Cuento: Episodio en Chichiquila


Para Estefanía...
Por Rodolfo Calderón Vivar, egresado de la facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Creo que el tiempo tiene su precio y se cobra con el olvido, ahora que estoy aquí hurgando cada rincón de la casa vieja del patio de vecindad donde nacimos. Miro ahora el viejo ropero de la casa en su negra dimensión de caoba. Al fondo, la cama –donde hasta hace unos días persistía la imagen de mi abuelo- es un objeto asociado a sentimientos que revolotean en desordenadas instancias internas que me preocupan a medida que recreo imágenes de seres que ya no existen. De mi abuelo no hallo más que sombras hundidas en el recuerdo. En la pared, inánimes, los retratos de Angel, Altagracia y Manuelita son tímidas evocaciones de un pasado que se va perdiendo sin remedio. La vieja casa persiste en trasminar su dominante influencia sobre nosotros, los hijos de los hijos.

Evoco, como en la bruma de un sueño, la imagen de mi madre abuela y su voz retumba, aquí dentro en mi cabeza, sonora pero en realidad silente, efímera, entremezclada con mi propia voz callada, esa que narra los acontecimientos que sólo tienen vida en mi pensamiento. Cuán largo e incontenible es el avance de las horas y días que se acumulan en las espaldas de los que vivimos, que construye y reconstruye instantes en varias formas. No sé si parte de la historia que me regresa aquí, entre ceja y ceja, tuvo una referencia real o fue cambiada en su relación de hechos con otras historias semi reales o ficticias que se le adhirieron paulatinamente al paso de los años.

Revolución, esa palabra excesivamente acumulada en el mar de lo cotidiano, en los ejes de las mentiras sociales, en las promesas de resolución de desamparos, es el marco permanente de una angustia estrujadora de corazones muertos y que se trasmite por mis venas, todavía, para que los que ya no son sigan siendo.
Y veo al niño. Lo veo, a través del espejo del ropero, en cuclillas, atento, todo el tiempo necesario mientras la abuela narra la historia: aquel episodio siniestro de Chichiquila, en los días de luz y sombra que se llevaron los vientos de la sierra rumbo a lugares de donde no regresarán.

– Pobre de mi padre, se fue para morir de pena en San Andrés Chalchicomula – dice la mujer. El niño la escucha, quieto.

Y ahora soy yo, quien, convertido en la mujer de rostro blanco y anguloso y cabello cenizo, no emito palabra alguna. Solo pienso.

No sé si esto sea Chichiquila.

Huelen los eucaliptos que mecen sus hojas largas sobre el camino de entrada del pueblo. Los aromas se mezclan con otros que emanan de entre las tejas y las ventanas por donde se fuga el humo de los anafres y fogones. La tierra también expele una fragancia húmeda en el brote del viejo manantial de la ermita, junto al cementerio.

Una sola calle se extiende desde el camino real, que viene de los montes y las laderas conocidos como Las Derrumbadas, hasta encontrarse en su final con el claro del atrio de una iglesia blanca, en cuyo portón, el cura, de cobriza tez, observa a Constancio Gracián, vestido de caqui, que va entrando al pueblo, montado en su yegua retinta.

“Aquí los Gracián apestan”, piensa el sacerdote, acumulando en sus entrañas esa hiel inexplicable que inunda de amargura el corazón de muchos hombres y mujeres por la presencia de otros que no les cuadran.
Desde una de las casas, frente al parque, Félix Xochihua también ve a Constancio, mocetón de veinte años, hermano de Ángel Gracián. Pudiera jurar que todos en el pueblo observan al visitante con la misma carga de odio y desprecio que retumba en sus adentros y se cuela como un viento malo por los resquicios de sus casas.

-¿Qué pasó, Constancio? ¿Cuándo te animas a echarte unas copitas con nosotros?- le grita Félix, treintañero cuyos ojos verdes contrastan con el prieto matiz de su rostro de indio arribeño. El filo de la mañana es cortado por el tajo del sol que va subiendo en la serranía, lanzando sombras de árboles sobre el parque de Chichiquila.

-Pues, el día que quieras, Félix. Yo no me niego. Lo que pasa es que, a veces, no tengo tiempo.
El cura los mira. Hacia el oeste se divisa el Pico de Orizaba, lejano y ajeno gigante de piedra, nieve y arboledas que rasga el cielo azul y sus altísimas nubes.

En la piquera, otro de los Xochihua, Marcos, ya bebe el pulque que reboza sus labios, perlando la escasa piocha de su barbilla morena. El cantinero, un viejo arrugado y taimado, no mira a los clientes de frente; agacha la cabeza y sólo alza la vista cuando se asegura que no topará con la mirada de otro.

No sé si esto sea Chichiquila, pero debe serlo. Si Constancio camina por sus calles es que viene a visitar a Ángel, su hermano, que hace un año vive en esta población hundida entre los montes del estado de Puebla. La única botica del pueblo es la de Ángel su casa, al fondo de un ralo caserío, destaca por ser la más grande, teniendo por frente un portal con piso de madera. Si, ahí está la casa. Aquí es Chichiquila.
Brindar con la mano en alto, alzando la jarra de pulque como virtual emblema de empeñosa alegría, es un rito de hombres que tienen que imponerse a sí mismo su condición de señores. Un manotazo sobre la mesa, frente a Constancio que aceptó la invitación de los Xochihua para echarse unos tragos de pulque, y el juego de la muerte se abre en un abanico de inesperados vaivenes.

-¡Con una chingada, ya le dije a Angelito que aquí su ley no vale. Las tierras que compró siempre fueron paso de mis vacas y lo que hizo al poner la alambrada no es de hombres! – grita Félix Xochihua, alborotando con una mano los chinos de su cabello, sobre la frente. Cejijunto y de labios gruesos, deja que aflore una leve sonrisa bajo su gruesa nariz, tal vez para medir los tamaños de Constancio.

– No, Félix. Nomás ahí si no. Mi hermano no está solo y quiero que entiendas que somos gente de paz – contesta Constancio, en tanto, por primera vez en la mañana, el cantinero les mira los ojos a ambos.
– Como de que no, Constancio. Si ya le entró al jueguito de provocarme, ahora que le atore. ¿Qué soy su pendejo o qué? – y la voz de Felix suena pastosa, arrastrando la lengua, entreverado su odio con el ardiente ánimo de su embriaguez.

Constancio se incorpora y el otro Xochihua, Marcos, le lanza una patada que retumba, seca y pesada, en un lado del muslo del menor de los Gracián, que puja como respuesta inmediata.

-Órale, órale…No estoy en ese plan. Mira, si me invitaste para armar desmadre, mejor cortamos el asunto. Y dile a tu hermano que se calme. Está borracho – dice el hombre que vino de Saltillo Lafragua para ver a su hermano, emitiendo unas palabras secas, sin emoción, apretando las quijadas y reculando hacia la puerta sin dar la espalda a los rancheros. Al llegar al umbral de la cantina, gira rápidamente y apresura el paso. Marcos Xochihua lo sigue, mientras Félix se queda en la mesa para apurarse a beber su vaso de pulque.

Constancio corre rumbo al parque donde dejó su yegua amarrada a una banca. Su perseguidor ya lleva en la mano su machete. El pueblo está despierto. Algunas mujeres con rebozo miran la riña que se inicia entre los Gracián y los Xochihua. El cura no está ya en el portón de su templo, recorre el interior de la iglesia, arrodillándose en cada altar de santo, cumpliendo una rutina matinal de años acostumbrada.

Un tajo de machete, repleto de muerte, cae sobre un costado de la yegua retinta y el hombre vestido de caqui corre ahora hacia el quiosco.

-¡Párale, Marcos, no te quiero matar; estás borracho! – dice Constancio. Aprieta con su mano derecha el carcaz de su pistola. Lo desabrocha. El reducido quiosco, centro de Chichiquila, rodeado de breves jardines, es el paso de una persecución en círculos de los enemigos enfrentados.

Marcos Xochihua sigue detrás de Constancio que da vueltas a la construcción donde, algunos domingos, cantores borrachos se encaraman para lanzar sus destempladas voces a los aires. Constancio saca al fin la pistola. La cacha fria se pega a su mano pequeña y regordeta. Las vueltas de la incesante persecución terminaron.

El primer tiro se le clava en el hombro; un revuelo de pájaros se alza entre los árboles. Marcos cae hincado, suelta el machete gris que azota contra el suelo, con un sonido de metal que tintinea agudamente, una sola vez, despertando a las almas ausentes, ocultas como ánimas en pena en los resquicios del caserío. Constancio vuelve a apuntar y la bala rompe el corazón del enemigo, echando para atrás su cuerpo de indio, arqueado primero, tieso y extendido después. Félix, el otro hermano, llega entonces, maldice, grita, aúlla y se arrodilla para intentar tapar el boquete en el pecho de Marcos, por donde brota la sangre que se expande, incontenible, oscurecida.

Aquí la imagen se me pierde. Por un momento descubro que no son totalmente vivencias relacionadas conmigo. Que alguien narró lo que sucedió en la cantina, en el parque, afuera y después adentro de la botica de Chichiquila. Por eso no estoy segura si el sacerdote corrió hacia el sitio donde la muerte se sentó a contar los últimos latidos del hombre que moría. No sé si por esa razón Constancio pudo escapar, no sin antes darle un balazo en la cabeza a su yegua herida. O si Félix lo dejó ir, por unos momentos, mientras se le henchía el alma de un rencor profundo y desquiciador. Ni si el cantinero salió de su casucha para mirar de frente el panorama del día en que se enrojeció la tierra del parque.

Pero si veo a Constancio correr. Viene hacia la casa. De las otras casas salen hombres, mujeres y niños, con rostros que van de la expresión del desconcierto a la del espanto. En la puerta, Angel Gracián está esperando a su hermano. Había escuchado los balazos.

-Dame un caballo, Angel. Ya maté a uno de los Xochihua.

El helado roce del presagio toca el vientre de Angel. Apenas tenía una semana que, cuando colocaba una alambrada en sus tierras recién compradas, junto a la loma del Asadero, Félix y su otro hermano se apersonaron en el campo y le gritaron: “Oye, Gracián, a ver si como tienes huevos para poner la cerca, te van a faltar cuando yo la quite”

Ahora si puedo mirarme, mi cuerpo de niña se refleja en el vidrio del mostrador de madera que compró mi padre en Huatusco y que se trajeron, a lomo de mula, por la “Barranca de Los Pescados”, los arrieros de la hacienda de mi tío, Rosendo Alburquerque.

¿Tengo ocho o nueve años? En el piso, mi hermano pequeño, Heliodoro, gatea, jugando con el cabo de la reata gruesa que cuelga de uno de los toneles de semillas. Mi padre acompaña el tío Constancio hasta la parte de atrás de nuestra casa, donde está la huerta. Ensillan el caballo alazán que resopla y ya con el jinete, corre hacia las veredas de los robledales amarillentos que llevan hacia Guadalupe Victoria. Mi padre regresa. Me mira.

– Recoge al niño y vete para los cuartos – dice pero, aunque ya cargo a Heliodoro, no avanzo mas que hacia atrás del mostrador, donde me quedo quieta, porque ya veo a Felix subiendo al corredor, a punto de entrar a la tienda.

-¡Salgan, jijos de la chingada! Les voy a partir la madre, como se la partieron a mi hermano – grita el enfurecido enemigo, con sus chinos ensortijados en la frente y su mirada de ojos verdes y vidriosos.

Angel le contesta: “Vete, Félix, no me comprometas. Mira, aquí están mis niños. No me comprometas”.
Desesperado, mi padre llega hasta la puerta e intenta cerrarla y colocarle la tranca de madera, pero Félix entra con toda la fuerza de un odio recogido en la sangre de su hermano y que le taladra el alma. El primer machetazo es detenido por el trozo de madera que empuña Angel Gracián. Un empujón y los cuerpos se separan seis o siete pasos.

Estoy arrinconada; llena de miedo. Heliodoro me abraza y aunque, por un instante, cierro los ojos, percibo el chasquido del metal afilado que sesga el aire una y otra vez, tratando de hundirse en el cuerpo de mi padre. Félix blande su furia y Angel Gracián habla, intentando persuadirlo, pero el esfuerzo por defenderse agobia cada una de sus frases, hasta que solo le queda el silencio en los labios como única barrera ante la muerte.

Al abrir los ojos, veo en la puerta de atrás, a Silvina, mi hermana mayor, tapándose la boca al contemplar la lucha despiadada entre los hombres. Cada vez que el machete pega en la tranca, las astillas de madera saltan como opacos destellos.

-¡Mátalo, papá! ¡Mátalo! ¡Mátalo!- grita Silvina,  quién, con rapidez, va a la cocina , y en la rebatiña trae el rifle que Angel Gracián tiene siempre preparado para defender la casa. Ahora ella domina la balanza de los miedos y cuando Félix atora, en un golpe mal dado, su machete en el refilo del mostrador de madera, Silvina le da el rifle a su padre, que bota la tranca rápidamente.

Y nuestro enemigo destraba su machete y lo levanta en vilo. El dedo de Angel se aprieta en el gatillo y el disparo truena hacia todos los rincones de la casa; una nube de humo y pólvora cubre a los cuerpos en pugna.

Dejo de ser yo.
Dejo de ser ella.

Vuelvo a estar en la vieja habitación. Estoy atrás del espejo y la mirada de mi abuela parece descubrirme desde el otro lado. Parece que está viéndome, intuyendo que me he apoderado de sus pensamientos. Pero no,  tan solo se apoya visualmente en la luna del espejo del ropero para recordar la escena mortal que no se le borró de la mente en sus setenta años de existencia. Ahí estaba el humo siempre, el padre con el rifle en la mano, Silvina arrodillada y la escena repetida varias veces entre las horas y los minutos y los segundos que mi abuela se cuestionó las causas ominosas de su desesperante existencia de mujer pobre.

Ahí estaba Félix Xochihua nuevamente, al disiparse la niebla provocada por el fogonazo, extendido sobre el suelo, con la frente partida y humeantes los bordes de una herida abierta; empapados los rizos de sus cabellos con una mezcolanza roja y amarillenta que se encharcaba diluyendo el odio que lo llevó a la muerte.

Por esa herida profunda se le fueron desde niña, las esperanzas a la madre abuela; por esa grieta se derrumbaron las fortalezas familiares de los Gracián Alburquerque hacia el abismo de las carencias y las soledades. Ahí empezó el tiempo de la huída y la ruptura. Su casa en Chichiquila ardió toda la noche, ya sin sus moradores, como un insano desquite de los habitantes del pueblo, azuzados por el sacerdote que sabía, desde el principio, que los Gracián estaban de más en ese pueblo.

Yo estoy en la habitación frente al ropero, pero éste tiene roto el espejo. Solo una parte de mi cuerpo se ve reflejado en él. No hay nada más en su luna, rodeada del marco de madera cubierto por una delgada pátina verdosa, señal inequívoca de su envejecida existencia. También el olor de humedad rancia es otra señal. Son las ocho de la mañana.

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