¿Qué está pasando?: ¿Y usted qué haría si lo pusieran donde está el dinero?


corrupcionpordineropor Gonzalo López Barradas

     Los grandes de la historia

condenaron su poder

de seducción, pero fueron

los ladrones los que se

convirtieron en estrellas

de la crónica periodística

 

 

  Por Gonzalo López Barradas, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana
Por Gonzalo López Barradas, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Tocó a Cayo Salustio Crispo vivir en un lugar y en una época tan cuajados de grandes personalidades y acontecimientos que formaron lo que Stefan Zweig  llamó  “momentos estelares de la humanidad”. Como había sido el siglo IV antes de Cristo en Atenas, y habrían de ser mucho después el XVI en Florencia, el XVII en Madrid, el XIX en París, el siglo I a.C. en Roma estuvo lleno de personajes luminosos y de hechos trascendentes.

Salustio fue contemporáneo de Julio César, de Pompeyo, de Catón de Utica, de Cicerón, y fue testigo del brillo y de la muerte trágica de todos ellos; vivió la guerra Civil, supo de la de las Galias, y de la de Yugurta, de la que fue historiador, como también de la conjuración de Catilina, de quien fue coetáneo. Pocas veces en tan corto espacio y en tan breve tiempo se han apretado tan graves sucesos y hombres tan ilustres. También Virgilio, Horacio, Ovidio, vivieron en ese tiempo. También Craso, Marco Antonio y Octavio. Fue un siglo interesantísimo.

Salustio tuvo, cuando era joven, una resplandeciente y noble idea, y la expuso en una carta dirigida a César. “No se podrá emprender eficazmente la reforma del Estado si César no empieza por privar de su seducción al dinero, con el que hoy es posible conseguirlo todo”. El poder corrupto del dinero ya había sido señalado siglos antes por un autor cómico genial, que no ha tenido segundo: Aristófanes.  Podría decirse que ya era lugar común entre los filósofos, tópico, el hablar mal del dinero y acusarlo de muchos de los más graves males de la sociedad. Pero el dinero lleva ya más de veinticinco siglos de sobrevivir, muy saludable, a todos esos ataques.

No sólo los filósofos más altos del paganismo, las mentes más  lúcidas y los corazones más nobles, vieron con aprensión o con asco al dinero; el cristianismo retomó esas ideas, y desde el sermón de la Montaña, llamado también de las bienaventuranzas, hasta la vida ejemplar de San Francisco de Asís, se escuchan por muchos siglos consejos de renunciación a los bienes materiales en aras del crecimiento de los espirituales, considerados como más valiosos; no alargamos la segunda fecha hasta  la de la publicación de “Das Kapital” porque Marx en realidad no habla mal del dinero, sino agrede a quienes lo atesoran, pues quiere verlo repartido entre más gente; pero no lo desprecia, sino también lo adora, como quienes incensaron al becerro de oro; también en el marxismo, y tal vez más que en ninguna  otra doctrina, el dinero es clave, tiene el mayor prestigio, es bien supremo, y sólo una nueva distribución de él propugnan los autores del  “Manifiesto Comunista”, no su supresión, ni la pérdida de su poder mágico (un ejemplo: Fidel Castro y su hermano Raúl en Cuba).

Salustio propuso a César una campaña, pero no esbozó sus planes o sus métodos, sino solamente sus fines, para quitar al dinero el prestigio que ya tenía en Roma, y que llevaba hacia la corrupción a la República, pues los honores se compraban, las carreras políticas se hacían a base de cohechos, eran venales los puestos, se vendían los gobernadores, los pretores, los cónsules, los senadores, los tribunos, y el mejor postor era quien llevaba la mejor parte en los juicios, o en las elecciones. ¿Y para qué se gastaba una fortuna en comprar un puesto importante? Para resarcirse en él de ese gasto, y acumular una nueva fortuna mayor que la invertida en el negocio. De venalidades se pasó a la corrupción, y de allí a podredumbre. Las instituciones estaban amenazadas.

¿Qué hacer para convertir en una realidad aquella hermosa idea esbozada por el  joven Salustio? Han pasado más de veinte siglos, y esa fórmula no ha sido encontrada, ni probablemente buscada tampoco. Su mismo autor la olvidó pronto. César, en vez de escuchar al futuro historiador, le dio puestos, y Salustio se dejó llevar por la corriente, y se enriqueció  en ellos. Como gobernador de Numidia hizo lo que todos los demás gobernadores: arrasó la provincia, se llevó hasta los clavos. Sin ningún pudor inauguró en el centro de Roma, entre el Quirinal y el Pincio, una quinta tan lujosa que fue más tarde envidiada por los emperadores. Pasó, en ella, tranquilo, el ocio fecundo, que escribió sus bellos libros (se jubiló apenas a los cuarenta y dos años), sin apremios económicos, pues, lo que muchos le elogiaron como muy prudente, supo “ahorrar” para su vejez, para disfrutar de la edad del descanso sin dar lástima; tal vez si en aquellos los años de su dorado descanso alguien le hubiese recordado su juvenil teoría, se hubiera reído, la habría considerado como una calaverado mental, propia de sus años mozos.

Pero cabría retomarla, dos mil años después de vagamente expuesta. Tal vez todavía podría ser clave de una importante reforma en la vida de ciudades alejadas miles de leguas, como miles de años, de la ciudad y del siglo en que se produjo.  “Privar de su seducción al dinero”. Por lo menos, atenuar los brillos de esa seducción, hacerla menos cegadora; oponerle algunas otras seducciones que pudieran sustituirla. La seducción del honor, la de la buena fama, se nos ocurre apuntar, ya que la del premio a la virtud en otra vida, ulterior. Ha tendido últimamente a la baja. Cambiar esa seducción del oro por alguna otra, menos malsana.

El amor del oro, además de tener bien lleno uno de los círculos del Infierno dantesco, donde gimen los avaros y los pródigos, los usureros y los simoníacos, costó la vida, en la epopeya de la conquista de México, a quienes no soltaron sus pesadas presas, sino se hundieron con ellas en las acequias de la calzada de Tlacopan, en la fuga de la Noche Triste, provocada por la matanza que Alvarado hizo de los tenochcas que fueron a una fiesta cargados de joyas; y el detenerse a buscar una mina hizo llegar tarde a una batalla a los españoles, en la conquista de Arauca, y dio tiempo  a Caupolicán para aniquilarlos; pero éstos son ejemplos burdos; cuántos más hay, menos toscos y sangrientos, de perdición de ciudades y de naciones por el ansia de rapiña de sus gobernantes, a cuántos jefes arrastró su desmedida codicia, cuántos, en la historia, después de ganar timbres y lauros que los han llevado al poder, de allí tuvieron que ser echados por ladrones, porque el brillo del oro les encandiló más que el de la gloria, porque se dejaron y se dejan conquistar del prestigio del dinero.

Pero… ¿convendría, realmente, que esta seducción se perdiera? Vendrían por tierra lo mismo el capitalismo que el socialismo, se arruinarían los periódicos y la estaciones de radio y televisión, por falta de anunciantes y de subsidios oficiales, y la industria y el comercio sufrirían un universal colapso. Se acabarían las huelgas y las manifestaciones  (que se hacen, casi todas, por dinero) y perderían su estímulo todas las carreras, que para ganar dinero se siguen. No, una pérdida de la seducción del dinero sería catastrófica. De quien la propusiera ahora se reirían todos los gobernantes, candidatos y funcionarios ratas, como César se habrá reído de Salustio.

Pero si no es posible vivir sino en pos de ese bien supremo, si hacia el dinero todo se orienta, si a su seducción nadie escapa y su prestigio a todos deslumbra,  ¿por qué mostrarnos severos, hasta indignados, por los que llamaremos “los pecadillos del dinero”, los hurtos, los fraudes, los desfalcos, mientras mayores más merecedores de las grandes cabezas de los medios y de puestos de elección popular y cargos públicos. ¿Condenamos a los grandes rateros, desfalcadores, secuestradores, estafadores, defraudadores, corruptos, que son estrellas de la información periodística?  No seamos hipócritas. ¿No haríamos cada uno lo mismo, si se pudiera?

Salustio lo hizo.

Hay una frase que se utiliza entre los políticos que según algunos la dijo el padre putativo de Enrique Peña Nieto, el mexiquense Carlos Hank González y otros aseguran que fue el “Tlacuache” César Garizurieta: “A mí no me den, nomás pónganme donde hay”…

rresumen@hotmail.com

 

 

 

 

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