Las manos de Malena


por Rodolfo Calderón Vivar, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Mi tía deliraba en la cama del hospital donde yo hacía guardia para cuidarla, esa tarde de verano. Platicaba una historia que volvía a comenzar, a los pocos minutos de haberla concluido.  Pero no me cansaba de escucharla. Ni de estar ahí, a su lado, atendiendo cualquier petición que ella me hiciera. Escucharla era parte de mi función a su lado. Su voz se entusiasmaba cuando me contaba ese momento  en el que conoció al marinero colombiano allá en los muelles del puerto de Veracruz, hacía ya muchos años. Ella tendría dieciocho, cuando vivió una temporada con su madrina Doretea, porque quiso ir a trabajar en una tienda de ropa, en esa ciudad. Cosa de muchachas. Y ganas de vivir alejada de la casa de sus padres, donde el abuelo ejercía un severo control sobre sus tres hijas, Alina, Mercedes y Malena, la mayor, la que cuidaba yo tras  el brote de esa enfermedad que la fue carcomiendo por dentro, durante cuatros meses hasta la llegada del verano. “Era un moreno muy alto, de hermosa mirada y cabello crespo. Sus brazos eran fuertes y su pecho musculoso. Pero lo que más me gustó de él fue su risa. Una risa abierta que provocaba mi entusiasmo por haberlo conocido a él, tan diferente a todos los muchachos que había conocido hasta entonces. El era un hombre hecho y derecho. Se llamaba Eugenio. Era de Cali y  trabajaba en un buque carguero que iba a los Estados Unidos. No fue más que una hora la que pasécon él. No tenía más tiempo porque a las cuatro tenía que regresar a trabajar a la tienda. Él insistía que me fuera con él, que vería la manera de embarcarme en el buque donde trabajaba; que me llevaría a conocer a otra gente en otros mares, distantes y mas bellos que los del puerto de Veracruz. Pero yo no quise, era una locura. No sabía quien era él y no tenía la fuerza para lanzarme a un mundo desconocido donde estaría tan lejos de los que me conocían y me querían, aquí cerca, donde había nacido”

Entonces al llegar a esa parte, sollozaba muy quedito, muy para adentro. Miraba hacia el ventanal del cuarto del sanatorio y después me miraba a mí, Y volvía a repetir la historia. Yo la seguía escuchando. Apretaba suavemente su delgada mano y evocaba yo una pieza que me gustaba mucho de Astor Piazzola, el Oblivión, mientras miraba su rostro empalidecido que matizaba de una tonalidad distinta a su piel morena. Era la única morena de las tres hijas de Joaquín Mendoza, que a veces decía cuando estaba borracho, que quien sabe de quien era hija esa negra, pese a ser también un hombre moreno pero aindiado.  Ella era negra mulata, de cabello rizado y muy apretado a los contornos de su cabeza. No sabía porque su padre la despreciaba en esos momentos. Por eso se fue con su madrina, con el permiso de su mamá que insistió ante su adusto y severo esposo para que la dejara ir una temporada a Veracruz. De aquel tiempo habían pasado ya sesenta años.

Esa tarde, en el hospital,  en la cuarta ronda de repetición de la historia, se quedó callada un instante. Emitió un gemido que se fue convirtiendo en suspiros repetidos e intensos, apretujó sus  dos manos sobre su vientre y se quedó quieta, sin más historias que contarme. Quizás porque porfió demasiado en su último ademán de vida, sus manos entrecruzadas se quedaron así, sin poder destrabarlas. Estuve unos minutos llorando frente a su cuerpo. Y lo único que pude hacer es tomar un ramito de flores de lavanda que estaban en una cómoda, junto a su lecho, y lo acomodé con ternura en el espacio de  entre sus dedos, acurrucados y tiesos.

Orizaba, Ver. a 18 de abril de 2023

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