La trata, el oscuro rostro de la migración.


por Oscar Meza

 

Por Oscar Meza García, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana (desde Quintana Roo)

Las del primer grupo visten ropa cara que hace destacar su cuerpo, son jóvenes, guapas, delgadas, y viven en departamentos de la zona hotelera y el centro de Cancún. Las del segundo; son de cualquier edad, habitan en cuarterías en la periferia de la cuidad, visten de manera modesta y el atractivo es lo que menos les interesa, no se conocen ni cruzan palabra entre ambos conjuntos de mujeres, pero tienen en común estar secuestradas desempeñando el trabajo que nunca imaginaron cuando en busca de un mejor futuro llegaron al principal destino turístico del país.

De acuerdo con el Consejo Internacional Sumando Venezuela, el único organismo no gubernamental que dedica su tiempo completo en apoyar a migrantes de diversas nacionalidades en Quintana Roo, decenas de mujeres en edades de 19, 20 y 21 años de edad, de Colombia, Venezuela, Argentina, Rusia, Alemania, y países bajos, son enganchadas en sus países para trabajar como modelos en Cancún y terminan prostituyéndose con altos directivos de empresas nacionales y extranjeras o turistas de alto poder adquisitivo, o en centros de diversión nocturna.

Todas ellas son tentadas con el mismísimo cielo; les ofrecen boletos de avión, vestuario, alimentos, hospedaje, altos salarios, y concretar el sueño anhelado, ingresar a alguna de las ramas de la industria del modelaje, pero al término del vuelo de su país de origen al aeropuerto internacional de Cancún, comienzan a vivir el infierno que les espera.

Lo primero que les hacen es quitarles todos los documentos, especialmente el pasaporte, para después firmar un contrato de cuatro o cinco años en el que se comprometen a trabajar como edecanes o acompañantes.

El contrato también exige que, al concluir el tiempo estipulado, las jóvenes rusas y de los países bajos deben pagar al empresario 50 mil dólares por concepto de hospedaje, boletos de avión, y alimentación, a las alemanas 35 mil dólares, mientras que, a las mujeres latinas, la mayoría procedentes de Colombia, Venezuela y Argentina, 25 mil dólares, solo de esa forma logran dejar de prostituirse y, finalmente, estar totalmente libres.

Aunque la trata de personas con fines de explotación sexual que se registra en Cancún, en los destinos turísticos del norte y la capital del estado, no se lograría sin la participación directa de instituciones policíacas y de funcionarios de todos los niveles del Instituto Nacional de Migración.

Las mujeres cada dos o tres meses cambian de domicilio, a fin de no ser detectadas por asociaciones civiles dedicadas a enfrentar el flagelo o de autoridades que no se corrompen, que afortunadamente también las hay.

Las del otro grupo, las que llegan por carretera, a través de los caminos verdes, ya sea por Chiapas o algunos de los poblados de la Ribera del Río Hondo, en el sur de Quintana Roo, no aspiran a ser modelos, ni edecanes, solo quieren salir de la infinita pobreza que viven en Guatemala, Belice y Honduras, pero también terminan en la prostitución en bares, cantinas, casas de citas o apostadas en calles de varios municipios del estado, víctimas de pequeños grupos de ocho a 15 personas que las mantienen secuestradas.

A estas mujeres, la gran mayoría sin saber leer ni escribir, las engañan diciéndoles que quemen sus actas de nacimiento originales porque les van a dar otras de nacionalidad mexicana y así las mantienen cautivas por varios años prostituyéndose.

Otra forma de obligarlas a que venden su cuerpo es reteniendo a sus hijos que concibieron producto de las relaciones sexuales que tienen en su actividad laboral.

De estas dos maneras, ambos grupos de mujeres migrantes continúan como esclavas sexuales en Quintana Roo, ante el penoso autismo de las autoridades de los tres niveles de gobierno.

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