
Por María Elvira Santamaría Hernández

Érase una vez una ciudad, en donde los gobernantes podían aliarse con empresarios igual de corruptos que ellos, e inventaban multimillonarias obras a sabiendas de que no eran prioritarias y que seguramente no tendrían fin, porque desde que las planearon no estaban verificados los proyectos ni concluidos los trámites correspondientes.
Y sucedió que en esa fantástica ciudad, los gobernantes pudieron realizar un túnel en el que justificaron cientos, miles de millones de pesos en él lecho de un río, sin que diez años después sirviera para el cruce ni de un triciclo.
Y pudieron también edificar un distribuidor vial que no llegaba a ninguna parte porque a medio construir se enteraron de que habían comprado el terreno a alguien no según documentos legales, el verdadero propietario y la obra tuvo que suspenderse por el litigio interpuesto, dejando un gran elefante blanco a la entrada del puerto.
Pero lo verdaderamente mágico de ese lugar que parecía suspendido en una nebulosa, era que hasta allí no llegaba ni la más elemental lógica que obligara a exigir responsabilidad a alguien por el mal uso de MILES de MILLONES de pesos salidos de los recursos públicos, es decir, de los recursos del pueblo.
Sus leyes eran decorativas, al igual que los legisladores que las elaboraban bajo la supervisión del virrey y la condescendencia del alcalde en turno.
Era el pueblo nube, el más feliz de todos los pueblos, porque en su magnífica resignación, le quedaba el consuelo que algunas preponderantes familias de la localidad, si habían obtenido grandes ganancias económicas de las obras inacabadas.
Así, en ese remoto lugar, siguieron adelante, sorteando embotellamientos, pésimas carreteras, falta de agua potable y otras cosas, pero esperanzados en que algún día, serían….un pueblo próspero.
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