La ejecución mediática y empresarial a que fue sujeta la periodista Carmen Aristegui esta semana, destapa nuevamente la lamentable situación laboral de los que se dedican a ejercer esta profesión en México. En un modelo de negocio aceptado desde el siglo pasado, la mayoría de empresarios dueños de los medios de comunicación, privilegian, tarde o temprano, la conexión a la fuente de financiamiento provenientes de los presupuestos de cualquier nivel de gobierno, en el país.
Subcontratados, con el engañoso privilegio de ser pagados, cuando bien les va -como Carmen Aristegui-, por honorarios a cambio de una independencia de la redacción de sus noticias o comentarios, los periodistas mexicanos han generado una clase profesional que pretende ser de libre profesión, pero sujeta a una relación salarial que motiva a la búsqueda sujeta a la prebenda económica externa, porque los sueldos no dan para más dentro de las empresas que los contratan.

Muy pocos escalan las altitudes que ha alcanzado Carmen Aristegui, conductora estrella y periodista cuasindependiente de MVS así como comentarista de CNN en español, quien se ha establecido casi como una marca de lider de opinión , con una gran credibilidad nacional en cuanto a su estatura moral e crítica. La mayoría de periodistas de calidad, en el país, se van adecuando a un sistema que los copta, los corrompe o, cuando es necesario, los elimina, física o profesionalmente.
La percepción que deja el embrollo de esta semana entre MVS, empresa de Joaquín Vargas, y el equipo de la periodista mexicana de 51 años, es que se dió un golpe mortal a su línea de flotación en el canal, para desmembrar su equipo de trabajo, como represalia a los reportajes de investigación que pusieron al descubierto la famosa Casa Blanca de la familia del presidente de la república, Enrique Peña Nieto, ligada al empresario, Juan Armando Hinojosa, quien ha resultado ganador de numerosas obras de construcción, tanto en el gobierno del estado de México, cuando era gobernador el ahora presidentre, como en la actual administración peñista.
¿Cómo pudo cambiar la relación de Joaquín Vargas, dueño de MVS, en tan pocos meses como para exhibir ahora, públicamente, como una abusadora de confianza y, por asociación sin mencionarlo, una deshonesta, a su reportera estrella? El propio ombusdman de noticias de MVS, Gabriel Sosa Plata, planteó públicamente, por medio de un comunicado, la desmesura de la reacción de la empresa de medios que alberga al noticiero de Aristegui, para denunciar el hecho del manejo de su marca como parte del proyecto del sitio de periodismo de filtraciones, Méxicoleaks, al cual se adhirió la periodista, con su equipo de trabajo, esta semana.
Sea por las presiones políticas ya esbozadas, o por las desavenencias empresariales entre los dueños de MVS y su reportera estrella, el hilo se está rompiendo por lo más delgado, el del periodista, una vez más, para desgracia de un gremio que se precia de ser portador del mote del cuarto poder pero que no ha podido, en decenas de años, y casi un siglo del desarrollo del periodismo moderno en México, garantizar sus relaciones laborales con las empresas que los contratan, permaneciendo en el limbo de la subcontratación y el despido fulminante, como respuesta inmediata, cuando el reportero, o periodista, aún siendo estrella, deja de convenir a los intereses del modelo de negocio periodístico en México, tan atado, en la mayoría de los casos, a su relación de financiamiento publicitario gubernamental.

