos


  Por Raúl González Rivera

Por Raul González Rivera, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana
Por Raul González Rivera, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Son las 24:00 horas, precisamente, las calles de la ciudad se tornan en un frío cementerio al aire libre.

Apenas, si acaso, se escucha el viento que sopla con alguna velocidad, pero sus hilos invisibles cortan la cara a cualquiera.
No hay taxistas, tampoco perros sin dueño. La noche es helada, debe andar la temperatura en los 9 ó 10 grados, y tampoco la chamacada se aprecia metiéndose a los antros, como suelen hacerlo los días viernes y sábados.
Los restaurantes tradicionales cierran mucho antes y los vende antojitos y perros calientes también prefieren dejar de percibir algunas monedas.
Alguna taquería permanece abierta para algunos que trasnochan por necesidades de su ocupación laboral, hasta donde llegan para abrir boca y engullirse las «memelitas» y el atole de coco y zarzamora.
Ninguna alma se aprecia en la arteria pública, si acaso se escucha el maullido de un minino que quedó atrapado entre la puerta del patio de la vecindad y el interior de la cocina.
De pronto un comando policiaco, cuatro hombres y una mujer, armados hasta los dientes, vestidos de azul-negro, quienes viajan en una camioneta de azul y blanco, con número económico y placas del estado de Veracruz.
Entre dientes alguien dice que en Xalapa –créalo usted- se ha establecido el toque de queda a discreción, así que hay que enfrentar a los sabuesos o genízaros camuflados hasta los dientes, con la máscara que no permite ver más que sus ojos. Se apostan rodeando al caminante, le interrogan, le arremeten con metralla verbal, y aquél les explica todo cuanto quieren saber. Seguramente ven en su palabra decisión, así que los policías cruzan miradas entre sí y consideran que no hay nada qué hacer.
Vaya por buen camino, le sugieren al ciudadano ajeno a toda cuestión que intente violentar el silencio de la noche. Es posible que se cruce con patrullas y otros elementos, pero no tema, andan de rondín y vigilancia en la ciudad.
Sin embargo, el peatón, caminante o ciudadano, que salió de su trabajo nocturno, temblaba de pies a cabeza. El miedo no es una mentira, nada queda por hacer si un comando de éstos detiene, hostiliza, amaga, intimida y hace desaparecer a una persona, nomás por quítame estas pajas.
Y es que por más que se diga que la policía es confiable y ya se capacita en un colegio de alta tesitura cultural, intelectual y de carácter humanístico, la gente en la calle, sin ningún blindaje, sigue sin confiarles nada.

* SIGUE MENUDO TRABAJO
PARA EL PODER JUDICIAL

La construcción del edificio que ocupan ahora los 40 magistrados del poder judicial, podría hasta ser calificado de majestuoso.
En colindancia con los edificios donde operan los juzgados del fuero común, el edificio que choca con el restaurante de conocida firma empresarial de corte nacional, el nuevo rostro del poder judicial impresiona a cualquiera. Allí están los magistrados y su presidente, el abogado Alberto Sosa Hernández.
Tres salas de magistrados por piso, de los siete u ocho con que cuenta la portentosa edificación, con una vista panorámica impresionante, porque se avista el cielo azul, si no está nublado, como el caserío que ocupa una arteria completa aledaña a las edificaciones del poder judicial del estado.
De cara al puente que lleva el nombre del empresario ya ido, don Antonio Chedraui Caram, el edificio es cómodo, funcional, enormes planchas de concreto que hacen las veces de salas para los abogados y escribientes, se dijo, que forman los equipos de cinco hasta siete colaboradores por magistrado, quienes ocupan el espacio que necesitan para pensar, estudiar, analizar, preparar y dictar los resolutivos de sus expedientes.
Un lugar más que digno, erigido sobre terrenos que hasta donde sabían los pensionistas, jubilados y trabajadores académicos en activo, pertenecían al Instituto de Pensiones del Estado, es decir, a los mismos derechohabientes. Y de cuya entrega ninguna autoridad, menos los delegados o representantes sindicales, hicieron anuncio alguno a ninguno de los mencionados antes.
Empero, para el tribunal superior de justicia viene la parte segunda, que es el mejoramiento o remozamiento radical de los locales que ocupan sus juzgados en el resto de la ciudad, en Pacho Viejo y el resto de la entidad, con las enormes deficiencias que se reflejan en los espacios deteriorados por el paso del tiempo y el abandono, la mugre y los cientos de miles de expedientes, atestados todos sus espacios y formando montañas sobre el piso, estorbando el paso a propios y ajenos, o bien brincando sobre éstos escribientes, jueces, secretarios, abogados litigantes y sus clientelas.
Cuando esto ocurra, es decir, que el tribunal dé lugar a la reivindicación de los juzgados como tales, con locales adecuados y decorosos, la justicia comenzará a darse precisamente en las trincheras de donde parten las acciones que van a permitir su impartición, la cual, como se difunde a través de los libros de derecho y la ciencia jurídica, tiene que ser ciega, justa e imparcial, pero sobre todo que vea por el bienestar de las aplastantes mayorías desprotegidas de todo en este anchuroso país, pero particularmente en el caso concreto del estado de Veracruz. ¿Cómo la ve?

* MERCADOS DE LA
CIUDAD, EN ABANDONO

En la ciudad quizá no cabe ni un alfiler más.
Al lado del congestionamiento vehicular tremendista como resulta hoy día el que se da en los cuatro costados de la famosa Atenas veracruzana, el rostro de un rancho sin orden ni organización, se enriquece para mal con la existencia de mercados de abasto sin control sanitario, ni nada que les haga ver funcionales, limpios, y algo más que se pueda digerir en una localidad que se precia de ser de las más avanzadas culturalmente en el país.
El mercado Alcalde y García se localiza en el entorno del rumbo más conocido como San José, el cual tuvo que esperar cien años para su remozamiento, aunque de nueva cuenta enfrenta el grave congestionamiento que provocan los automovilistas y los molestos camiones de carga y descarga o alquiler para el transporte de los fletes.
El otro recinto recién rehabilitado es el mercado Jáuregui, con una plasta en sus paredes en sus cuatro costados que lo hacen ver más como una carpa de circo pueblerino, que el toque cultural, histórico y educativo que debiera ofertar como corresponde a una capital que agrupa al mayor número de instituciones superiores de educación.
Así las cosas, el resto de los mercados de abasto alimentario y proveedores de los productos básicos, sobre todo, que es una mayoría, asentados en el corazón de la ciudad, también están convertidos pero en una chatarra, mal ubicados, malolientes y ofertando una imagen que dista de lo que debiera ser la Atenas cultural que tantas líneas gana en los boletines oficiosos de prensa.
Los Sauces es un mugrero que linda, vea usted, con el Centro de Idiomas y el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Veracruzana, en donde estudiantes, académicos e investigadores tienen que estudiar, escribir e investigar en medio de pestilentes olores, ruidos, tóxicos y el infernal tránsito de vehículos automotrices, lo cual discrepa radicalmente de lo que debieran ser aquellos antros de la educación y la cultura.
Y el mercado La Rotonda es el acabose, se encuentra rodeado de autobuses foráneos de pasajeros, taxistas, montones de gente, clientes de los locales del mercado que venden comida corrida, entre artículos comestibles, verduras y frutas.
Dos mercados que operan en el casco histórico de la ciudad, pero que por ningún concepto son dignos, si hubiera esta condición o característica, conforme a los cánones culturales de que se suele adornar a Xalapa, ciudad de las flores y tantos adjetivos le endosan como trienios municipales se han registrado en los últimos cien años.

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