Publica reportero Edgar Avila su primera novela


 Sobre EL LIBRO  escribe Luis Velázquez

“La bestia faldera”, su segundo libro

El reportero Édgar Ávila, corresponsal de El Universal, publica su primera novela. Se llama “La bestia faldera”. Su primer libro fue Pequeñas quimeras, crónicas y entrevistas periodísticas. En sus palabras, “en la novela circundan ángeles caídos…

que lo mismo montan una Harley Davidson que hacen fila para entrar a un mísero cuartucho y así fingir que están en el rojo Amsterdam. El libro huele a jabón pequeño, a loción barata, a longaniza y queso de montaña”.
Pocos, excepcionales trabajadores de la información dan un paso trascendental del periodismo a la literatura.
Y aun cuando hay ejemplos universales, en Veracruz son, serían unos cuantos. Pocos. Escasos.
Y es que la literatura, además de la búsqueda de datos, y datos rigurosos para hacer creíble el relato, se necesita imaginación.
Y desde luego, prosa sabrosa.
Prosa pulida y vuelta a pulir como el carpintero que pule y vuelve a pulir la madera fina.

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Édgar Ávila ya había mostrado en Pequeñas quimeras su oficio literario. Aunque el libro presumiera perfil periodístico, se notaba la necesidad de un texto de más largo aliento.
La bestia faldera es un notable salto a la novela. De la asertividad propia del trabajo cotidiano de los medios de información, pasa a una incorrección total. Emerge el lado oscuro de forma fluida, con un elegante armado tipo mosaico. Se trata de un rompecabezas que dosifica tensión y contenido, con un estilo elíptico que evade truculencia efectista con suma destreza.
Édgar tenía que contar la historia de Rosita y Agustín, es evidente, y así se lo hicieron saber gente cercana. Fluyó entonces un relato que por supuesto se basa en personajes, en la pareja, pero que funciona múltiple. Puede leerse como una crónica de la Xalapa colonial a una ciudad globalizada, o puede elegirse de lectura el lienzo de un puterito.
En la novela circundan ángeles caídos que lo mismo montan una Harley Davison que hacen fila para entrar a un mísero cuartucho y así fingir que están en el rojo Amsterdam.
En La bestia faldera nadie se salva de los amores furtivos que circundan al padrote. Todos escapan, confundidos, se escabullen, andan a escondidas en la búsqueda de nuevos placeres –con afortunadas descripciones eróticas incluidas.
El libro huele a jabón pequeño, a loción barata y a longaniza y queso de montaña.
No hay explicaciones para saber por qué Rosita soporta a su marido. Parece decirnos el autor lapidario: no hay forma de arrepentirse de la vida que se lleva.
Bárbara apuesta de Edgar Ávila en su primera novela: convertido en charlatán, Agustín combina un curso express con el Método Silva para transformarse en sanador; una especie de Anacleto Morones se asoma con humor negro en La bestia faldera, que es más que un rincón de vírgenes.

Puede hacer una lectura de sus primeras hojas en el siguiente enlace, dele click a la flecha del margen derecho para correr las hojas.

 

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