•La oficina de Héctor Fuentes, donde ni paga renta y los meseros lo apapachan
•Hasta sala de juntas tiene
•El café donde escribía Julio Cortázar
•El café donde mataron a Manlio Fabio Altamirano, gobernador electo de Veracruz
•El café donde tecleaba Renato Leduc, aquel de “la dicha inicua de perder el tiempo”
por Luis Velázquez Rivera

Un amigo preguntó a Héctor Fuentes el domicilio de su oficina para visitarle algún día cuando anduviera en la ciudad.
–En el café de siempre, le dijo.
–En serio, hermanito, ¿donde está tu oficina?
–En el café de siempre, hermanito.
–¿En la misma mesa, entonces?
–Bueno, a veces, en la mesa de enfrente.
–¿Y por qué?
–La mesa de enfrente… es como la sala de juntas, y así, alternamos.
Desde luego, se trata, le dijo, de la oficina base, pero también de la oficina móvil.
–Mira, así ahorro alquiler, teléfono, agua, luz, vigilancia, compra de muebles y secretarias, muchas broncas, pues.
Claro, el grueso del trabajo, Héctor Fuentes lo hace en su casa, en un cuartito más chico que cualquier recámara del Infonavit, y en donde pasa los días y parte de la noche más felices de su vida.
Primero, sin patrones. Segundo, sin compitas incómodos. Tercero, sin tentaciones mundanas. Cuarto, sin interrupciones. Quinto, sin visitas indeseables. Y sexto, sin nadie que envidie su oficina y le arme una intriga con los patrones.
Además, en el café/oficina, el paisaje es el más placentero del mundo, de igual manera como, por ejemplo, el sol y la luna, el mar y la playa, los amigos y el fútbol, la música y el sonido del mar fueran el motor para vivir de Albert Camus en su tiempo de pobreza, cuando vivía en un patio de vecindad y tenía una madre analfabeta trabajadora doméstica.
El café/oficina es el más democrático del mundo, pues los meseros tratan igual al pobre que al rico, al político que al ciudadano, a una mujer bella que a un hombre anónimo, y si acaso la sonrisa de los meseros se vuelve una tajada de sandía a la hora de la propina.
Así como aquella viejecita en la novela de José Saramago pasó los mejores días de su vida en la plaza comercial con aire acondicionado mirando pasar a la gente, de igual manera Héctor Fuentes en el café/oficina.
Y lo mejor, sin pagar renta, y con un lecherito calientito acompañado de un garibaldi.
Y más ahora en el tiempo del Internet y las redes sociales y los facebook.
LO MEJOR, PITORREARSE DE SÍ MISMO
Unos amigos tienen envidia de la oficina de Héctor Fuentes.
–Eres un güevón, te la pasas en el café, le dicen.
–Eres un fracasado, le picotean otros.
–Ya avisé a Hacienda para que siga tus pistas, pues lavas dinero, le bombardean.
–Eres un farsante, pues allí donde lloran está el muerto.
Y como nadie parece estar contento y/o, en todo caso, se pitorrean, ha tomado la decisión más sabia de su mundo e ignora a todos.
Incluso, ha aprendido a pitorrearse de sí mismo.
Mientras tenga centavitos para el café y el pan, que en sí mismo constituye el desayuno estudiantil según el menú, seguirá despachando en el café.
En todo caso, se ha dicho, la vida es aprender a vivir y aprender a dejar vivir a los demás.
Por fortuna otros se han acostumbrado y de boca en boca ha corrido la versión de su oficina y ahí lo buscan.
Unas ocasiones, por ejemplo, se le han juntado dos o tres personas, y por eso mismo, decidió crear en otra mesa del café la sala de juntas.
Y como su chamba es contar historias hasta los meseros son ya sus aliados y cómplices, pues cada uno le informa de las personas y personaje que por ahí desfilan en las horas del día y parte de la noche.
Más aún, hay ocasiones cuando el café está abarrotado y el capitán del mesero le aparta su mesa, como si ya la tuviera comprada para el resto de su vida.
Incluso, en el café se siente como en su casa por tanto apapacho inmerecido.
EL CAFÉ PREFERIDO DE UN CRONOPIO
En París, Julio Cortázar tenía un café preferido, de igual manera como casi todos los escritores del mundo.
Llegaba puntual y de inmediato pedía un cafecito y abría su libreta y sacaba varios lápices de la bolsa del traje y se ponía a escribir durante horas sin detenerse a pensar el párrafo siguiente y sin levantar la mirada curiosa alrededor.
Algunas tardes, el joven Gabriel García Márquez llegaba al café y se sentaba enfrente para mirarlo y admirarlo, su héroe literario que era.
Iba al café con un solo objetivo: presentarse con el colega latinoamericano, pero dada su timidez natural ante el héroe, nunca se acercó.
En el café “Tacuba” de la ciudad de México, el gobernador electo de Veracruz, Manlio Fabio Altamirano, y su esposa, fue asesinado (25 de junio, 1936) por un pistolero ligado a una banda de facinerosos apodada “La mano negra”, con sede en Alto Lucero, aun cuando también se afirma que fue un sicario al servicio de Miguel Alemán Valdés, quien lo relevara en el cargo.
Al café “La Parroquia”, cuando estaba en la avenida Independencia, solía llegar de vez en vez hacia las 9, 10 de la noche, el reportero y escritor, Renato Leduc (“la dicha inicua de perder el tiempo”), sacaba su máquina portátil de escribir y tecleaba como un poseso frente a un lechero, sin canilla, hasta la hora de cerrar.
Héctor Fuentes se reduce a continuar la tradición porque en el fondo apenas y le alcanza para un lechero con garibaldi…y sólo de vez en vez. (lvr)
Publicado en: http://www.blog.expediente.mx/nota/20961/portales-de-noticias-de-veracruz/los-mejores-dias-de-la-vida-en-un-cafe-
