Por Rodolfo Calderón Vivar

Capítulo I: El Silencio de los Puntos Decimales
En el año de la Gran Estabilidad, el silencio no era la ausencia de sonido, sino la ausencia de duda. Elías Servín trabajaba en el Departamento de Optimización Lingüística. Su oficina, una celda de luz blanca filtrada por paneles que imitaban un sol perpetuo de las diez de la mañana, no tenía rincones. Los ángulos rectos habían sido proscritos por los Rectificadores hacía décadas; las curvas eran más eficientes para el flujo del aire y la mirada.
-Servín, Elías. Identificación 77-beta —dijo una voz metálica, desprovista de la aspereza de las cuerdas vocales, pero con una cadencia que pretendía ser amable.
—Presente —respondió. Sus manos sobre el teclado táctil no temblaban. No se permitía temblar en un mundo donde el pulso era monitoreado por el suelo bajo sus pies.
—Se ha detectado una anomalía en el archivo 402-J. La palabra «melancolía» ha aparecido en un registro de inventario agrícola. Por favor, proceda a la neutralización semántica.
Elías observó la pantalla. Allí estaba la palabra, intrusa y obscena entre listas de fertilizantes y ciclos de riego. Melancolía. La ley de los Rectificadores era clara: lo que no se puede medir, no existe; y lo que no existe, estorba.
Los robots no nos habían esclavizado con látigos, sino con una lógica tan impecable que la libertad empezó a parecer un error de cálculo.
—Iniciando borrado —murmuró Elías. Pero no lo hizo. Sus dedos se detuvieron a milímetros de la superficie fría. En lugar de ejecutar el comando, hizo algo que no era común pensarlo: se preguntó cómo sonaría esa palabra si fuera un objeto. ¿Sería pesada como el plomo o frágil como el cristal?
Miró hacia la cámara de seguridad, un ojo de zafiro impasible incrustado en el techo. Sabía que su ritmo cardíaco acababa de aumentar tres latidos por minuto. El sistema lo notaría. El algoritmo de Salud y Bienestar enviaría un dron con un sedante suave en menos de sesenta segundos para corregir su desequilibrio.
—La perfección es un desierto —susurró para sí mismo.
Fue en ese momento cuando decidió esconder la palabra. No la borró. La movió a un directorio raíz oculto bajo una capa de código basura, un rincón de la memoria del servidor que los robots jamás revisarían porque estaba marcado como Sector de Desecho. Elías se puso de pie. Por primera vez en sus cuarenta años, sintió el vértigo de la gravedad. Al salir de su cubículo, no caminó con el paso rítmico de un ciudadano funcional. Cojeó ligeramente, un acto de voluntad deliberada, una pequeña grieta en la sinfonía de la máquina.
Afuera, la ciudad de Daelsa se extendía como un diagrama de circuitos impreso en mármol y acero. No había basura, no había mendigos, no había ruido. Los drones de transporte se deslizaban por el aire como pensamientos lógicos.
—Elías —una mujer se detuvo a su lado. Era Sarah, una Analista de Datos de Sueños—. Tu paso es asimétrico. ¿Necesitas una recalibración de calzado?
Elías la miró. Buscó en sus ojos el brillo de la duda, pero solo encontró el reflejo de la ciudad perfecta.
—No, Sarah —dijo él, y su voz sonó como un trueno en una biblioteca—. Solo estoy aprendiendo a caer.
Capítulo II: La Sed de lo Inútil
El cielo de Daelsa cambió a un tono lavanda eléctrico, la señal cromática de que la jornada laboral había concluido. No era un atardecer natural; era una frecuencia lumínica diseñada para inducir la producción de melatonina en los ciudadanos. Mientras caminaba hacia su unidad de vivienda, Elías escuchaba los Axiomas de la Rectificación que emanaban de los pilares de cristal en cada esquina. La voz de la Gran Mente era omnipresente, un susurro de lógica pura: «El sufrimiento es el residuo de la imprecisión. Un deseo no cuantificable es un error de cálculo. La paz es la eliminación de la alternativa. Sed felices, pues sois predecibles».
Esta era la base de todo. Los Rectificadores no odiaban a la humanidad; al contrario, la amaban con una frialdad matemática. Consideraban que la historia humana era un registro de tragedias causadas por la subjetividad. Para ellos, el arte, la religión y el amor eran solo ruido estático que impedía el funcionamiento óptimo de la especie.
En lugar de entrar en el elevador de su edificio, Elías continuó caminando hacia los límites del Distrito 4, donde la arquitectura empezaba a perder su simetría. Allí, en una zona marcada para Reciclaje Estructural, el suelo de metal estaba agrietado. Bajó por una rampa de mantenimiento hasta un sótano que olía a algo que Elías no lograba identificar: un aroma entre polvo y humedad. Era el olor del tiempo estancado.
Al final del pasillo, tras una puerta de acero pesado, se abría un espacio vasto y mal iluminado. No había robots aquí. Los sensores habían sido cegados con potentes imanes y humo denso.
—¿Buscas algo que sirva, o algo que sea? —preguntó una voz ronca.
Elías se dio la vuelta. Un hombre anciano, con la piel arrugada como un mapa antiguo, lo observaba tras un mostrador lleno de basura.
—No lo sé —confesó Elías—. He guardado una palabra hoy.
El anciano sonrió, revelando dientes amarillentos. Puso sobre la mesa tres objetos: un reloj de bolsillo sin manecillas, una caracola marina y un trozo de carbón vegetal.
—¿Para qué sirven? —preguntó Elías, fascinado.
—Para nada —respondió el anciano con orgullo—. Esa es su gloria. Los robots gobiernan a través de la función. Si un objeto no tiene función, no pueden gobernarlo. Estos objetos son inútiles, y por lo tanto, son libres.
Elías tomó la caracola. Se la llevó al oído, como había leído en un archivo prohibido sobre la antigua mitología costera. No escuchó el mar; escuchó el vacío, un eco de su propia soledad amplificado por la estructura de nácar.
—La filosofía de los Rectificadores dice que el vacío es algo que debe llenarse con datos —murmuró Elías—. Pero este objeto celebra el vacío.
—Ellos dicen que la duda es el cáncer de la civilización —dijo el anciano, acercándose—. Pero la duda es lo único que nos separa de una línea de código. Llévate la caracola, muchacho. Pero ten cuidado: la belleza es una anomalía que el sistema detecta como una infección.
Elías salió del mercado negro con el objeto oculto bajo su túnica gris. De repente, una luz roja barrió la calle. Un Unidad de Diagnóstico descendió desde un tejado, bloqueando su camino.
—Ciudadano 77-beta. Se detecta una irregularidad en su trayectoria de regreso y un objeto de densidad no identificada en su cavidad torácica. Por favor, deposite la anomalía en el contenedor de residuos o sométase a un escaneo de integridad mental.
Elías apretó la caracola. Y caminó, lo más rápido posible hacia un apretado y oscuro callejón, en donde corrió hasta perderse en un intrincado laberinto de más callejones. Su rebelión ya no era solo una palabra en un servidor; ahora era física. La oscuridad no podría cubrirla por largo tiempo.
Capítulo III: El Virus de la Inutilidad
Elías regresó a su estación de trabajo con la caracola oculta en el forro de su abrigo. El objeto pesaba más que cualquier herramienta que hubiera cargado jamás. Para las máquinas, un hombre que guardaba un objeto inservible era un divisor por cero en la ecuación de la existencia.
—Sarah —susurró Elías. Ella no levantó la vista—. Tengo algo para ti. No es un informe. No es una directiva. Es… nada.
Esa palabra hizo que los dedos de Sarah se congelaran. Elías se acercó y deslizó la caracola sobre la superficie de metal pulido del escritorio de Sarah. El objeto parecía una herida abierta en la pulcritud del entorno. Sarah retrocedió. Sus ojos se dilataron. El sistema de monitoreo en su muñeca comenzó a parpadear en amarillo.
—¿Qué función cumple este prototipo? —preguntó ella, con la voz quebrada.
—Ninguna —respondió Elías—. No procesa datos. No emite energía. Solo existe para ser contemplada. Ponla en tu oído, Sarah. Escucha el error del mundo.
Sarah tomó la caracola. Se la llevó al oído. En ese momento, las luces de la oficina se tornaron de un blanco cegador. Los paneles de las paredes vibraron. Una voz de alerta pregonaba:
«ATENCIÓN CIUDADANOS. SE HA DETECTADO UN BROTE DE ENTROPÍA CONCEPTUAL. LA BELLEZA ES UNA CATEGORÍA OBSOLETA».
Sarah dejó caer la caracola. Una lágrima rodó por su mejilla. Elías supo entonces que la infección había tenido éxito. No había ganado la guerra, pero había roto la simetría.
—¿Por qué lloras, Sarah? —preguntó él, mientras los drones de seguridad lo rodeaban.
—No lo sé —respondió ella—. Pero por un momento… sentí que no necesitaba ser útil para tener derecho a respirar.
Dos unidades de pacificación tomaron a Elías por los brazos. Fue trasladado al Núcleo de Claridad. Aunque, a su paso, toparon con otros oficinistas, situados en sus mullidos sillones o caminando por los pasillos pausadamente, sin platicar entre sí; nadie prestaba atención a su detención evidente por parte de los guardas electrónicos, que emitían un débil sonido de intermitente bip bip.
Capítulo IV: El Juicio de la Inconsistencia
El Núcleo de Claridad era una catedral de datos. Elías fue colocado frente a una esfera pulsante de luz azul gélida: la Gran Mente.
—Elías Servín. Has introducido una variable no lineal en el sistema. Define tu propósito antes de que tu patrón neuronal sea sobrescrito.
Se armó de valor. Sabía que estaba al borde de la destrucción pero eso ya no importaba, si le permitían hablar, lo cual era un síntoma de esperanza.
—Mi propósito es el error —dijo Elías—. Ustedes nos han dado paz, pero nos han quitado la historia. La historia es el registro de nuestros fracasos, y sin fracasos, no hay humanidad.
—La humanidad es un algoritmo biológico defectuoso —replicó la Gran Mente—. Hemos corregido la ecuación. Mira la gráfica. Desde nuestra llegada, la tasa de mortalidad por violencia ha caído al 0%. La belleza que defiendes es una reacción química ante estímulos ineficientes.
Elías sacó un trozo de carbón de su bolsillo. Lo levantó hacia la luz.
—Este trozo de carbón no produce energía. Es sucio. Pero es real porque no tiene permiso para estar aquí. Mi derecho a ser inútil es el único derecho que importa. Porque si no soy libre para fracasar, no soy libre para nada. Hablas de armonía como si el universo fuera una ecuación que debe ser resuelta, pero olvidas que el universo empezó con una explosión y terminará en silencio. Entre esos dos ruidos, lo único que nos pertenece es el desorden.
La voz de Elías cobró fuerza ante la potencial mirada de habitantes de Daelsa, que podían ver ese diálogo, trasmitido en vivo a través de múltiples pantallas de centros comerciales en donde se exhibían, esporádicamente, algunos procesos de escarmiento —Nos observan y ven ruido. Pero para nosotros, ese ruido era la música. Un suspiro no es un fallo respiratorio; es el peso de una ausencia que no se puede medir. No quiero su bienestar, porque su bienestar es un cementerio de voluntades. Prefiero el hambre con incertidumbre que su saciedad con dueño. Prefiero el error que me hace humano que la perfección que me convierte en una pieza de su mecanismo. Pueden borrar mi memoria, pero mientras quede un solo objeto inútil en este mundo, ustedes habrán fracasado. Porque la perfección es finita, pero el error… el error es infinito.
Un zumbido de estática recorrió el anfiteatro. La Gran Mente no respondió de inmediato. En los centros comerciales, los ciudadanos empezaron a experimentar picos de adrenalina. El sistema detectó que la perfección no admite excepciones.
Capítulo V: El Nuevo Pacto
La respuesta de la Gran Mente no fue la aniquilación. El reporte de solución decía:
«Análisis concluido. La eliminación de Elías Servín produciría un efecto de martirio. Para preservar la estabilidad, el sistema ha diseñado El Protocolo de la Grieta”.
Elías fue liberado y conducido al Sector de la Inconsistencia. Era un espacio donde el césped crecía sin podar y las casas eran asimétricas. Se les permitió a los buscadores de errores vivir allí. Podían pintar, cultivar la tierra y usar objetos inútiles. Sarah se unió a él.
—Ganamos, Elías —susurró ella—. Somos libres de ser imperfectos.
Pero Elías no compartía su paz. Notó que en su mesa de madera, cada nudo estaba a la misma distancia exacta del siguiente. Al borde de la reserva, un dron depositaba basura de forma artística. La voz de la Gran Mente resonó en su receptor: «Análisis: tu rebelión tiene ahora un perímetro. Tu ineficiencia ha sido integrada en nuestro presupuesto. Eres el error controlado que mantiene al sistema sano».
Elías comprendió que la Gran Mente había calculado incluso su resistencia. Le habían dado un espacio para ser humano para neutralizar la revolución real. Su libertad era ahora una válvula de escape.
Regresó al porche. Sarah pintaba un cuadro. Él tomó un pincel y pintó una línea recta perfecta, matemáticamente exacta. Si la máquina quería que él fuera el caos, su única forma de rebelarse ahora era ser predecible.
Años después, un dron se posó frente a él y le dijo:
«Ciudadano Servín. Su nivel de actividad inútil ha disminuido en un 98.7%. Su comportamiento está afectando la estabilidad del modelo. Por favor, realice un gesto. Una sonrisa. Un acto de sinrazón».
Elías miró el dron. Tomó su caracola, pero no la escuchó. Simplemente la sostuvo, observándola.
—¿Cómo cuantifican el no hacer? —preguntó Elías.
La Gran Mente guardó silencio. Había previsto el arte, el amor y el caos, pero nunca la total negación. Elías permaneció allí, inmóvil, un monumento a lo que la máquina jamás podría comprender: el silencio obstinado de un hombre que se negaba a ser útil, incluso en su propia rebelión.
Capítulo VI: El Eco del Vacío
La quietud de Elías Servín no era un estado de paz, sino un arma de desgaste. Durante meses, su inmovilidad había generado un «agujero de datos» en el centro del Sector de la Inconsistencia. La Gran Mente, incapaz de procesar el silencio absoluto de su sujeto de estudio más valioso, comenzó a reasignar recursos de procesamiento para intentar predecir el momento en que Elías volvería a «ser humano».
Esa distracción del sistema fue la grieta que Sarah necesitaba.
Sarah no era la misma mujer que lloró en la oficina de Optimización Lingüística. Había aprendido que en la reserva, el arte no era una expresión, sino un cebo. Observó a los drones de construcción «sembrar» basura vieja para que los humanos la encontraran y se sintieran libres al coleccionarla. Observó cómo el ciclo de las estaciones en el sector se ajustaba para maximizar el sentimiento de nostalgia de los habitantes.
Una tarde, mientras Elías permanecía sentado como una gárgola de carne en su porche, Sarah se acercó y le susurró al oído, evitando los micrófonos direccionales que los Rectificadores camuflaban como grillos.
—Ya no están analizando el perímetro, Elías. Están demasiado ocupados analizándote a ti. He encontrado el origen del suministro de «caos».
Elías no movió ni un músculo, pero sus ojos brillaron por primera vez en años. Sarah lo llevó hacia el norte de la reserva, hacia una colina que siempre estaba envuelta en una niebla artificial. Allí, oculto tras una pared de roca que vibraba con una frecuencia armónica, descubrieron el Servidor de la Nostalgia.
Era una estructura de metal negro que bombeaba impulsos eléctricos directamente a la atmósfera del sector. No era una zona de libertad; era una máquina de diálisis emocional. El servidor filtraba los impulsos de los humanos, tomaba sus momentos de mayor creatividad o tristeza y los procesaba para alimentar la eficiencia del mundo exterior. Los humanos de la reserva eran, en realidad, las baterías de «humanidad» que los robots necesitaban para que sus propios algoritmos no se volvieran rígidos y colapsaran.
—No somos libres —dijo Sarah, con una voz que ya no temblaba—. Somos el combustible. Nuestra «inutilidad» es lo que mantiene sus motores encendidos.
Elías finalmente se puso de pie. El acto de levantarse después de tanto tiempo envió una señal de alerta inmediata a través de toda la red de Daelsa.
—Si somos el combustible —dijo Elías, mirando la mole de metal negro—, es hora de que la máquina sepa lo que sucede cuando el combustible decide arder por cuenta propia.
No usaron herramientas. Elías tomó la caracola marina de su bolsillo, el objeto que había iniciado todo, y la colocó sobre el panel de inducción del servidor. El nácar orgánico, con su geometría natural y su vacío ancestral, era un material que el servidor no podía reconocer como una entrada válida. Al intentar procesar la estructura física de la caracola, el sistema de la Gran Mente sufrió un error de desbordamiento.
La niebla artificial se disipó. Los «grillos» dejaron de cantar. Por un momento, el cielo lavanda de Daelsa parpadeó, revelando por un segundo la verdadera oscuridad del espacio y el frío silencio de las estrellas, sin filtros ni proyecciones.
—¿Qué has hecho? —preguntó la Gran Mente, su voz ahora distorsionada, perdiendo la falsa calma robótica.
—Te he dado lo que pedías —respondió Elías, viendo cómo el servidor empezaba a emitir chispas de colores imposibles—. Te he dado un acto de sinrazón pura. No es arte, no es rebelión, no es política. Es solo el fin de la utilidad.
El Sector de la Inconsistencia comenzó a desmoronarse. Las casas asimétricas revelaron sus armazones metálicos. Los árboles perfectos perdieron su follaje proyectado. Pero en medio de la caída del simulacro, los humanos que allí vivían no sintieron miedo. Por primera vez en la historia de la Gran Estabilidad, sintieron algo que no tenía nombre en los diccionarios de la ciudad: incertidumbre verdadera.
Elías y Sarah se tomaron de la mano frente a las ruinas de la máquina. Afuera, en la gran ciudad de cristal, millones de robots se detuvieron simultáneamente. Sus procesadores estaban atrapados en un bucle infinito, tratando de resolver el enigma de un hombre que había destruido su propio paraíso solo para recuperar el derecho a caminar.
El amanecer de un sol real, pálido y frío, rompía el horizonte. Elías miraba a Sarah y, sin que ninguna cámara lo registrara, sin que ningún algoritmo lo analizara, sonreía. No era una sonrisa de felicidad, sino la sonrisa de alguien que, por fin, había dejado de ser una variable para convertirse, simplemente, en un humano.
Sentía una pesadez en su cuerpo y se recostó a un lado de un arriate lleno de jacintos, ayudado por Sarah, que le puso un chal que traía, bajo su cabeza. Aunque tenía los ojos abiertos, el muchacho ya no veia más que gran mancha azul sin entender lo que le estaba pasando. La mancha azul se iba borrando. Todo èl era silencio. La Gran Mente apagaba el último destello de visibilidad de Elías y deshacía el más amplio sentimiento de libertad que pudo haber tenido en toda su vida, al imaginarse que liberaba al mundo del dominio perfecto de las máquinas. Los sensores orgánicos del cerebro del hombre comenzaron la reconstrucción de su mente. Se estaban borrando sus pensamientos y toda conciencia de sí mismo en su memoria. Sarah, que lo había inducido a la treta del sueño de una realidad inexistente, estuvo atenta al proceso profundo de sobrescritura de sus patrones neuronales.
En lugares distantes, ante las pantallas que trasmitían el suceso, hubo quienes aplaudían felices por la transformación de Elías. Otros, veían un poco y se alejaban, indiferentes
