Por Rodolfo Calderón Vivar


Recuerdo que en abril de 1978 inicié mi vida laboral en la Secretaría de Gobierno de Veracruz, que estaba a cargo del Lic. Emilio Gómez Vives, recomendado por Rafael Arias Hernández. quién le había dicho que yo podía encargarme del análisis diario de las noticias estatales y nacionales, como ningún otro. Tenía entonces yo 23 años y era recién egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana.
El licenciado Emilio era un hombre de singular elegancia en el vestir, además de un trato muy diplomático, no solo con los que atendía en las audiencias de su oficina situada en la esquina norte de Palacio de Gobierno, en Xalapa, sino también con sus empleados. La primera vez que lo ví, fue la mañana de un lunes que entré a su oficina acompañado por el licenciado Fernando Charleston Salinas, entonces su secretario particular.
-Me comentó Rafael que usted es muy bueno para revisar periódicos y hacer análisis de tipo político relacionado con las columnas y las noticias del día, licenciado Calderón- dijo Gómez Vives, atisbando por encima de sus lentes, mientras yo me sentía un tanto nervioso porque en realidad, estaba recién salido de la facultad y en ningún momento de la carrera había recibido enseñanza alguna sobre como realizar una agenda de análisis periodístico. Parco y tímidamente, solo asentí con la cabeza y no si se dije algo más.
Entonces, el secretario de gobierno le dió instrucciones al licenciado Charleston para que me habilitaran un espacio en el cual, a partir de ese medio día, yo iba a realizar la revisión de los periódicos para redactarle una síntesis analítica y una agenda de recortes,
-Pero no tenemos espacio, licenciado- dijo Fernando Charleston. Gómez Vives sonrió levemente y sin mirar a su secretario particular, le dijo «licenciado Charleston, claro que hay lugar, habilítele un espacio en la Sala de Banderas´. Ahi va a ser la oficina del licenciado Calderón, de ahora en adelante. ¡Ah!..y déle los instrumentos necesarios para que comience de inmediato»
Así comencé a trabajar con el que fue mi primer jefe, llegando todos los días, a las seis de la mañana, a mi oficina de la Sala de Banderas, un espacio de reuniones bastante amplio que estaba al lado de la Secretaría de Gobierno y que era un lugar donde todos los martes el gobernador Rafael Hernández Ochoa ofrecía una audiencia pública, abierta a la ciudadanía en general. Día en el cual, por supuesto, la agenda informativa del mediodía se suspendía, pues solo me daba tiempo elaborar la mañanera.
Afortunadamente, pese a que no tenía ayudante alguno que me apoyara en el recorte de los periódicos y para el pegado de los mismos sobre hojas de papel que constituirían la agenda diaria que le entregaba al licenciado Gómez Vives, yo concluía un resumen analítico de las tendencias periodísticas de periódicos locales y estatales con sus correspondientes recortes, en punto de las ocho de la mañana, para el análisis mañanero, y para el análisis del mediodía, construido con periódicos nacionales, comenzaba yo a elaborarlo a las once y media de la mañana, terminando en punto de las dos para entregarlo personalmente a mi jefe, porque él así lo había indicado.
En dos semanas me había vuelto no solo un ducho en eso del análisis periodístico, sino también en recortar decenas de artículos y notas de los periódicos locales y nacionales, sin sentir el cansancio de los primeros días, pese a hacerlo sin ayuda alguna. Pero más aún, a la tercera semana me atreví a anexarle a mi análisis diario, una hoja con esquemas de las posibles tendencias de los días siguientes de como iban a desarrollarse algunas situaciones anunciadas en el periódico, y que políticos estaban relacionados con dichos sucesos.
Desde el primer día que le presenté ese anexo a Gómez Vives, le encantó la idea, tanto que ordenó se me diera un sobresueldo a cargo de otra dependencia de gobierno que estaba en el Palacio Federal, en la esquina de Zamora e Hidalgo, adonde acudía puntualmente, cada quincena, después de cobrar mi primer salario en Secretaría de Gobierno.
Un día, cuando estaba yo realizando el análisis del mediodía, entró una persona y se paró junto a mí, observándome. Alcé la vista y le dije buenas tardes. Él se presentó de inmediato, «buenas tardes, Calderón. Soy el licenciado Teófilo Román García, Director General del Trabajo. Vengo a conocerte, porque Emilio me manda su síntesis y análisis diarios de noticias y la proyección de lo que va a pasar a futuro, y me dijo que lo hacía una sola persona. Como no le creí, vine a comprobarlo».
Román García se quedó conmigo cerca de una hora. Observaba como trabajaba yo seleccionando noticias, pegando recortes, pero sobretodo como redactaba el análisis diario y después la proyección a futuro de tendencias. Llegué a sentirme un poco incómodo, sobretodo porque poco a poco iba manchándome de las manos y la cara, por el manipuleo de la tinta de los periódicos.
Llegó el momento en que se despidió. Me estrechó la mano y me dijo:
«¿Sabes que eres? Eres un cóndor. ¿Ya viste la película de Robert Redford «Los Tres Días del Cóndor» Te recomiendo la veas y sepas porque te digo cóndor».
Efectivamente, a partir de entonces, aún delante del licenciado Gómez Vives, Teófilo Román se dirigía mí no por mi nombre, sino saludándome como el cóndor. La alusión a la película de donde sacaba mi mote, el Director del Trabajo, me planteaba emociones contradictorias, por un lado me incomodaba que me dijera cóndor al igual que se le nombraba al espía de la CIA intrepretado por Robert Redford en dicho filme, pero también me agradaba que se comparara mi trabajo con el que pudiera hacer un analista de información de dicha organización norteamericana de espionaje.
Sin embargo, sucedio algo crucial que cortó mi permanencia al lado del licenciado Gómez Vives, cuando hubo un distanciamiento con Rafael Arias, quien envuelto todavía en los resabios del conflicto en la universidad que motivó su renuncia como Secretario General, decidió ya no tener nexos con algunos funcionarios del gobierno de Hernández Ochoa, y marcharse a México. Me invitó a irme con él. Yo no quise. Estaba a gusto con mi trabajo al lado de Gómez Vives. Craso error, una semana después de irse Arias a México, Fernando Charleston me llamó para decirme que por instrucciones del Secretario de Gobierno se me comisionaba en Prensa del Estado, como reportero.
Intenté entrevistarme con el Secretario de Gobierno personalmente. No me recibió. Tuve que irme a Prensa del Estado, con mi nuevo jefe, Lino Villanueva, en labores que corresponden a lo que ahora es la Dirección General de Comunicación del Gobierno de Veracruz.
Sin embargo, en el primer día de trabajo en Prensa del Estado, me sorprendió la visita del chofer del Licenciado Gómez Vives, quien me pidió bajara con él a una cafeteria fuera del edificio, ahí me dijo que iba de parte del funcionario , para avisarme que podía yo seguir cobrando mi sobresueldo en el registro estatal de electores, donde yo cobraba mi compensación cuando estaba con él, y que ahora podía agregarla a mi nuevo pago en Prensa del Estado.
Me acuerdo que le dije al chofer de Gómez Vives que por qué me habían cambiado de Secretaría de Gobierno. Inusitadamente, y porque me había granjeado su amistad mientras trabajé en la secretaría, el hombre me dijo la razón:
«Es que el licenciado Teófilo Román le contó al gobernador que tú eras un cóndor de Arias trabajando en la secretaría, y el góber habló con nuestro patrón. Pidió que te cesara. Ya ves como es el licenciado de bueno. El no es cabrón. Te defendió y dijo que eras un buen elemento. Que en todo caso, si no convenía tu presencia en la secretaría, te pusieran a prueba como reportero en Prensa del Estado. El góber aceptó y por eso te mandaron con Lino Villanueva»
Fue así como dejé de ser empleado de Emilio Gómez Vives, todo un caballero de la política y funcionario que no quiso perjudicarme y se atrevió a interceder por mí ante el gobernador, al menos, para que no fuera cesado.
Joven y orgulloso como era yo, cometí un gesto que pudo entenderse como de desagradecimiento hacia el Secretario de Gobierno ya que decidí no volver a cobrar el sobresueldo que me había asignado en otra dependencia. Me conformé con mi sueldo de Prensa del Estado. Total, me dije entonces, ya no trabajo de cóndor.
Hoy, al siguiente día de su lamentable fallecimiento, recuerdo los días que fue mi jefe, don Emilio Gómez Vives. Descanse en paz.
