
La niebla llegaba siempre antes que él.
Eso decían los viejos del pueblo, los que todavía recordaban cuando la hacienda de Tlanepaquila tenía peones trabajando sus milpas y el trapiche gemía desde el amanecer hasta que el sol se hundía detrás del Pico de Orizaba. Antes de que llegara don Segismundo Aldecoa, la niebla era simplemente niebla: fría, blanca, oliendo a tierra mojada y a ocote. Pero después de su llegada, en el otoño de 1907, la niebla olía a otra cosa. A algo más antiguo. A algo que no tenía nombre en español, aunque en náhuatl los abuelos murmuraban una sola palabra cuando la veían descender por las laderas: tetzahuitl. Que quiere decir: presagio.
Nadie supo de dónde vino don Segismundo. Llegó en mula, sin más compañía que un baúl de madera oscura tan pesado que tuvieron que ayudarlo cuatro hombres a descargarlo, y un sirviente mudo al que llamaba Cosme, un hombre de ojos amarillentos que no comía con los demás y que dormía, se decía, dentro de la bodega con llave.
La hacienda llevaba quince años abandonada desde que la familia Irigoyen se fue a Orizaba tras la muerte misteriosa de tres de sus hijos en una sola temporada de lluvias. Las paredes de adobe seguían en pie pero cubiertas de musgo negro. Los arcos del corredor habían perdido el aplanado y mostraban sus entrañas de piedra volcánica. En el patio central, un naranjo solitario crecía torcido hacia el norte, como si huyera de algo que estaba al sur.
Don Segismundo no reparó nada. No contrató albañiles ni pintores. Simplemente se instaló en los cuartos del fondo, los que daban al barranco, y cerró las contraventanas.
Lo vieron por primera vez en el mercado de Zongolica un domingo de noviembre. Alto, extraordinariamente pálido para ser hombre de sierra, con un gabán negro que llegaba hasta los talones y unos guantes de cabritilla aunque el frío todavía no era tan brutal. Compró maíz negro, chile pasilla, piloncillo, jabón de lavanda. Pagó con monedas de plata sin regatear, lo cual ya era sospechoso. Saludó quitándose el sombrero con una cortesía anticuada, casi de otro siglo, y habló en un español perfecto pero con una cadencia extraña, como si las palabras fueran peldaños que subía uno a uno con demasiado cuidado.
La hija de doña Remedios Tepatlán lo vio y se quedó mirándolo tanto tiempo que su madre tuvo que pellizcarla en el brazo.
Se llamaba Luciana. Tenía diecinueve años y los ojos del color del café cerrero, oscuros y sin fondo. Era la más bonita del pueblo y también la más terca, lo cual, según doña Remedios, era una combinación peligrosa en cualquier época pero especialmente en aquélla, cuando Porfirio Díaz llevaba treinta años convenciendo al país de que el progreso consistía en que los de arriba siguieran arriba.
Don Segismundo la miró también. Solo un instante. Pero Luciana sintió ese instante como se siente el rayo: sin tiempo de ver el relámpago, solo el golpe.
Las muertes empezaron en diciembre.
Primero fue un perro. Luego tres gallinas. Luego el becerro de los Xocoyotzin apareció en el potrero con el cuello abierto y sin una sola gota de sangre en la tierra alrededor, lo cual era imposible según cualquier lógica de matanza que los serranos conocieran. El padre Eusebio Contreras bendijo el potrero con agua traída expresamente de la parroquia de Tehuipango y dijo que habían sido los coyotes. Nadie le creyó. Los coyotes no son tan limpios.
En enero murió Atilano Pérez, un peón que había trabajado brevemente en la hacienda cargando leña. Lo encontraron en el camino de terracería que sube desde el río, sentado contra una roca como si durmiera, con las manos cruzadas sobre el regazo y el cuello marcado por dos puntos pequeños, perfectamente simétricos, que parecían picaduras de víbora aunque no había serpiente que subiera tan alto en enero.
El médico rural que bajó desde Orizaba firmó el acta de defunción. Escribió: insuficiencia cardíaca. Cobró sus honorarios y se fue antes de que oscureciera, con una prisa que a todos les pareció muy elocuente.
Luciana empezó a encontrarlo en sus sueños.
No eran sueños de miedo, eso era lo desconcertante. Eran sueños de un azul profundo, casi morado, como el cielo de la sierra en los crepúsculos de febrero, y en ellos don Segismundo caminaba a su lado por los corredores de la hacienda sin que sus pasos hicieran sonido alguno sobre el empedrado. Le hablaba de ciudades que ella no conocía: Budapest, Praga, Venecia, nombres que en su boca sonaban como campanas de una iglesia muy lejana. Le decía que había visto caer imperios, que había asistido a revoluciones desde ventanas altas, que la historia de los hombres era una rueda que giraba y giraba sin llegar a ninguna parte, y que la única salida de esa rueda era precisamente lo que él era.
¿Y qué es usted?- le preguntaba ella en el sueño.
Él sonreía. Sus dientes eran blancos y muy perfectos excepto por dos colmillos apenas más largos que los demás, casi imperceptibles, como un secreto que se cuenta a medias.
Soy lo que queda cuando el tiempo ya no importa, decía.
Luciana despertaba con el cuello levemente adolorido y una sed que el agua del cántaro no podía apagar.
Fue doña Petra Tzintzuntla, la partera y curandera del pueblo, quien entendió primero lo que estaba pasando. Tenía ochenta y tantos años que ella misma había perdido la cuenta, y guardaba en su memoria una historia que su abuela le había contado y que la abuela de su abuela le había contado a su abuela: la historia de un hombre sin sombra que llegó a la sierra mucho antes de que hubiera caminos, en tiempos en que los cerros todavía hablaban, y que se quedó varios años bebiendo la vida de los pobladores como el colibrí bebe el néctar, sin matar a la flor de un golpe sino vaciándola lentamente, hasta que la flor se dobla y se cae sin saber bien por qué.
Lo llamaban teyolloquani: el que come corazones. No con los dientes sino con algo más invisible y por eso más irresistible. Con los ojos. Con la voz. Con el deseo.
Doña Petra fue a buscar a Luciana.
La encontró sentada en el umbral de su casa, mirando hacia el cerro donde se adivinaba entre los pinos el casco de la hacienda, con esa expresión de distancia que tienen las personas que ya están empezando a irse sin haberse movido todavía.
—Ya te encontró —le dijo doña Petra sin rodeos, porque a su edad los rodeos son un lujo.
Luciana no preguntó de qué hablaba. Lo cual confirmó todo.
Lo que hizo doña Petra no lo enseña ningún libro europeo sobre vampiros porque los libros europeos sobre vampiros fueron escritos por europeos, y don Segismundo, aunque europeo de origen, llevaba suficientes siglos en el mundo para haber aprendido que cada tierra tiene su propio modo de resistir lo oscuro.
No hubo estaca de madera de fresno. No hubo ajo colgado en las puertas, aunque doña Petra sí usó ajo, pero tatemado sobre copal, mezclado con hierba santa y con la raíz de una planta que en náhuatl se llama tlapaltepoztli y que solo crece en los barrancos de esa sierra, entre las rocas de basalto negro, floreciendo cada siete años con unas florecillas amarillas del tamaño de una uña.
Hizo una preparación que olía a resina y a tierra después del rayo. Untó a Luciana en el cuello, en las muñecas, en las sienes. Le enseñó tres palabras en náhuatl que Luciana debía repetir si se encontraba de nuevo con él, sin importar si era en sueños o en la vigilia, sin importar cuánto le temblara la voz.
Y luego subió ella misma a la hacienda.
Tenía ochenta y tantos años. Subió el camino de piedra con su bastón de madera de zapote, despacio pero sin detenerse, con esa terquedad serena que da haber sobrevivido todo lo que doña Petra había sobrevivido: epidemias, sequías, la guerra chiquita, el hambre de los años malos, varios gobernadores y un número incalculable de hombres convencidos de que sabían más que ella.
Llegó al portón de la hacienda al atardecer, cuando el cielo sobre el Pico de Orizaba se ponía del color de una brasa.
Cosme, el sirviente mudo, abrió la puerta y la miró con sus ojos amarillos.
Doña Petra le sostuvo la mirada sin parpadear el tiempo que hizo falta, que fue bastante. Luego sacó de su rebozo un atado de hierbas y lo encendió con un fósforo, y el humo que salió era blanco con venas verdes, como si la planta ardiera viva, y Cosme retrocedió sin hacer ningún sonido y se perdió en la oscuridad del corredor.
Don Segismundo la estaba esperando en el patio. Sentado en la banca de piedra junto al naranjo torcido, con las manos juntas sobre el bastón y una expresión de cortesía cansada, como el anfitrión de una fiesta que ya lleva demasiado tiempo de pie.
—Sabía que vendría alguien —dijo—. En cada lugar siempre hay alguien.
—Y usted sigue sorprendiéndose —respondió doña Petra.
Él casi sonrió.
Hablaron durante una hora, o quizás fue más tiempo, en ese patio donde el naranjo crujía suavemente y la niebla empezaba a bajar del cerro como un ejército lento y blanco. Doña Petra no contó nunca lo que se dijeron, y se llevó esa conversación a la tumba junto con otras cosas que consideró que el mundo no necesitaba saber.
Lo que sí se supo fue lo que pasó después.
Don Segismundo Aldecoa abandonó la hacienda de Tlanepaquila en los primeros días de marzo de 1908. Salió de noche, con su baúl de madera oscura y su sirviente mudo, en dirección al camino que baja hacia la costa, y nadie lo volvió a ver en la sierra.
El padre Eusebio quiso atribuirse el mérito, pero nadie le hizo caso.
Luciana tardó algunas semanas en volver a ser completamente ella misma, como se tarda en recuperar el equilibrio después de haber estado mucho tiempo mirando un abismo. Tenía sueños todavía, pero se fueron volviendo sueños normales, grises y desordenados y olvidables, sin ciudades con nombres de campanas y sin colmillos apenas perceptibles y sin ese azul morado de los crepúsculos que en sueños siempre significa peligro.
Se casó tres años después con un maestro rural de Atzompa que leía a Tolstoi y que tenía las manos grandes y cálidas y una sombra perfectamente normal que lo seguía a todas partes, bien apegada a sus talones, fiel como un perro bueno.
La hacienda de Tlanepaquila quedó vacía otra vez. El naranjo del patio siguió creciendo torcido hacia el norte.
Y la niebla volvió a oler solo a tierra mojada y a ocote.
Solo a tierra mojada y a ocote.
Aunque los más viejos del pueblo —los que recuerdan lo que los más viejos del pueblo siempre recuerdan— dicen que en ciertas noches de diciembre, cuando el frío baja con fuerza del Pico de Orizaba y la niebla es tan densa que no se ve la mano a medio metro del rostro, se puede sentir en el aire algo que no es exactamente frío ni exactamente olor ni exactamente sonido, sino las tres cosas juntas mezcladas de una manera que no tiene nombre en español.
En náhuatl sí tiene nombre.
Pero ninguno de los que lo saben lo dice, en voz alta, de noche…
Febrero de 2026
#RodolfoCalderonVivar

