¿A quién le tocara escribir el cuento y las cuentas de la Cuarta Transformación de México?


por Rodolfo Calderón Vivar

Rodolfo Calderón Vivar
por Rodolfo Calderón Vivar, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Convertido en símbolo de un futuro nebuloso, porque nadie hasta el momento ha definido en que consiste la Cuarta Transformación hacia donde se dirige el actual gobierno en turno de México, las promesas de ese horizonte promisorio parecen ser un abono más a la esperanza que a una realidad concreta por parte del nuevo presidente de la república, Andrés Manuel López Obrador,

Sin duda es un recurso de propaganda, con la intención de darle  una dimensión mítica a la nueva administración del gobierno federal, que abona a la propaganda también en sus grandes principios éticos, pero rétoricos al fin, de no robar, no mentir y no traicionar, que fueron el preludio de una Constitución Moral que tampoco halla ninguna evolución y aterrizaje preciso, no se sabe ni se supo si  están trabajando ya, de manera colectiva y democrática, en un documento de tales dimensiones que forma parte de la transformación nacional (así creemos) de la que habla López Obrador.

Lo más que han  podido hacer es rescatar el empolvado texto de una cartilla moral, escrita por  un hijo de familia fifi del porfiriato, Don Alfonso Reyes, destacado intelectual mexicano con reconocimiento internacional y numerosos textos académicos, cursos impartidos e instituciones educativas y culturales en su fructífera vida dedicada la creación intelectual, muy distante por cierto de los pobres que hoy son el objetivo de atención de la nueva clase gobernante. Europeista y admirador de la modernidad  industrial trazada por Estados Unidos, apunta su atención a la utópica  preeminencia futura de la inteligencia americana,  a través de esa raza cósmica de la que hablaba otro intelectual contemporáneo, José  Vasconcelos, que es un discurso para olvidar precisamente la idea de emancipación de los pueblos originarios de los que hoy tanto se habla, para dar paso al mestizo como nueva raza híbrida de esplendor en toda Latinoamérica (una raza, por cierto, hispanoamericana)

Pues ese viejo y empolvado texto del conservador y  aristócrata Alfonso Reyes , hijo de familia fifí muy reconocida porque su padre -Bernardo Reyes- fue de los que comenzaron la revuelta que terminó en el asesinato de Francisco I. Madero,  es el recurso hallado a la mano para presentar un antecedente de la Constitución Moral aún no creada. No está mal, pero tampoco es lo mejor, pero de algo a nada, como parece ser la situación, por ahi anda perdida esta cartilla moral del notable intelectual mexicano ubicada en la corriente clasicista del siglo anterior, proclive a una visión etnocentrista europea del desarrollo cultural mundial, de la cual los hispanoamericanos somos herencia. Notable su obra, hermosa su cartilla pero es un texto  del pasado revivido para uso de la nueva transformación a la que se dirige el país, a carencia de textos propios y modernos.

Y aqui, someramente, nos damos cuenta, que gran parte del discurso transformador oficial es  una alusión hacia un futuro grandielocuente y anacrónico de las transformaciones pasadas de México, en tres épocas históricas anteriores. Una especie de dejavú, pues.

La primera supuesta transformación, en el año de 1810, que inicia  un movimiento independendista surgió  de una rebelión de los criollos contra la ocupación francesa de España, en pos de deslindarse de esa usurpación de la madre patria por los franceses y que precisamente hacía que las arengas principales de Hidalgo y sus generales, así como pueblo detrás de él, eran a favor del defenestrado rey españo, Felipe VII. En la imagen icónica del nuevo gobierno de México, sobresalen precisamente dos figuras, la del padre Hidalgo y la de José María Morelos y Pavón, iniciadores de esa lucha que, al menos en el caso del primero, no era en pos de una independencia de México como tal, sino un desligue de una España ocupada por fuerzas extranjeras. A partir de la independencia de México ya real, en la década de los veintes del siglo XIX, viene una época de bandazos y divisiones funestas que indican que realmente no había ninguna idea de transformación nacional, ni proyecto nacional de peso, entre los nuevos mexicanos. Fueron 50 años de luchas intestinas en el marco de los cuáles perdimos más de la mitad del territorio nacional, porque estaba dividido el país entre conservadores y liberales -como ahora entre conservadores y morenistas- y fuimos invadidos en varias ocasiones por Estados Unidos, Francia y España.

La segunda transformación, en la mitad del siglo XIX, con el liderazgo de un Benito Juárez y gabinete, a salto de mata,  se dió en el marco de una acrecentada pugna entre conservadores -pro imperialistas- y liberales -pro admiradores de la democracia norteamericana y de la separación de la iglesia y el estado-.

La historia consigna la segunda invasión francesa en ese siglo, con tintes de lucha soterrada entre Estados Unidos y Napoleón III, que trajo como consecuencia la asunción en el trono del nuevo imperio mexicano, en la figura de Maxiliano de Harsburgo.

La victoria de Juárez, con el debido suministro de armamento  de industriales de las armas y políticos de la clase gobernante masona de Estados Unidos, dió pauta a un república moderna que, sin embargo, si bien pudo desarrollar una moderna constitución y algunas instituciones notables de justicia y educación también prohijó,  bajo el no tan corto periodo de Juárez en la presidencia, el desarrollo del latifundismo, generando  un sistema agrario feudal cuyas injusticias sociales darían pauta a la entronización de Porfirio Díaz en el poder, por largo tiempo. Ese Juárez es el que ahora es venerado en la imagen icónica del nuevo gobierno.

La tercera y última transformación es una revolución armada en 1810 se concentra en   echar del poder  a Porfirio Díaz,  que se sostuvo en la dictadura gracias al  fortalecimiento de una clase aristócrata y positivista que pugnaba por conducir al país hacia los niveles de bonanza de los países europeos.  En el pleno clímax de ese escenario de grandeza porfiriana, con el peso mexicano a la par de la libra esterlina, es que surge la ahora llamada tercera transformación encabezada, supuestamente, por un Francisco I. Madero que solo perseguía que se repitieran las elecciones presidenciales sin la presencia de Porfirio Díaz. Ese era su punto de transformación nacional y con ese punto en pie propició su asesinato, al separarse de las demandas de los revolucionarios  agraristas y obreristas, con más conciencia social que el coahuilense. Madero les pidió depusieran las armas, cuando llegó a la presidencia. Y llenó su gabinete con destacados porfiristas, entre ellos los miembros destacados del ejército del ex dictador.  No hablaremos aquí del cúmulo de traiciones y luchas de facciones que se dió a la muerte artera del ingenuo Madero, también manejado como símbolo icónico del nuevo gobierno mexicano. Pero si destacaremos que la tercera transformación se concretó en la llegada de los caudillos militares al país y después a la fundación de lo que sería el Partido Revolucionario Instititucional, que dirigió los destinos del país durante 70 años, hasta los estado de progreso actuales.

Como verán, todas estas tres transformaciones tienen en algo en común: se dieron enmedio de un ambiente de lucha armadas y de una indefinición casi total  de un proyecto de transformación integral del país que las distinguiera. Hidalgo y generales pugnaban por un territorio desligado del poder francés, y fiel al abdicado rey español, Fernando VII; Morelos, con fuerte ascendencia indígena si propuso la creación de una nación independiente; pero los consumadores de la independencia, criollos y llenos de ambición, se dirigieron a la instauración de un nuevo imperio, que concretaron con  la coronación de Agustín de Iturbide, famoso general realista que se convirtió finalmente en un  líder de la independencia, coronado finalmente como emperador mexicano.

No vamos a extendernos sobre Juárez y su proyecto nacional, que era proclive a la instauración de un gobierno con estructuras muy semejante a los de la estructura gubernamental norteamericana, pero que dejó fuera cualquier reinvidicación social para los pueblos marginados en México. Ni repasaremos como su política de reparto de las tierras clericales dió origen a los grandes latifundios nacionales, en un apapachamiento de las clases aristócratas de México. Ni de nos extenderemos sobre  una revolución donde el proyecto de Madero era personal y muy limitado, ni acerca de los proyectos también personales de hacerse del poder de Carranza, Obregón y Calles, con una corte  de destacados ideólogos políticos, constitucionalistas y sociales, que poco a poco fueron siendo minimizados en el transcurso de los años, hasta nuestros días.

Si acaso fue el General Lázaro Cárdenas quien quiso reinvidicar a los líderes obreros y agraristas que lucharon en la Revolución, dando inicio a una etapa de entronización del socialismo en la educación nacional. No duró mucho el intento. No tuvo la fuerza, ni el valor, para fortalecer al general Mújica, el principal sostén de una línea dura proclive hacia la izquierda para transformar a México. Lo doblegó la paradójica cercanía de nuestro país con los Estados Unidos. Ese general pusilánime es la otra  imagen icónica del logotipo del nuevo gobierno mexicano

Una cosa es cierta. En las tres transformaciones hubo ideólogos notables e ideales diversos, perp estuvieron a merced de políticos poderosos  que poco a poco los  fueron desplazando en  los periodos posteriores a las luchas armadas,   cruentas y destructoras de grupos contrarios. No se ve por ningún lado ese impulso transformador en esta Cuarta Transformación a la que tanto se alude. Los ideólogos del actual movimiento de transformación brillan por su ausencia. Salvo los discursos románticos del presidente, plenos en buena fe, se puede percibir que se maquillan programas antiguos, algunos de la época zedillista, creados por notables tecnócratas como Santiago Levy, uno de los autores del programa “Progresa Oportunidades”, que focaliza su atención  hacia los pobres mediante programas de  asistencialismo monetario directo. Los programas actuales de Estado de Bienestar de Andrés Manuel López Obrador, tienen el sello de ese  destacado tecnocráta neoliberal.

Por cierto, Santiago Levy trabaja desde lejos -según lo reconoce el Banco Interamericano de Desarrollo- para una profunda reforma en el sistema de pensiones del país, cuyo programa es muy probable sea acogido por el nuevo presidente de México, el anti neoliberal Andrés Manuel López Obrador  

¿Es acaso Santiago Levy uno de los ideólogos de la Cuarta Transformación a la que se dirige México, y  de la cual tanto se ufana el nuevo gobierno?

Si es así, olvidándonos que es un clásico tecnólogo neoliberal (a lo mejor ya no lo es y por eso su liga con López Obrador) habrá que leer uno de sus  libros publicados en la década pasada, como por ejemplo el intitulado Buenas intenciones, malos resultados: Política social, informalidad y crecimiento económico en México (2010).

Pero fuera de él, que trabaja -aparentemente- de manera soterrada en pos de hacer propuestas de cambio en el terreno estructural económico mexicano, no se ve ningún  trabajo en pos de las transformaciones a las que aspira llegar el gobierno de la Cuarta Transformación lopezobradorista. Muñoz Ledo, el que quizás sea el más experimentado hombre de estado del país,  tal vez agobiado por la edad, guarda discreto silencio.  No hay intelectuales orgánicos a la vista. Al propio presidente no se le ven tamaños de diseñador de cambios institucionales. Hay ausencias pues, que se notan, y hacen coja la idea de la cuarta transformación, hasta ahora.

Es más discurso y buenos deseos, basados en cuentos antiguos de que México se ha transformados por medio de movimientos socialmente unificados en pos de  un gran proyecto nacional siendo todo lo contrario,  ya que   la realidad histórica nos muestra que cada una de las tres transformaciones mencionadas por López Obrador, tuvieron desenlaces poco prometedores. La tercera, que fue la vencida según el dicho popular, acabó en lo que estamos viviendo ahora. Si fuera uno superticioso mejor nos esperaríamos a la quinta transformación, por aquello de que no hay quinto malo.

Resultado de imagen para kurshner en  mexicoEntre tanto cuento de por medio, cuento también es que  Andrés Manuel López Obrador guarde sana distancia de Donald Trump por prudencia de no confrontarlo. En realidad no están confrontados. Sus relaciones marchan de maravilla pues el presidente norteamericano nunca lo menciona de manera desfavorable.  Es más, se sabe que existía la posibilidad de  acuerdos entre ambos mandatarios,  dados a conocer desde el año pasado por el padre Alejandro Solalinde, en algunos medios de comunicación extranjeros, en el sentido de que  el gobierno del nuevo presidente mexicano apechugara  la entrada de inmigrantes centroamericanos, con un muro de contención simbólico (dotación de visas y trabajos), con tal de que disminuya el paso de cientos de miles inmigrantes no deseados hacia la frontera norteamericna.  Como detalle adicional reciente , hacer unos días, Kushner, el yerno enviado por Trump, se entrevistó con el presidente mexicano en una casa privada  para afinar detalles de como será esa contención de la migración de países del sur, a través de México, y como contenerlos con financiamiento de Estados Unidos. Lo cual a la postre, le saldrá barato a Estados Unidos y en cierto modo, por las consecuencias económicas y sociales que esta retención de centroamericanos significará, a la larga para México, cumple la profecía del mandatario norteamericano en el sentido de que  México terminará pagando el muro de contencion de la frontera norteamericana.

Así va esto de las cuentos y las cuentas en la actual época del México enfilado hacia “la Cuarta Transformación”

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