
Ha tenido que ocurrir un portento de proporciones cósmicas en el césped de Zapopan para que, por primera vez en lo que va del siglo, los mexicanos hayamos dejado de sopesar el calibre de nuestras mutuas ofensas ideológicas. El culpable de esta tregua involuntaria no ha sido un sesudo tratado de concordia civil, sino un muchacho de nombre Luis Romo, quien al minuto cincuenta del partido contra Corea del Sur, aprovechó que el guardameta asiático padecía un repentino ataque de laxitud en las manos para empujar el balón a las redes. Aquel gol, desprovisto de toda estética pero bendecido por la fortuna, obró el milagro: en lugar de exigir la cabeza del director técnico o la renuncia del gabinete en pleno, ochenta millones de almas unieron sus gargantas en un grito que, por cinco minutos, no tuvo tintes partidistas.
La geografía del júbilo nacional demostró que el balón posee virtudes anestésicas superiores a las de cualquier discurso oficial. En las cantinas de la capital, caballeros de impecable derecha corporativa y militantes de la más pura izquierda comunitaria, que hasta el día anterior se habrían negado mutuamente el salero por considerarlo un acto de sabotaje político, se fundieron en abrazos calurosos tan estrechos que amenazaban con fracturar costillas. El milagro de la clasificación matemática a los dieciseisavos de final suspendió temporalmente el juicio crítico de una nación que, en condiciones normales, habría calificado el desempeño de la escuadra nacional como un atentado flagrante contra la dignidad patria, dado el raquítico número de llegadas al arco rival.
La prensa, siempre tan dispuesta a encontrar el hilo negro de la discordia, se vio en la penosa necesidad de reportar el orden público. Los analistas políticos más sesudos, que ya tenían preparados sendos editoriales sobre cómo el fútbol es el opio que el régimen actual utiliza para adormecer el descontento de las masas por el precio del aguacate, tuvieron que archivar sus cuartillas ante la terca realidad de un Paseo de la Reforma inundado de banderas. Resulta profundamente cómico observar a un pueblo que no se pone de acuerdo ni en la receta original del pozole, marchar al unísono detrás de un contingente de compatriotas disfrazados de axolotes y de sacerdotes aztecas, unidos por la fe inquebrantable en que este año sí llegaremos al quinto partido.
Los efectos de la victoria sobre los coreanos se extendieron incluso a los hogares, tradicionales campos de batalla de la transición democrática familiar. En la cena posterior al encuentro, el tío que jura que el país se encamina hacia el abismo bolivariano y el sobrino que defiende fervorosamente la soberanía de los recursos estratégicos, compartieron el guacamole en una atmósfera de tensa pero pacífica convivencia. La conversación, que amenazaba con descarrilarse hacia el asunto de las reformas judiciales, fue hábilmente reconducida hacia el análisis del error táctico de Lee Kang-in en la primera mitad, demostrando que la geopolítica del balompié es el único terreno donde los mexicanos aceptamos el arbitraje extranjero sin acusar a la FIFA de formar parte de una conspiración internacional.
Por supuesto, las mentes más preclaras del país ya andan buscando la forma de capitalizar el triunfo de la Selección en beneficio de sus respectivas causas. Algunos sugieren que el gol de Romo debería ser incorporado a los libros de texto gratuitos como un ejemplo de la tenacidad del pueblo frente a las potencias tecnológicas de Oriente; otros, desde la trinchera opuesta, sostienen que la falta de contundencia del Tri es el vivo reflejo de la ineficacia institucional que impera en el territorio nacional. Es reconfortante saber que, a pesar de la alegría desbordada, el deporte nacional por excelencia —que no es el fútbol, sino la sospecha mutua— sigue gozando de cabal salud en las redes sociales.
La tregua, sin embargo, tiene fecha de caducidad y está marcada en el calendario para el próximo veinticuatro de junio, cuando la escuadra nacional deba medirse ante la República Checa en el coloso de Santa Úrsula. Si la fortuna nos vuelve a sonreír y clasificamos en primer lugar del grupo, es muy probable que el Congreso apruebe por unanimidad el presupuesto del año entrante sin necesidad de debate, simplemente porque los diputados estarán demasiado ocupados buscando boletos para la siguiente ronda. Si, por el contrario, los checos nos devuelven a nuestra cruda realidad de campeones de la esperanza, la patria retomará sus ropajes habituales y volveremos a discutir con el entusiasmo de siempre sobre quién tiene la culpa de que el destino nos haya puesto en este rincón del mundo donde Trump masca su chicle, si los narco políticos de Morena o los vende patrias del PRIAN.
Mientras tanto, disfrutemos de este breve intermedio donde la única división real entre los mexicanos es si el mezcal se toma con limón o con naranja. Celebremos que, por obra y gracia de un portero coreano distraído y un rebote providencial, podemos caminar por la calle sin necesidad de mirar el color de la camiseta del vecino para saber si debemos saludarlo o ignorarlo. Al final del día, el fútbol en México cumple con su más noble función social: demostrarnos que estamos profundamente divididos en casi todo, excepto en la maravillosa y ridícula certeza de que once hombres en pantalones cortos pueden salvarnos de nosotros mismos.
