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Por un cofre de oro


Cuento de  Edgar Pucheta

Egresado de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Don Diego Álvarez Núñez siempre llegó en segundo lugar a todo, fue el segundo de dos hermanos, era el segundo hombre más rico de España en 1486, y cuando su fortuna se acabó por ser el segundo en notar que lo estaban estafando –el primero en notarlo fue el que lo estafó-, fue el segundo hombre más pobre, ya que por orden alfabético, don Alberto Alba del Castillo, carpintero de oficio, le ganó el título de pobretón.

Y fue justo Don Alberto, quien al borde de la quiebra, le ofreció a don Diego compartir el hambre y las carencias de no tener oro suficiente para mantenerse.

Junto con el hijo de don Alberto, don Diego se convirtió en un excelente aprendiz de carpintero, y de nueva cuenta, fue el segundo aprendiz, ya que el hijo de su patrón le ganaba el puesto por lazos familiares.

Era el año de 1490 y fuertemente se rumoraba que un marino genovés, que decía poder encontrar una nueva ruta hacia las Indias, iba a ser auspiciado en su empresa por los reyes católicos. Don Diego al oír comentar esto –puesto que fue el segundo en enterarse- vislumbró en esta empresa un posible renacimiento de su gloria segundona, ahora con dinero de nuevo. Pero estaba tan absorto en sus pensamientos que justo cuando expondría su plan a su patrón, el primer aprendiz, es decir el hijo de don Alberto, se le adelantó y entonces fue el segundo en promover la idea, la cual definitivamente no se le ocurrió primero a él ya que joven Alberto le había ganado en la propuesta a su padre.

-Así que una ruta a las Indias sin rodear África es lo que propone este genovés- dijo don Alberto.

-Cierto es don Alberto, y con tres carabelas que los reyes le mandarán construir- concluyó el hombre con el que conversaba.

-¿Pero acaso no los reyes de Portugal ya le habían rechazado esa propuesta años atrás?

-Así es, pero este genovés ha sido tan insistente que ha planeado con tiempo como conseguir lo que quiere y les ha prometido a los reyes finas joyas, animales, esclavos y no se que más mentiras, si la Corona le sirve de mecenas en su viaje loco, en fin hasta la vista don Alberto- terminada la frase del extraño don Diego pensó que la idea no era tan loca y justo cuando pensaba comentarlo…

-Padre –dijo el joven Alberto- nosotros podríamos adelantarnos y con ello seríamos ricos de nuevo y no tendríamos que compartir nada a la Corona.

-¿Pero acaso estás loco hijo mío?

-No don Alberto -secundó (como siempre en segundo lugar), don Diego- considérelo, oro y gloria de nuevo.

 

Don Alberto lo pensó mucho, tanto que sus dudas no se disiparon sino hasta el 3 de agosto de 1492, cuando vio partir las tres carabelas del aventurero Cristóbal Colón, entonces si consideró posible organizar su propia expedición.

Fue el joven Alberto el que pidió audiencia con los reyes portugueses, a don Diego se le había ocurrido, pero Alberto ya estaba pidiendo la entrevista con la realeza, antes que él pudiera exponer su plan. Debido a los problemas que podía acarrear que la Corona Española se enterase de la suma traición de Don Alberto Alba del Castillo y sus aprendices, y ante el peligro de un conflicto real entre los reinos de Portugal y España, el asunto se llevó acabo sin testigos y sólo cinco personas supieron de la alocada empresa.

Pero de nuevo la suerte de don Diego remitió a todos a ser los segundos, ya que mientras don Alberto terminaba la embarcación, que construyó con dinero portugués, llegó la noticia. Era enero de 1493 y probablemente don Alberto y su corta tripulación (que aún no se hacía a la mar), fueron los segundos en enterarse que el 12 de octubre de 1492, según apuntaba la bitácora de navegación, Colón había tocado tierra.

No obstante, esto les mejoró el panorama ya que los reyes portugueses se vieron más interesados en el proyecto. Mucho se habló en los siguientes meses de las maravillas de las Indias, y el cartógrafo Bartolomé Colón, hermano de Cristóbal, el navegante, llegó a pensar que no era una ruta hacia las Indias lo que Cristóbal había descubierto. Pero fue otro cartógrafo, Américo Vespucio, quien más tarde dibujó el mapa de lo que sería el nuevo continente. Se sabía que a los “indios”, se les podía cambiar espejos por oro y don Diego, acarició la idea de hacer lo propio y convertirse en el cambiador de espejos por oro más grande de Europa.

Un 2 de febrero de 1493, zarpó la embarcación con don Alberto y su hijo, acompañados de una flota de experimentados marinos portugueses. La nao en la que viajaban, había sido construida por el carpintero hábilmente. En el primer viaje de los portugueses don Diego no viajó.

La primera expedición fue exitosa, la familia de don Alberto se fue a vivir a Portugal y don Diego con ellos. En cuanto a don Diego le tocó su parte del oro obtenido por el éxito del viaje, decidió embarcarse en segundo. La primera expedición sólo consiguió establecer una ruta distinta a la de Colón, pero la segunda estaba destinada a descubrir y conquistar nuevas tierras para Portugal.

La segunda expedición –con unos años de retraso- , a cargo de don Pedro Álvares Cabral (si con “s” por que era portugués), llevaba a don Diego como segundo ayudante del segundo alférez, y su labor era llevarle la bandera al segundo alférez, para que se la llevara al alférez titular y a su vez, éste la izara. Para el año de 1500, la expedición de Álvares Cabral tocó tierra en lo que hoy lleva el nombre de Bahía y en la segunda semana de su llegada, un grupo de hombres, el segundo grupo en descender de la nao, se perdió en medio de la selva.

En ese grupo iba don Diego, quien protegiendo el oro que la tripulación había saqueado en islas menores antes de llegar a Bahía (y sin saber la procedencia del mismo), se internó en la selva espesa, tres semanas después de su desaparición, una tropa lo encontró y lo fusiló. La causa fue la más simple y absurda, por primera vez, don Diego fue el primero en algo.

Contó al ser encontrado, cómo en la selva, nativos arahuacos, tupíes, tapuyas y caribes fueron matando uno a uno a los que junto con él se perdieron, pero a él lo dejaron vivo con la finalidad tal vez de aprender el idioma y usarlo de intérprete. Durante ese tiempo, en medio de una tribu de caribes, don Diego protegió el cofre del oro, pero no resistió la tentación, y apenas aprendió unas palabras de la lengua nativa, hizo lo suyo, les ofreció cambiar espejos por oro. Milagrosamente para el inseguro don Diego, el trueque se hizo sin la menor resistencia y antes de que su suerte pudiera cambiar, el español se hizo a la fuga con el cofre ahora completamente lleno. Cuando lo encontraron contó esta historia. Tras abrir el cofre y comunicarle a don Pedro Álvares Cabral lo sucedido, los soldados portugueses siguieron la orden de su capitán de expedición y fusilaron en medio de la selva al infortunado don Diego, no sin antes fusilar a un nativo que habían apresado, para probar que los mosquetes funcionaran bien, de este modo, don Diego fue el segundo hombre en ser fusilado en tierras brasileñas, pero fue el primero, si, el primero, que cambió a los nativos, todo el oro del cofre, por espejos de obsidiana.

 

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