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Muchos fortines y baterías de cañones en el siglo XIX fueron obras de campaña, es decir, construidas de forma rápida y sin pensar en geometría o estética. Muchos son solo campos para atrincherar tropas rodeados de muros y estos no siempre son de piedra labrada o sillar, sino simples apilamientos de piedras alrededor de una zona habitable, almacén de alimentos, aljibe y polvorín, si llegaba a montar cañones. Un puesto de observación en lo alto, no precisaría de grandes obras, excepto si la intención fuese establecerse permanentemente y contando con auxilio seguro desde el exterior. Pudieron incluso haber aprovechado alguna estructura insurgente o mexicana, remanente de otras guerras.