
Reportaje de Daniela Rea

Apenas parió a su hija, Mayra García López se reincorporó a su trabajo: pelar 4 costales de nopales diarios. En el silencio de su tarea cayó en cuenta que lo hizo por primera vez cuando tenía 8 años, al lado de su madre. Desde entonces, ha hecho lo mismo todos los días.
Como esta tarde. Mayra tiene en sus manos una cubeta llena de nopales espinados que pela uno tras otro sin parar, mientras se desarrolla la puesta en escena de la obra La tempestad de Shakespeare, de la que ella forma parte junto con otras 16 mujeres de la comunidad rural Puerto de Valle, de Salamanca, Guanajuato.
Sin saberlo aún, el público que llena la plaza Mexiamora, el escenario de esta obra del Festival Internacional Cervantino, presenciará la personalización de Calibán —el personaje de un esclavo salvaje y deforme creado por el dramaturgo inglés— en un puño de mujeres que paren esclavos.
“Venimos desde Puerto de Valle, venimos a compartirles un poco de nuestra realidad. Venimos a que el gobierno nos escuche porque nos tiene siempre hasta abajo. El campesino según es el que da la vida, pero el campesino ya no vive. Esto es unreclamo a las autoridades correspondientes, esperamos que sea de su agrado y comprendan y se pongan en nuestro lugar los 40 minutos que dura la obra, se pongan en nuestros zapatos y valoren lo que dios les dio”, dice una mujer a manera de presentación.
Todos somos Calibán
La obra de teatro que desarrollan las mujeres forma parte del proyecto Ruelasque este año inauguró el FIC. Cuatro directores mexicanos trabajaron con cuatro comunidades del estado para montar obras de Shakespeare y se presentarlas durante el Festival.
Sara Pinedo es una de ellas. Esta directora de la compañía Coelctivo Alebrije, estuvo a cargo del montaje de La Tempestad en Puerto Valle. Con su hijo a cuestas, recuerda que al llegar a la comunidad rural todos pensaban que era trabajadora del DIF y la lista de peticiones no se hizo esperar: que si el puente, el pozo, la clínica de salud y la escuela.
Pronto las convenció de que su permanencia ahí era distinta: había sido enviada para como parte del Proyecto Ruelas para montar La Tempestad y celebrar los 450 años del nacimiento de Shakespeare.
“Me entregaron el libreto y me dijeron que montara. Al tener el libreto en mano pensé, ¿qué vamos a hacer con esto? Muchas mujeres de las que están aquí no saben leer y escribir. Entonces nos pusimos a revisar el libreto y a sacar las líneas argumentales que a las mujeres les hicieron eco”.
Así salió el amor, la maternidad, la esclavitud; por su parte, ellas agregaron las temáticas del campo y la migración, que en el relato de las mujeres tienen un encuentro con la esclavitud. Así escogieron también el título del montaje Todos somos Calibán, pues todas las mujeres sentían que de alguna manera su historia y la de los personajes estaba conectada a esa libertad mutilada.
Hasta que la muerte nos separe
En la plaza Mexiamora, ubicada en el centro de Guanajuato, las protagonistas despliegan un escenario de su vida cotidiana: hacer el fuego, moler maíz, poner las tortillas, pelar nopales, cocinar, alimentar a otros. El escenario está compuesto por anafres, comales, jaulas con gallos.
Al fondo, un grupo de música norteña de la comunidad acompaña la obra. Uno a uno, los testimonios de las mujeres, se escuchan en la plaza y atraen la atención hasta de un borrachito que asoma su cabeza canosa y despeinada desde una azotea vecina.
“Yo soy Guille. La madre, el origen, la bendita, la que sufre, la que tiene ilusión, la que tiene la obligación. Prometo darte el vestido y el alimento y en esa edad en la que me pierdes el respeto, hasta que la muerte nos separe”.
“Soy Antonia. Trabajaba en la pizca de algodón estando embarazada. Yo le metía de 50 a 60 kilos de algodón a los costales. Entonces un día le dije a mi esposo ‘me siento mal’. Mi hija ya mero nacía entre los algodones. Luego nació mi niña y luego luego volvimos a la pizca del algodón”.
“Soy Francisca. Todos los días del campo regresaba caminando. Ustedes se preguntan ¿soy la que engendra hombres y mujeres de bien? ¿Y la que engendra esclavos, monstruos?”
El norte se los lleva y ya no los deja venir
Rosalba Aguilar Ramírez tiene a sus pies la ropa de su hijo Juan: una camisa y un pantalón vaquero, unas botas y un sombrero. Su hijo migró a Estados Unidos hace 10 años; Jorge, uno de sus primos, siguió sus pasos y quedó en el camino, fue secuestrado junto con todo un camión de migrantes antes de llegar a Monterrey. Desde hace 3 años no saben nada de él.
Rosalba relata la historia en la plaza, ante el público, mientras el cuerpo le tiembla. Cuenta también que su hijo Juan tiene su nombre tatuado en el brazo izquierdo, el de su padre en el derecho y en la espalda tiene su apellido. A Rosalba no le gusta que se pinte tanto, pero él intenta convencerla de su utilidad: “Estos tatuajes, mamá, me van a servir mucho porque si un momento tu no tienes noticias de mi, los identificas y me buscas”. Cada noche Rosalba reza para que no le pase lo que a su primo Jorge.
En honor a su hijo, Rosalba se pintó “Juan” en el pecho con un marcador indeleble, como los tatuajes que él lleva en su cuerpo.
“Yo le digo que ya se regrese, que para qué se vuelve a ir, nos quedamos sin los muchachos, el pueblo está de puras mujeres, se los están llevando, no hay quién trabaje. Me acuerdo cuando Juan me dijo que si lo dejaba ir al norte, yo no quería y me insistió. Y ya se fue. Desde hace años que ya no lo veo, porque no puede venir a casa. A mi me pone triste porque el norte se los lleva y ya no los quiere dejar venir”.
“Todos somos Calibán”, porque su hijo Juan no puede venir a verla, porque ella tampoco puede ir a verlo.
Parimos esclavos
Cuando su hija Miriam acababa de nacer, Mayra García López se reincorporó a su trabajo, pelar 4 costales de nopales diarios. En ese silencio se dio cuenta que la primera vez que lo había hecho fue cuando tenía 8 años de edad, al lado de su madre.
Ese pensamiento le brotó de nuevo cuando, al participar en el montaje de la obra La Tempestad, conoció al personaje de Sycorax, madre de Calibán, el esclavo.
Esta mañana, en la plaza, Mayra toma el nopal en las manos y lo pela con una pequeña navaja, mientras escucha a sus compañeras relatar qué harían si fueran presidentas o gobernadoras de la isla Puerto de Valles, como en La Tempestad: poner drenaje, una clínica de salud, poner una escuela y un pozo de agua.
“Si yo, Mayra, fuera gobernadora de la isla les haría una nueva ley, una reforma a las mujeres. Y les pagaría un precio justo al nopal, estable. Mi hija desde los 8 años pela nopal, es una cadena interminable de esclavitud, yo quisiera que se acabara esta esclavitud porque si no pelamos, no comemos”.
Quién sabe cuántas generaciones más pasarán pelando nopal. O cuántos hijos más se perderán en el camino al norte. Mayra intenta darle secundaria a su hija Miriam, algo que ella no tuvo. Y logró también decir en voz alta a manera de reclamo: “Parimos esclavos”.
Publicado en: http://www.animalpolitico.com/2014/10/shakespeare-parimos-esclavos/
