Nave al descubierto


Cuento de Rodolfo Calderón Vivar es egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Por Rodolfo Calderón Vivar

En ese aquel plano existencial, donde la realidad no se teje con luz sino con jirones de niebla purpúrea y gravedad inestable, pocas veces incursionaban los Seres de la Comunidad de Luz. Eran entidades de vibración pura, arquitectos de melodías cósmicas, para quienes la materia densa era una aberración casi dolorosa.

Sin embargo, ese rincón del universo —una amalgama de sombras y ecos moribundos— ejercía una atracción magnética. Era un vertedero psíquico, un lugar donde las frecuencias bajas iban a morir.

Dos de ellos, cuyas esencias pulsaban en un tono dorado pálido, cruzaron el umbral. Al hacerlo, la sintonía que los rodeaba se apagó, reemplazada por un silencio geológico, denso y antiguo.

Lo que hallaron desafiaba la arquitectura de las esferas superiores. Sobre un promontorio de rocas afiladas, que se erguía como una dentadura cariada contra un cielo sin estrellas, reposaba una nave de dimensiones colosales.
No estaba hecha de energía ni de pensamiento. Era metal. Hierro brutal, remaches del tamaño de cráneos y placas blindadas cubiertas de una herrumbre que parecía sangrar sobre su superficie. La nave colgaba peligrosamente al borde de un abismo insondable; no era un cráter volcánico, sino una «boca» en el tejido del espacio, una ausencia total de existencia que sus sentidos no lograban procesar.

—¿Qué es esa concentración de fealdad? —el pensamiento de uno vibró con estática—No emite luz. Solo… absorbe.
—Es antigua. Más antigua que muchas estrellas —respondió el otro, analizando la estructura—. Tengo mis dudas sobre acercarnos. La Oscuridad no está presente como entidad, pero el lugar apesta a finalización.

Del fuselaje goteaba un aceite negro y viscoso. Al caer sobre las rocas, no siseaba por calor, sino por corrosión espiritual. Ese fluido era el destilado de billones de momentos de angustia de seres que no pudieron apartarse de la oscuridad.

La cautela de los entes luminosos fue vencida por el horror de la curiosidad. El primer ser descendió. Sentía cómo la masa de la nave tiraba de su cuerpo lumínico, intentando densificarlo.
Ignorando el peligro, extendió un filamento de su energía y tocó la superficie del casco.
No hubo chispas, ni explosiones. Solo hubo transmisión.

Al contacto con el hierro, el ser de luz no vio imágenes, sino que sintió conceptos que su raza desconocía. Experimentó el peso aplastante de la gravedad biológica. Sintió el frío del último aliento en un pulmón de carne. Sintió el terror al olvido. Comprendió, en una fracción de segundo, lo que significaba tener un final.

—No es una nave de transporte físico —transmitió a su compañero en una oleada de pánico puro—. Es un recolector. Está hecha de los residuos de los que mueren sin soltar la materia.
La nave no había sido construida; se había acumulado siglo tras siglo, forjada con la escoria psíquica de civilizaciones efímeras que temían a la luz.

En ese instante, el entorno cambió. La «Oscuridad» de la que hablaban no era una ausencia de luz, sino la llegada de la carga.
El aire alrededor del promontorio se volvió irrespirable, incluso para seres que no respiraban. Los otros seres comenzaron a aparecer. No eran fantasmas con forma humana; eran nudos de energía turbia, grumos de consciencia aterrorizada que acababan de ser expulsados de sus cuerpos biológicos en algún plano inferior. Eran las almas que, al morir, eran demasiado pesadas para ascender.
Llegaban por miles, atraídas por el magnetismo de la nave herrumbrada, como polillas asediando a una llama negra.
—Debemos irnos. Nuestra frecuencia se está contaminando —urgió el segundo ser, viendo cómo el brillo de su compañero comenzaba a tornarse grisáceo.
Pero ya era tarde para alejarse. La nave comenzó a despertar.

Un sonido terrible emergió del coloso de hierro. No era un motor, sino el chirrido de goznes cósmicos que no se habían movido en eones. Una compuerta circular en el costado de la nave empezó a abrirse, dolorosamente lenta.

El interior no estaba oscuro. Estaba lleno.
Los seres de luz vislumbraron, por un instante, un océano comprimido de rostros incontables, un remolino de ojos aterrorizados y bocas abiertas en gritos mudos, compactados como sardinas en una lata de sufrimiento eterno. Era el purgatorio de los materialistas, la bodega de carga de los que no podían soltarse espiritualmente.

El cardumen de sombras recién llegadas fue absorbido violentamente hacia el interior de la compuerta abierta, uniéndose a la masa crítica de los sufriendo de los ya atrapados.

La nave, ahora sobrecargada con el peso de billones de muertes no resueltas, cedió. Las rocas del promontorio crujieron y se quebraron. El coloso de hierro no encendió propulsores para subir. Hizo lo único para lo que estaba diseñado.
Se inclinó hacia adelante y se dejó caer en el abismo del cráter.
Los seres de luz observaron, incapaces de moverse, cómo el artefacto se hundía en la nada. No iba a otro planeta. Iba «abajo», a una dimensión de densidad inimaginable, llevando su carga a un lugar donde la luz nunca había sido inventada.

Cuando la nave desapareció en la negrura del abismo, el silencio volvió al promontorio. Pero los dos seres de luz ya no eran los mismos. Su brillo dorado se había manchado para siempre con una línea delgada de óxido, el recuerdo indeleble de haber atestiguado el destino de los pesados.

Avergonzados, decidieron ya no volver a la Comunidad de la Luz. Se quedaron allí, varados en la frontera, en ese espacio intermedio donde la luz se mezcla con la sombra: la Penumbra.
​Sus cuerpos terminaron de transformarse. El oro se volvió bronce; el brillo se convirtió en un resplandor mortecino, similar al de una vela a punto de extinguirse. Se dieron cuenta de que su propósito ya no era cantar la gloria del universo, sino algo mucho más oscuro y necesario.
​Se sentaron en el umbral, de espaldas a la perfección de sus hermanos y de frente al vacío purpúreo por donde subían las almas pesadas.
​Ahora, cuando un humano muere y se queda atrapado en la inercia de sus miedos, ya no solo encuentra la nave recolectora. A veces, si tiene suerte, ve dos luces tenues, dos seres manchados de humanidad que extienden sus manos de bronce para ayudarle a soltar el lastre antes de que la compuerta de hierro se cierre para siempre.

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