El raro privilegio de morir de “causas naturales”


desaparecidos-tierra-blancapor María Elvira Santamaría Hernández

Por María Elvira Santamaría Hernández, egresada de la Facultad de Ciencias y Tècnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana
Por María Elvira Santamaría Hernández, egresada de la Facultad de Ciencias y Tècnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

En los actuales momentos donde predominan las muertes violentas, los decesos por impactos de bala, por asfixia o por golpes. Donde lo antes escalofriante y aterrador se ha vuelto tan cotidiano, que es desechado tras un ligero movimiento de cabeza en señal de tristeza y condena, pero que superamos pasando a la siguiente noticia sin demasiados reparos porque sabemos que en las próximas 24 horas habremos de escuchar o leer de otros levantones, secuestros o ejecuciones.

En estos momentos pienso en el raro privilegio que representa morir de “causas naturales”.

-¿De qué he de morir yo? – Seguramente estimado lector, usted se ha preguntado eso alguna vez. Me viene a la mente el conocido y socorrido refrán de que “el que a hierro mata, a hierro muere”. Pero esa es una fórmula demasiado simplista y generalizada imposible de aplicar en muchos casos y más ahora.

Por ejemplo, los cinco muchachos que fueron detenidos por policías estatales en la ciudad de Tierra Blanca, cuando regresaban de Veracruz e iban hacia Playa Vicente, su lugar de origen. ¿Qué razón había para detenerlos? Y más aún, para entregarlos a un despiadado grupo criminal, que ni siquiera pidió dinero a cambio de su libertad?

Ese maldito 11 de enero, transitaban de día, sin armas, sin pleito, sin nada. No eran de ahí, no iban a quedarse ahí. ¿Qué querían los delincuentes? ¿Por qué el daño, por qué si no había de por medio ni venganza, ni ‘encargo’, ni competencia? ¿Por qué si ni los conocían? Es que acaso estos criminales están tan cebados en la maldad que matan por matar? ¿En dónde y cuándo forjamos estos seres sin alma?

Estos jóvenes, José Benítez de la O., Mario Alberto Sánchez, Alfredo González Díaz, Bernardo Benítez Arroniz y Susana Tapia Garribo, de quienes, según las autoridades ya se han localizado restos de dos de ellos en el rancho El Limón de el municipio de Tlalixcoyan Veracruz, tenían derecho a vivir, a triunfar o fracasar y quizá las dos cosas; a formar una familia, a mirar crecer a sus hijos, a acompañar la vejez de sus padres.

Tenían derecho incluso, a morir de “causas naturales”.

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