
Por Luis Velázquez Rivera
•Manejo del billete en SEFIPLAN
•Carlos Aguirre, el operador
I

Durante el sexenio del góber fogoso y todavía una parte de Javier Duarte, Carlos Aguirre se desempeñó como tesorero de la Secretaría de Finanzas y Planeación, encargado del manejo del billete captado con el pago puntual del contribuyente.
Su fuerza financiera, económica, política y social estuvo fuera de duda. Era el operador de la absoluta confianza de Fidel Herrera y de JD, quien primero lo ungiera como el tercer titular de SEFIPLAN, luego del Ranulgate de Salvador Manzur, y ahora despacha como subsecretario.
De acuerdo con el registro histórico, atrás del desmadre financiero del fogoso está Carlos Aguirre, que ahora tiene a Veracruz sumido en una espantosa deuda pública, más de 80 mil millones de pesos, con las arcas vacías, con proveedores en plantones, sin ninguna obra pública estatal, en el cuarto año de austeridad y con 23 nuevos créditos que, solitos, suman más de 41 mil millones de pesos.
Y sin embargo, nadie ha seguido la pista a Carlos Aguirre y hasta el día de hoy la está salvando como un ángel de la pureza, cuando fue la gran tapadera y el operador del fogoso durante los seis años y todavía en una parte de los últimos tres años y medio del duartismo.
Incluso, nunca ha sido tocado por el ORFIS, Órgano de Fiscalización Superior, ni tampoco por la Comisión de Vigilancia de la LXII Legislatura ni por la LXIII.
Y por eso mismo, porque le correspondió lavar los trastos sucios y nauseabundos de la fiesta, mejor dicho, de la orgía sexenal, está lleno de información, conoce la tortilla al derecho y al revés y sin ninguna duda, siguiendo la sabia enseñanza de don Fernando Gutiérrez Barrios como director de la Federal de Inteligencia de la Secretaría de Gobernación, dejaba el original en la oficina; pero se llevaba una copia de los trastupijes a su domicilio particular.
Pero Carlos Aguirre, quien en nueve años pasara de tesorero a secretario de Finanzas y luego a subsecretario, se ha mantenido firme en el pandero.
Es más, de pronto, sabedor de la podredumbre que custodiaba, y en donde acataba sin chistar las órdenes superiores, se volvió una tumba, con un carácter reservado, donde sólo escucha y escucha a los interlocutores, sin pronunciar una sola palabra.
Incluso, habría formado una bonita pareja con el escritor mitológico, Juan Rulfo, el autor de Pedro Páramo y El llano en llamas que cuando asistía a congresos de literatura durante, digamos, unos cinco días, era capaz de mantenerse callado los cinco días, sin pronunciar una sola palabra.
Claro, en Juan Rulfo era su forma de ser. En Carlos Aguirre, el silencio es su blindaje. Mejor dicho, su arma de seguridad.
Sabe que si despepita, correría la misma suerte que Christian José Morales Carreto y Nelson Cabrera Cobos, los amiguitos de Érick Lagos Hernández, que en el 2010, luego de algunos pecadillos, fueron secuestrados y desaparecidos, hasta la fecha.
II
Gracias a sus ahorritos y su disciplina en el diario vivir, Carlos Aguirre tiene su mansión en Xalapa; pero también otra en Barcelona, España, pues Hernán Cortés es uno de los personajes que más lo asombró en la escuela primaria.
Claro, se siente parte de la elite privilegiada en el poder sexenal, y aun cuando nunca formó parte de la elite química ni del fidelismo ni del duartismo, su conocimiento de los entresijos de SEFIPLAN desde el gobierno de Miguel Alemán le han permitido la solidez de aquel general de Hitler, encargado del sistema ferroviario, a quien Joseph Pablo Goebbels pretendía descarrilar; pero el Führer lo mantuvo en el poder por su gran conocimiento técnico en la materia.
Incluso, Goebbels, ambicioso inescrupuloso por coleccionar poder, le organizó varias manifestaciones en contra y ni así Hitler cedió hasta que el Führer asestó un manotazo y santo remedio.
Y es que por aquí Carlos Aguirre habría acatado las órdenes del Führer Fidel Herrera leyó el Eclesiastés, donde descubriera que lo mejor en la vida es caminar con la boca cerrada, pues cuando se habla, y se habla en demasía, “se dicen palabras alocadas”.
Y, bueno, también conoce el refrán popular de que “en boca cerrada no entran moscas”.
Pero otra cosita sería que uno que otro diputado de oposición en el Congreso local, que todavía quedan por ahí, se detuviera en el historia de Carlos Aguirre y lo llamaran a comparecer para explicar el destino de tantos y tantos millones de pesos (el presupuesto estatal llegan a cien mil millones de pesos) en el tiempo del fogoso y de Javier Duarte.
Vicente Benítez y Tarek Abdalá también han de conocer grandes secretitos.
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