El fin no justifica los medios

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Por Jorge Alberto González, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana (desde el puerto de Veracruz)

Enfrentar los pendientes en materia cultural para el estado de Veracruz no debería comenzar con despidos de empleados en los espacios culturales.

A un año dos meses al frente del Instituto Veracruzano de Cultura (IVEC), Alejandro Mariano Pérez, director del instituto ha comenzado a tomar decisiones apresuradas y desesperadas en busca de una verdadera política cultural.

La autoridad del funcionario no está en entredicho ni su derecho de remover a sus subordinados, tendrá sus razones; un problema que al final quedará en manos de los departamentos administrativo y jurídico.

  

Es claro que la política cultural no depende de que se quede o se vaya un empleado, como el caso de Ivonne Moreno Uscanga, quien dejó la dirección del Centro Cultural Casa Principal por diferencias irreconciliables con el director, y su futuro laboral dentro del instituto fue turnado al departamento de administración para su reinstalación o liquidación.

Lo paradójico aquí es que cuando Mariano Pérez tomó posesión como director IVEC el 19 de febrero del año 2012, se refería así en una Sala Oriente repleta de empleados del instituto:

“El IVEC, su gran capital no está en lo económico sino en lo humano; vamos a exigir mayores posibilidades para un gran programa”.

Ese gran programa parece que aún no llega, pues si bien las actividades del instituto se han incrementado en comparación con la administración pasada, no se debe confundir la actividad cultural con la política cultural. Una es acción y la otra es visión.

El problema no está en cuántos eventos puedan programarse: cortes de listones, conciertos y talleres; es saber ¿Cuáles son los objetivos de esas actividades? ¿Cuál el beneficio? y ¿Cuáles los alcances?

Administraciones van y vienen y lo que pasa en materia cultural para el estado de Veracruz son simplemente calendarios de actividades que se quedan al margen de una política cultural, lejos de la Ley de Cultura y de los fundamentos del IVEC.

Como un ejercicio sencillo para comprender la llamada política cultural en nuestro estado, los ciudadanos deberíamos cuestionarnos lo siguiente.

A un año dos meses al frente del Instituto Veracruzano de Cultura (IVEC), Alejandro Mariano Pérez, director del instituto ha comenzado a tomar decisiones apresuradas y desesperadas en busca de una verdadera política cultural.

A un año dos meses al frente del Instituto Veracruzano de Cultura (IVEC), Alejandro Mariano Pérez, director del instituto ha comenzado a tomar decisiones apresuradas y desesperadas en busca de una verdadera política cultural.

A un año dos meses al frente del Instituto Veracruzano de Cultura (IVEC), Alejandro Mariano Pérez, director del instituto ha comenzado a tomar decisiones apresuradas y desesperadas en busca de una verdadera política cultural.

¿Sabemos hacia dónde vamos con los esfuerzos del instituto?¿Vemos cambios en el rumbo de la cultura en nuestro estado? ¿Hemos sido un estado que se reconoce por su quehacer cultural?

Si al analizar esta administración usted logra responder algunas de estas preguntas, tendrá un panorama rápido de cómo nos encontramos en materia cultural en la entidad.

En esa toma de posesión Mariano Pérez también se comprometió a revisar la Ley de Cultura, en la que dijo se ubican los parámetros de una política cultural.

Hasta entonces el funcionario no ha dicho nada al respecto, si está bien la ley, si la revisó; qué encontró y qué pretende aplicar o quizá modificar a través de los diputados locales.

Sabemos de la preocupación del titular del IVEC por cambiar la situación de la cultura en la entidad, pero la guillotina parece ser una decisión extrema.

El funcionario debía estar más preocupado por optimizar el recurso, que de por sí es escaso, en vez de gastarlo en indemnizaciones laborales y casos jurídicos.

El instituto ejerce para este año 93 millones de pesos, más 32 que provienen de aportaciones federales, según reveló el propio titular el 14 de diciembre del año pasado.

La parálisis dentro de IVEC no es culpa de una administración. Han desfilado por la dirección del instituto directores negligentes, apáticos o desinteresados; que no son ni políticos, ni administradores, ni líderes y muchos menos gestores culturales.

Los pendientes son muchos y van desde la falta de un programa de mantenimiento de fachadas e interiores de los espacios culturales; hasta los verdaderos programas de rescate de la cultura popular en la entidad.

Para esto es necesario un recurso etiquetado y disponible para cada rubro, la falta de financiamiento y la burocracia conllevan al abandono de espacios y galerías despintadas, pero también a prácticas culturales identitarias en el abandono.

Es plausible el interés recurrente de Alejandro Marino Pérez por la innovación y modernización de la infraestructura cultural para captar y cautivar a nuevos públicos, diríamos que es hasta necesario y urgente.

Sin embargo, para realizar estos sueños no sólo se necesita dinero, también recurso humano y proyectos específicos que hasta entonces no han visto de parte del instituto.

Los programas de formación y educación de nuevos públicos implican tiempo y esfuerzos, transcurre en un antes y después y no siempre se reflejan en logros palpables a corto plazo, no es un resultado presumiblemente inmediato.

El discurso del titular del IVEC lo identifica como un funcionario que pretende modernas acciones en favor de la cultura, pero no ha podido concretarlas y hasta entonces se ha quedado en eso: en el discurso.

Si los esfuerzos fueran en serio, por ejemplo, en el tema de formación de receptores, el instituto tendría que tener ya un estudio sobre la estratificación y jerarquización de los diversos públicos en los que está conformada la entidad veracruzana.

Para poder formar y captar públicos en una sociedad tan heterogénea y global en sus formas de pensar, actuar y comunicarse, la identificación de públicos permitiría implementar acciones más certeras y menos improvisadas.

Por ejemplo, en la entidad seguramente existen Públicos Especializados: los conocedores o eruditos que generalmente son la minoría.

Están los Públicos Recurrentes: que es un capital importante y que han logrado un cierto hábito ya en la relación con una u otra disciplina artística.

En esta categorización se ubican también los Públicos Ocasionales: que acuden a actividades de vez en cuando pero sin terminar de convencerse.

Y finalmente los No Públicos: la gran mayoría que nunca ha ido al teatro, a un museo o que no se relaciona con ninguna disciplina artística, y que es el público al que debe estar encaminado mayormente el IVEC.

Si el instituto tuviera un panorama claro sobre las audiencias tendría mayor certeza de qué tipo de actividades ofrecer y para qué público, tendría las repuestas de cómo hacerlas llegar a la ciudadanía.

Esta información no solo sería útil para avanzar en materia de política cultural, también justificaría de manera ética y profesional la permanencia o la separación del cargo si el empleado no corresponde o no coopera con el plan idóneo a ejecutar.

Fuera de esto, lo demás se reduce a decisiones particulares motivadas quizá por la emoción y no por la razón.

Está más que claro que el diálogo conviene más al Estado que el gasto en indemnización, y para el funcionario público en este caso es más honrosa la “decapitación” que la mesura.

Estas actitudes revelan la diferencia entre ser un empresario de la cultura y un verdadero gestor cultural. El interés individual por encima del colectivo.

Nadie es indispensable en un trabajo y menos en los cargos públicos que son cíclicos, pero los logros y éxitos culturales son tan escasos en este país que se deberían reconsiderar aquellos que son y han sido útiles para el bien común y no para alguien en particular.

Seguros estamos de que nadie dejará de ir a las actividades de Casa Principal porque Ivonne Moreno se va, pero también estamos seguros que nadie negará que fue en su gestión cuando este espacio cultural resplandeció con luz propia.

Un centro cultural que se convirtió en referente de la plástica local y estatal. Fue punto de reflexión de las manifestaciones creativas clásicas y emergentes dentro del arte. Se caracterizó como un espacio con público garantizado y fiel a la convocatoria, pero sobre todo, fue la casa de los creadores porteños ávidos de ser escuchados, atendidos y promocionados. Logro que muy pocos espacios han conseguido.

(Publicado  3/04/2013, en Imagen de Veracruz)

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