Gobernar un país de muertos


Este 1 de julio en México votarán el luto y el miedo, pero también el coraje

Por Peniley Ramírez

por Peniley Ramírez, egresada de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

De muchos modos, los más de 200 mil muertos y más de 30 mil desaparecidos que hay en México votarán este 1 de julio.

Lo harán a través de sus madres y padres, que siguen buscando sus cuerpos, su paradero y la verdad de qué les pasó; lo harán a través de sus victimarios, que se saben impunes; lo harán a través de los funcionarios corruptos que buscan perpetuar los beneficios del silencio oficial.

También votarán los cientos de miles, millones de personas en México que viven con miedo. El miedo a que una balacera los alcance al salir de la casa, a que un hombre rapte y viole a su hija cuando vuelve de la escuela o cuando está mientras ellos trabajan; el miedo a que un familiar termine en la cárcel por un delito que no cometió, porque estaba en el lugar y el momento cuando un operativo policiaco tomó gente al azar de un sitio al azar para decir que habían capturado a unos delincuentes.

Este 1 de julio en México votarán el luto y el miedo, pero también el coraje. Quiero pensar que en este último tramo está el trabajo de cientos de periodistas que arriesgan su vida todos los días para contar la verdad. Quiero pensar que en la divulgación de los hallazgos de estos periodistas está un tramo, aunque sea pequeño, de la decisión de voto de miles de personas en este país.

Quiero pensar que en este coraje está un tramito, aunque sea muy pequeño, de mi propio trabajo: el pánico de sacar una cámara de televisión en medio de una zona narca, de preguntarle a Alejandra Barrales de dónde sacó un millón de dólares para comprarse un departamento en Miami, a Armando Ríos Piter cómo juntó 44 mil firmas en un día para su candidatura independiente, el dolor de preguntarle a una migrante en Veracruz cómo lavaba la ropa que sus captores zetas le dejaban en una batea, después de disolver personas en ácido.

En esta votación está Guadalupe Fernández, la madre de un joven desaparecido en Coahuila que cada semana pone sábanas limpias en la cama de su hijo, para que descanse allí cuando vuelva a casa. Está también el dolor de Araceli Salcedo, la mamá de Rubí, desaparecida en Veracruz; quien recuerda palabra por palabra de su última conversación con ella antes de que un comando la sacara de un bar. Está también Gabriela Sánchez, la hija de uno de los desaparecidos de la masacre de Allende, que era casi una niña cuando le arrebataron a su padre por una venganza de los narcos y ella le ayudó a hacer la maleta esa tarde antes de irse con ellos, sin saber que lo desaparecerían.

Quizá sea por todo esto que cualquier comentario, cualquier tuit, cualquier texto que uno escriba sobre la violencia termina siendo parte de una discusión electoral. En tres semanas México elegirá un nuevo presidente. A pesar de los discursos y las promesas, cada quien votará desde su cuota de miedo, desde el balcón de qué tan cerca ha visto o ha vivido su propia desgracia.

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