Se rompen quinielas y gajes de la globalización


Por Raciel D. Martínez Gómez

Por Raciel Damón Martínez Gómez, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

El Mundial de fútbol es un escenario tribal por excelencia. Los resortes atávicos que tiene el fútbol se aprecian no sólo en la narrativa del juego sino también y, sobre todo, en la grada que prácticamente es un teatro de pasiones. Por ejemplo, revisemos algunos de las representaciones nacionalistas que incita el equipo mexicano en un evento, como el de Rusia 2018, y más cuando han ganado a la poderosa y arquetípica Alemania.

Hay, por un lado, el aguafiestismode temporal que presume una leída de Martha Harnecker para señalar la manipulación del deporte. Que si es cortina de humo, distractor orwelliano…el encono recuerda la división clásica de la sociedad en estructura y súper estructura, y los saldos de un pensamiento que creyóque la comunicación tenía inmediatos efectos de aguja hipodérmica.

En estas somníferas ocurrencias contra la fiesta, se nota el desdén clasista que exhibe Mario Vargas Llosa cuando escribe de la cultura del espectáculo. En fin, que la tensión entre apocalípticos e integrados que estudióUmberto Eco, hace 50 años, persiste con ingenua argumentación por bando –hay que decir lo justo.

Lo cierto es que la diatriba ha disminuido de forma considerable y ha ayudado que escritores, como Juan Villoro o Eduardo Galeano, salieran a la palestra para transformar el fútbol en literatura.

Eso le otorgó una carta de mayoría de edad al fútbol que no fue sencillo gestionar. Fútbol e intelectualidad no se liaron de inmediato, pese a que cada día sea más de moda imitar los comentarios retóricos de Jorge Valdano con suertes verbales y citas de autores clásicos o canónicos.

Raciel D. Martínez Gómez

En este contexto vale la pena mirar los fuegos artificiales que catapulta un triunfo como el de la selección mexicana de fútbol. Fue histórico, y le llenóel ojo a gente como Manuel Neuer, que ve el juego como ningún portero. La derrota de Alemania no sólo supuso el orgullo deportivo de vencer al campeón del mundo, una máquina incansable que no cede en los 90 minutos. México le ganó, cerrando filas frente a un entorno adverso –que mutóen estímulo-, con un entrenador de bajo perfil que resultótan astuto para engañar a los germanos como si fuese Kevin Spacey en la película Sospechosos comunes.

Al estilo de un especialista de póker, Juan Carlos Osorio, con su imagen taimada despistaría al propio Bill Belichik, el head coach de los patriotas de Nueva Inglaterra. Resulta que el colombiano guardósus cartas y rompiólas quinielas, y contagióasimismo las expectativas de japoneses y senegaleses cumpliendo la cuota de David contra Goliath.

A Osorio no le hizo falta el Feng Shui ni la corbata de dragón, tan sólo una libretita de reportero le basta para el ritual donde se arrodilla a mitad de la cancha para anotar sus próximas coartadas.

El gol del Chucky Lozano volvióa ser el animador de un espíritu patriotero. No es novedad, pues desde mediados de la década de los noventa con la tan mentada globalización, el deporte adquiriónaturalización para ser estandarte nacional.

Y es que este nuevo papel protagónico de la selección se inserta en la coyuntura de un debilitamiento obvio del nacionalismo mexicano.

El nacionalismo del estado mexicano sufre una serie de alteraciones en el cúmulo de imágenes que representan un discurso de hegemonía. Son tiempos de mayor concurso icónico y la consecuencia ha sido que todos los elementos substancializadores de la identidad mexicana del periodo de la post Revolución, hoy en día han perdido legitimidad.

El nacionalismo mexicano a la mitad del siglo pasado controlaba con efectividad los contenidos que generaban la legitimación cultural. El magna de tipicidades de un país como México lo abastecía, sin duda, el cine de la época de oro. Sin embargo, con estos cambios, dicha legitimidad también se genera desde el deporte, y más concreto desde quienes patean un balón.

Actualmente el fútbol suple este sentimiento nacional y entre sufrimientos cohesiona y ofrece una identidad que en apariencia se ha diluido.

Todavía los esencialistas llaman a estas reacciones efímeras como patrioterismo. Es probable que así sea la levedad del ser futbolero. Por lo mientras, atentos: quienes encabezan la bandera nacional son un colombiano y un muñeco diabólico. Sí, gajes de la globalización.

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