por Rodolfo Calderón Vivar

La idea de tener un monarca en México, cuyo simbolismo de poder real era heredado de las formas de conducir el gobierno en su antiguo colonizador, el imperio español, permeó gran parte del siglo XIX, dando pauta a que en 1864, un grupo de notables mexicanos -del bando conservador y fervientes miembros de la iglesia católica- fueron a proponerle la corona de México a Maximiliano de Habsburgo, un miembro de la realeza europea, en una jugada política que contaba con la venia de Napoleón III, quien ya había invadido el país americano con singular éxito y dominaba parte del territorio mexicano, haciendo huir al presidente Juárez y su gabinete, hacia el norte del país, una región cercana a los Estados Unidos.
La idea de que solo un distinguido monarca de origen europeo impondría la paz, dada su condición superior de heredero de los grandes valores europeos que predominaban en Europa, fue el principal motor del grupo político de mexicanos que decidieron invitarlo a nuestro país, informándole de las largas penurias de un México que en tan solo 40 años de existencia tenía la triste marca de más de 50 gobiernos diferentes productos de asonadas militares y renuncias vergonzantes de mandatarios, y hasta periodos en los que nadie quería ser presidente de México por las graves carencias de la hacienda pública, y el último periodo de un gobernante, Benito Juárez que aunaba a su condición de indio su tenaz persecución de los grandes privilegios de la iglesia, a través de las Leyes de Reforma, que transformarían al país desligándolo del poder económico clerical.
Pero lo singular de los dos emperadores efímeros que tuvo México, es que eran queridos por el pueblo, en la parte que le correspondió gobernar. Iturbide porque era el simbólico consumador de la independencia, junto con un maltrecho Vicente Guerrero que andaba a salta mata en el último periodo de lucha contra los españoles. Y en el caso de Maximiliano porque se comportó no solo como un rey magnánimo sino como un mandatario innovador, proclive a procurar un gobierno con tendencias más bien sociales que clasistas, y procuradoras del bien común, principalmente entre los pueblos indígenas del país, amen de procurar la modernización del país con obra pública que embelleció la capital del país y otras ciudades del país, así como construir las primeras férreas del país. Acciones que se quedaron a medias por Napoleón III le quitó su apoyo político y financiero, al no poder sufragar su proyecto colonial en América, debido a su debilitamiento político en el ámbito europeo, y la presión definitiva del gobierno de Estados Unidos de invadir México, en apoyo la junta insurrecccional de Benito Juárez, reconocida por el presidente norteamericano, Andrew Johnson como el único gobierno legal de México.
Queridos y odiados a la vez, los estilos monárquicos que se implantaron en México desde la época del malogrado Maximiliano de Habsburgo, se fueron replicando en muchas acciones de los posteriores mandatarios mexicanos, en una extraña mezcla del apego a la democracia americana y un actuar propio de la linea absolutista de reyes autoritarios en algunas de sus acciones. Eso sí, nadie osó coronarse jamás como un nuevo emperador, pero en algunas prácticas políticas de los presidentes, sus hechos así lo parecieron. Por supuesto, el mejor ejemplo de Maxilimiano, un hombre de vanguardia, como gobernante humanista no fue el ideal perseguido por muchos mandatarios mexicanos. Más bien, la idea del poder real absoluto y patriarcal, que estaba detrás de las acciones del dictador republicano, Porfirio Díaz, fue la que más imitaron varios de los mandatarios postrrevolucionarios.
Pero viene esto a cuento porque si algo caracterizaba a los antiguos emperadores, del siglo XVIII hacia atrás, eran sus decisiones verticales y seguidas por los miembros de la corte casi al pie de la letra. Después de las grandes transformaciones políticas en Europa, originadas en las ideas de la ilustración y la revolución francesa, las monarquía fueron cada vez más restringidas por las nuevas leyes estructurales de estado, que hicieron fortalecieron los organismos parlamentarios y a los jefes de gabinete que acotaron el poder de los monarcas. Hoy, algunos de esos monarcas no tienen más poder que el permitido por los gobiernos civiles que gobiernan sus países.
Sin embargo, por lo que se ve, heredando viejas costumbres del presidencialismo mexicano (una suerte de cuasimonarquía civil y democrática que permeó los gobiernos mexicanos desde ochenta años), algunas acciones del nuevo gobierno del cambio, parecen descansar en las decisiones de un presidente con rasgos autoritarios a momentos claramente percibibles para establecer sanos contrapesos, que surjan por parte de otros liderazgos que también crean en la cuarta transformación del país.
El presidente marcha en muchos momentos en soledad. Solo él entiende hacia donde va el país, con que propósitos trascendentales sin dejarse acompañar por otras voces, no digamos ya las críticas que pueden ser, aceptando sin conceder, conservadoras y negativas, sino de otras voces más proclives a interpretar, junto con él, hacia donde debemos llevar este país tan dolido por el saqueo desvergonzado de las clases políticas de los más recientes periodos principales. No sabemos hasta que punto ni los propios miembros de su grupo político lo comprenden y lo siguen en su afán de mejorar al país a partir de una transformación tan a fondo como pretende hacer creer a los auditorios que lo escuchan en sus discursos.
El papel de ese grupo político que lo acompaña, y de muchos de sus seguidores, me recuerda aquel viejo cuento de Hans Christian Andersen que hablaba de un rey cuyos sastres lo convencieron que le había confeccionado el traje más hermoso del mundo, a petición de él, un traje a la medida de sus aspiraciones reales, pero que en la realidad fue un engaño al convencerlo de que él no podía verlo, para no hacerlo caer en la vanidad, pero sus súbditos si lo podían ver. Y entonces, todos en la corte con la complicidad de los sastres y temerosos de que el rey se enojara porque se había creido el engaño, le empezaron a halagar su traje maravilloso que el no podía ver pero si sus fieles súbditos, llenándo de elogios su buen gusto y tan maravilloso traje, durante un buen tiempo, hasta que un día el rey decidió pasearse por una plaza pública, para que el pueblo también admirara su extraordinario atuendo. Obviamente, al salir a la plaza, la gente del pueblo se echó a reir al ver al reir pasearse dignamente y en pelotas, seguido de una cauda de cortesanos que trataban de acallar las burlas, gritando a voz en cuello lo maravilloso del traje de su rey. El rey, avergonzado, se regresó a su palacio apesadumbrado de su enorme torpeza y credulidad de la que se aprovecharon los miembros de su corte.
Cortesanos parecidos puede tener nuestro presidente, Andrés Manuel López Obrador, que no le dicen que el traje que está usando para gobernar al país no está hecho a la medida de las circunstancias que este país vive.
Si no hay voces que dialoguen con él, por temor, por cortesanía y hasta por mala fe, muchas de las acciones emprendidas por su sano pecho pueden resultar diezmadas al paso del tiempo. Es preciso entonces, y es sano, que dialogue con los suyos y también, por que no, que deje crecer liderazgos nuevos en esta nueva etapa que vive México, para que lo acompañen en su convencimiento de que es posible hacer llegar a este país hacia una transformación real en lo social, en lo ético, en lo cultural, en lo económico y en lo histórico.
En todo caso que pregunte al pueblo, pero no a través de mitines a mano alzada, productos de la azarosa emoción del momento de la multitud, sino a través de gente sensata y experimentada que existe en muchas partes del país, para preguntarles que opinan de las tareas que actualmente realiza, de manera crítica y sin cortapisas.
Si no une su actuar al de muchos más que propongan también y construyan la Cuarta Transformación de manera colectiva, puede que marche solo hasta el momento que el pueblo se de cuenta que el traje maravilloso del que presumía era simplemente una ilusión.
