Por López Barradas
(Primera de dos partes)
“Hasta el fondo y truene quien
truene”: el Procurador Bravo

¿Por qué no escribir sobre los tiempos idos? ¿Qué nos detiene cuando apenas llevamos catorce años del nuevo siglo?
Desde los albores del Siglo XX, que ya murió y que dio paso al nacimiento prodigioso de un milenio, la vida de México fue sacudida por crisis sucesivas.
En 1911 fue una crisis de violencia; el general Porfirio Díaz no entendió el signo de los tiempos; olvidó al impulso de la soberbia, que años y poder acumulados desgastaron; se creyó Dios y como tal inmortal, a los ochenta años aceptó otra reelección para dar paso a treinta y cuatro años de ejercicio irrestricto y absoluto, del poder. No lo compartió ni con amigos ni con instituciones; y tal vez borracho de vanidad soñó en las celebraciones del centenario de su propia vida.
El pueblo cansado de la dictadura, agobiado hasta la asfixia de persecución y de injusticia, desató con la revolución la primera crisis del siglo. Madero incendió el fuego y la hoguera lo devoró. Fue profeta, pero no supo realizar el tránsito del mensaje mesiánico a la administración del gobierno; no fue el líder para la promoción del cambio; débil, titubeante, inexperto en el arte de “la gobernación”, pasó sobre la historia como relámpago fugaz; Ni él ni don Porfirio, protagonistas de la crisis, percibieron la dimensión de la tempestad que desataron.
Lo que fue intento victorioso para derribar a un dictador y aniquilar una dictadura, se convirtió en huracán de violencia que sacudió al país durante casi veinte años; un millón de muertos ensangrentaron la geografía y salpicaron de odios y revanchas la convivencia nacional. Abundaron los caudillos que atizaron el fuego, que desataron en anarquía y en desorden las pasiones desbordadas; y desde 1910 hasta 1929 México vivió la más violenta y la más prolongada de sus crisis.
Y ni el dolor ni la sangre fueron abono para la generación del liderazgo. Ni Carranza, ni Obregón, ni Calles, las tres figuras que dominaron la escena alcanzaron la dimensión del líder capaz de promover el tránsito de la violencia a la paz; los destruyó el apetito desordenado de poder, el amor desenfrenado a la “silla presidencial”, el deseo irrefutable de perpetuarse en la mitad del foro, la vanidad aldeana del hombre indispensable. Y al final de cuentas, la crisis encontró desenlace en la fatiga y no en el impulso renovador.
El general Cárdenas desató en “el apartheid” la crisis del miedo; con la paz, el general Calles restableció el porfiriato; con sus virtudes y con sus defectos, “calma chicha” que generó progreso y tranquilidad; Cárdenas decidió interrumpir la tranquilidad, retomó las banderas de Zapata, el profeta de la tierra, del Constituyente con sus sueños revestidos con ropajes de literatura épica que trajo a presencia las voces de la Revolución Francesa, se erigió en defensor de los más y asustó a los menos que pretendieron construir sobre los escombros de un liberalismo trasnochado huertos cerrados a las voces que claman justicia en el decoro.
Y el sexenio termina en una crisis; la crisis personal de Cárdenas que en el ejercicio del privilegio no escrito para designar sucesor, entre Mújica y el profeta del Constituyente, el de la voz que es incendio, sueño, huracán; y Ávila Camacho el caballero de la reconciliación opta por el segundo; crisis entre los menos que aterrados ante los gritos exigentes que interrumpieron digestión y siesta, acudieron al caudillo de cartón y de utilería para inflarlo en una campaña electoral cargada de violencia y ayuna de consistencia doctrinaria.
Y en el desenlace otro sexenio tranquilo, el primero de muchos más, encabezado por el Presidente caballero, el promotor de la unidad nacional, pastor de nubes, que al retrasar el tiempo de la justicia devuelve entre ropajes de reconciliación la tranquilidad que genera progreso aunque atropelle justicia.
El líder que durante seis años sacudió conciencias, desató polémicas, permaneció en la cresta del huracán, se apagó como se extingue el fuego mal avivado; quien hereda poder y crisis queda en la historia como un hombre bueno, sin aliento y sin perfil de liderazgo.
En 1968, México fue sacudido por una terrible crisis: de identidad y de conciencia, de protesta y de fatiga. Se inició en la Universidad Autónoma de México; contagia a millares de jóvenes que se lanzaron a las calles para expresar su inconformidad con el sistema; lo secundó “la inteligencia”; durante cuatro meses el sistema confrontó la más aguda resistencia; el tabú de la majestad presidencial quedó roto, el altar fue profanado, y el templo, el zócalo, es desacralizado; tal vez uno de los pocos instantes en que la masa amorfa, indiferenciado, resignada se volvió pueblo grito y protesta, ira y esperanza; el sistema amenazado, acorralado, desató la escalada de la violencia; y el dos de octubre, después de muchos años de “calma chicha”, de beatería, de paz y de progreso, el gobierno acudió a la fuerza y enfrentó al ejército con el pueblo; otra vez sobre la tierra la sangre estéril… continuará…
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