
Los días de abril transcurren con noticias escalofriantes. La sensibilidad social está severamente golpeada por hechos sangrientos. Los nudillos de la barbarie y el caos sacuden a todo el país. Por todas partes hay desgarramientos de lo que se llama el tejido social. La gente está enardecida porque no sólo es echada de sus trabajos como consecuencia de los recortes de personal forzados, sino porque no hay paz, no se encuentra por más que se le busque un equilibrio que permita una vida estable para la mayoría de las familias del país. La economía no mejora, los sueldos no alcanzan, el dinero escasea por todos lados y brota, más que nunca, frustración y repudio sin límites hacia una clase política que no responde a las demandas de la gente porque no quiere o no puede.
El crimen organizado, desatado y sin control, hace de las suyas con la complicidad del poder: secuestra, extorsiona, mata, decapita. Los periodistas se siguen quejando de las amenazas y violaciones a la libertad de expresión. La corrupción política carcome, destruye ese elemento clave de toda solidez social y de cada democracia: la confianza. Ya no existe, pues la gente también observa que, del lado del poder, está quebrado el espíritu de servicio.
Los grupos de poder y los políticos buscan arribar a un puesto público porque es la única forma de garantizar cierta seguridad económica o, si se puede, enriquecerse a manos llenas. Las políticas públicas en realidad han sido transformadas en verdaderos negocios por parte de la camarilla que está en el poder. Poco o nada importa la gente. El campo sigue abandonado, la industria, en otro tiempo boyante, está en quiebra. El mundo de la seguridad está destruido. Nada, absolutamente nada es seguro. La certeza está ausente. Ni siquiera el obrero próximo a jubilarse sabe si podrá disponer, después de 35 años de trabajo, de una pensión segura.
Los inversionistas extranjeros —y hasta los prósperos empresarios mexicanos— ocultan sus capitales fuera de los territorios inseguros, como México. Ahí está el caso de los Papeles de Panamá, cuyo escándalo dio cuenta del cúmulo de capitales legales e ilegales que se ocultan por cualquier razón. Nadie quiere invertir en México, territorio donde el Estado no tiene capacidad de garantizar la vida ni el patrimonio de nadie, donde todo es corrupción, violencia y muerte; y donde las realidades dolorosas no se corrigen, no se enderezan, no se enfrentan: se maquillan, se ocultan, se disfrazan. Es la ley del doble discurso, de la doble moral.
Son los tiempos de la barbarie, los del desgobierno y del caos o, como lo llamaba Marx, “La lucha de clases” que se hace presente a cada momento, porque cada vez es más evidente que los ricos son más ricos y los pobres son todavía más pobres. Es la desigualdad social. Es el reflejo de un gobierno, el de Enrique Peña Nieto, que simplemente no puede con el país y sólo sabe mirar el beneficio personal.
Es verdaderamente penoso, vergonzoso, que el presidente mexicano viaje a Alemania y a Dinamarca —dos países primermundistas que son ejemplo por sus avances en la educación y por su crecimiento económico y humano— y hable de México como un país en jauja, y se refiera una y otra vez a un México que nadie ve y que únicamente existe en la fantasía presidencial.
Ante la cúpula del poder político y empresarial de Alemania, Peña Nieto fue a decir que este año la economía crecerá entre un 3.3% y un 3.6%, cifras que el propio Banco de México e incluso la Secretaría de Hacienda han desmentido en otros momentos por resultar insostenibles. No fue todo: también fue a decir que México está en el mejor momento para recibir inversiones tanto de alemanes como de daneses porque hay una economía sólida y condiciones de seguridad para que las inversiones prosperen. Nada más falaz. ¿Dónde está ese país, señor presidente?
¿Es real esa realidad?, preguntaría el psicólogo austriaco Paul Watzlawick, autor de la teoría de la Comunicación y del Constructivismo radical. Los hechos y los datos no permiten engaños. Justamente cuando realizaba su gira por Alemania y Dinamarca, en Estados Unidos se dio a conocer un informe sobre la sistemática violación de los derechos humanos en México. Y destaca un dato: quienes más violan esos derechos son militares y policías.
La ruina económica del país es tan evidente que, en el sur de Veracruz, por ejemplo, la gente ha salido a las calles a protestar por la falta de seguridad tanto laboral como social, pues Petróleos Mexicanos está despidiendo a cientos y cientos de trabajadores ante su crisis financiera, ocasionada por el derrumbe de los precios del petróleo.
La queja social es generalizada y existen razones. Desde hace meses esa región del país, antaño una de las más boyantes, enfrenta balaceras todos los días, robos en tiendas y residencias, asaltos a mano armada, violaciones, secuestros y una oleada de muertes y desapariciones que nadie puede frenar. La policía ha resultado totalmente rebasada por los crímenes organizado y común; por ello, las autoridades tuvieron que solicitar el apoyo de la Gendarmería Nacional. Llegaron a ese territorio menos de 300 elementos, insuficientes para recomponer la situación.
Lo mismo ocurre en Tamaulipas, Nuevo León, Michoacán (que se volvió a incendiar), Morelos (tierra de nadie) y Guerrero, entre otros estados, donde la inseguridad económica y social están provocando agitación social y enardecimiento.
En las empresas, los despidos se multiplican. La causa: no hay ingresos, los pagos se retrasan más de lo debido y, con ello, el pago puntual de las quincenas a los empleados que, urgidos de dinero, terminan por renunciar para ir en busca de un empleo más seguro que por todos lados escasea.
Se afirma que todo este caos que se vive en el país, aunado a la violencia y a la inestabilidad económica, se debe a la caída de los precios del petróleo y a la volatilidad financiera que ha causado serios problemas en el mundo. Pero lo cierto es que en México hay muchos estados en los que se suman otros problemas: inseguridad pública y corrupción desmedida, incluyendo el descaro por parte de gobernadores que terminan sus periodos enriquecidos a costa del pueblo.
Por ello no se encuentra un mínimo de congruencia entre el discurso presidencial pronunciado ante alemanes y daneses y esta convulsionada realidad. Quizá desde Los Pinos —la casa presidencial— o a más de 30 mil pies de altura y cómodamente acostado en un asiento especial del nuevo avión, el presidente Enrique Peña Nieto sufra algún problema mental que le provoque el síndrome de confundir, alterar o distorsionar la triste realidad del país.
Publicado en: http://www.revistavariopinto.com/vblogger.php?id=321&secc=6&titulo=la-fantasa-a-presidencial

