Una Ley a carcajadas


por Peniley Ramírez

En las horas siguientes sabremos el destino del proyecto legislativo. Pero en las escenas de su aprobación quedará irreparable una división física entre dos proyectos de país.

por Peniley Ramírez, egresada de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

– ¿Quiénes son éstos? -preguntó un asesor, abriendo muy poco la gran puerta de madera.

– Son los de Seguridad sin Guerra -respondió un guardia.

– ¿Cómo?

– Se-gu-ri-dad-sin-Gue-rra, es lo que dicen sus playeras.

– Están tranquilos, ¿verdad?

– Sí, señor, hasta ahora todo tranquilo.

A unos pasos unos diez activistas tuiteaban y denunciaban en entrevistas de radio que el primer paso legal para aprobar la Ley de Seguridad Interior, en la Comisión de Gobernación de la Cámara de Diputados, se discutía a puertas cerradas.

Dentro de la sala el aire era más ligero. Los diputados bromeaban y escuchaban arengas de rutina a favor y en contra. No hubo detalles de los juicios por violaciones graves a derechos humanos, cometidas por militares y policías. Las adiciones de última hora, las posibles soluciones alternas, no fueron explicadas.

– Es tu culpa –susurraba entre risas la Presidenta de la Comisión a un compañero, general del Ejército.

Él sonreía, ajeno al discurso crítico de un diputado de izquierda. La votación transcurrió rápida, entre más risas. En unas horas el asunto pasó al Pleno y ese día fue aprobado.

Los partidos oponentes deslizaron que promoverían una controversia constitucional. Esto dejaría en manos de la Suprema Corte si la Ley se confirma y entra en vigor antes de las elecciones de 2018.

Hasta el 30 de noviembre la campaña del colectivo Seguridad sin Guerra no había sido muy exitosa. Durante un año, explicaron por qué consideran que el proyecto de Ley es inconstitucional y dejaría en manos del Presidente la posibilidad de reprimir manifestaciones pacíficas.

Después de la aprobación, el colectivo recaudó más de 100 mil firmas contra el proyecto en una semana. Coincidieron con su postura varios organismos internacionales. Quizá por eso este 5 de diciembre flotaba afuera del Senado el ambiente denso de quien aguarda una tragedia.

– No puede pasar por aquí, señorita. Cerramos porque se nos quieren meter los activistas, ya se nos coló uno.

Con un traje negro y un sello con el escudo nacional sobre el corazón, el guardia de seguridad abría paso a la caravana de policías que se apostaba en las cuatro esquinas contiguas a la sede legislativa, previo a que el Senado comenzara la discusión de la Ley.

De un camión desembarcaban más uniformados con escudos antimotines. Otros 37 se habían situado en filas, como la coreografía de un festival escolar.

– En Honduras los policías y los ciudadanos se hicieron amigos. No cumplieron las órdenes de matar- les gritaba una activista, desde el otro lado de las vallas.

Unos policías bajaban la cabeza, otros sonreían. La mayoría descansaba sus brazos en sus escudos, con gesto de aburrimiento.

En las horas siguientes sabremos el destino del proyecto legislativo. Pero allí, en las escenas de su aprobación, quedará irreparable una división física entre dos proyectos de país, que se miran sin tocarse, sin hablar siquiera, que se miran sin mirarse; dos proyectos de país en el que uno parece llorar sin contener a sus muertos mientras otro ríe, a carcajadas.

 

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