
Por Rodolfo Calderón Vivar

Memorable la frase aquella de un presidente de la república, Carlos Salinas de Gortari, cuando para parar en seco rumores de cambio de candidato presidencial, allá en el fatídico 1994, declaró: «No se hagan bolas. El candidato es uno». Lo dijo justo una semana antes de que Luis Donaldo Colosio fuera asesinado en Lomas Taurinas y ante los insistentes rumores de que Manuel Camacho Solís era el relevo obligado tras su protagonismo en las negociaciones con los alzados zapatistas de Chiapas.
Viene a colación porque aquí en Veracruz, están más que hechos bolas en la adelantada guerra por la sucesión gubernamental, en donde todos los Yunes, sin excepción, ni color partidista, se dan por seguros ungidos candidatos, y gobernadores después, allá por el año 2016. Dos ellos, Héctor y José, en plena faena al estilo de Fidel Herrera Beltrán quien con muchos meses de anticipación ya se candidateaba para sucesor de Miguel Alemán. Los dos, sabedores u omisos, que al presidente Enrique Peña Nieto no se le va a presionar de esa manera para decidir una candidatura de tamaño y menos aún, por los antecedentes de la pasada elección en la que ambos ganaron en las urnas y el presidente fue perdedor.
José Yunes Zorrilla es todo un caso. Aglutina ya las ambiciones de un selecto grupo de políticos jarochos, mayormente devaluados ante los ojos del centro de la república, que lo arropan, considerándolo ya el seguro candidato, y ganador, para la contienda del 2016. Por eso sube y baja por todo el estado, participa en comelitones, encabeza reuniones de trabajo, se deja querer por los medios, pretendiendo una fina labor política que no tiene más soporte que la amistad con un secretario de estado, José Videgaray, cuyo destino puede decidirse el último trimestre del año si sus magros resultados en la economía del país persisten.
Héctor Yunes es el aspirante que también se empeña en mostrar su músculo, mediante encuestas muy discutibles, su fortaleza para ser el candidato idóneo para gobernador en Veracruz. Rodeado también de otro grupo de políticos jarochos, todos ellos defenestrados del actual gobierno, es el que tiene más contacto con los medios. Filtra y repercute a través de columnistas diversos, aparece en las fotos, envía informaciones de su posición en encuestas, hace gala de su cercania a Manlio Fabio Beltrones, político de notable sabiduría pero republicana lejanía del grupo mexiquense en el poder.
Sus aspiraciones son legítimas, su lucha notable pero los terrenos en que se mueven son bastante movedizos. Lo primero que tienen que asegurar es la venia del principal poder del país, aparte de los padrinos que no son tan poderosos ya, dos años después del inicio del Gobierno de Peña Nieto. Están a merced incluso de que Salinas, ahora distante de Peña Nieto, decida abogar por su concuño, o de que el propio Videgaray, si es que aún tiene poder en el gabinete, se decida por Aportela, o hasta un ex gobernador de Veracruz, apunte a su hijo en la contienda electoral. En el escenario de las candidaturas locales, es decir las de Yunes o de Yunes -ambos priistas- , sería la opción del poder central para entregar el estado al panismo encabezado por Madero. Solo la unción de cualquiera de un candidato foráneo en el PRI, indicaría que el PRI va con todo por la gubernatura.
En ese tenor, el de la entrega del estado a la fuerza dominante del maderismo, principal asociado de Peña Nieto en las reformas estructurales del país, es que se debe entender el por qué de las prisas del actual gobierno veracruzano para integrar a su círculo político a políticos de fuerte cuño panista, a fin de dividir el voto panista en una probable contienda contra el candidato maderista que, suponen, será Miguel Angel Yunes Linares, otro político con notable presencia en el estado y enemigo acérrimo de los actuales gobernantes de Veracruz.
Pero, tal y como lo dijimos, la situacion ya se enredó a punto tal que deveras creen en el estado de Veracruz que desde el centro impondrán candidaturas, al estilo del PRI antiguo, siendo que la política desde el núcleo mexiquense ha sido dar, hasta cierto punto, amplias libertades para que aquí se decidan muchos asuntos políticos, con una actitud, más que de respeto al federalismo. de franco desprecio a lo que hagan los políticos dominantes en el terruño jarocho. Hace falta esa voz presidencial del «no se hagan bolas», que hizo famoso Salinas de Gortari en el 94. Por el contrario, Peña Nieto parece solo observar y no dar línea, con la evidente intención de que se hagan bolas al máximo. Y más bolas se van a hacer cuando salga a colación, la armonización de las leyes electorales veracruzanas con la reforma electoral del 5 de diciembre de 2013, que orilla a que en Veracruz se elija un gobernador para un periodo únicamente de dos años, un Congreso local también por dos años, así como presidentes municipales de un solo año, es decir, del 2017 al 2018, debido a que se tendrá que ajustar al calendario electoral para la votación del 2018, como lo indica la reforma.
