*Juárez, reo y presidente en la fortaleza
* Carranza ordenó la supresión del presidio
-IV y última-
Por Irene Arceo

La Nueva España estaba sujeta a un régimen monárquico rígido y austero para evitar todo pensamiento o actividad que pudiese soliviantar los ánimos en cualquier sentido. De ahí la brutal represión contra la delincuencia y los reos políticos que con facilidad eran llevados hasta la última pena, o bien enviados a trabajos forzados en los alejados presidios de los cuales el de la isleta de San Juan de Ulúa, acaso era el más temido, por sus Tinajas, lo duro del clima costero, los peligros del cólera y el vómito, los ataques de piratería y por el trato inhumano aplicado a los reos.
No ha sido posible precisar la fecha en que se inició la costumbre de confinar presos en la fortaleza de San Juan de Ulúa, pero es un hecho que a fines del siglo XVII ya se encontraban ahí presidiarios aprovechados en los trabajos de construcción. En 1755 se publicaron las disposiciones a que habían de sujetarse los presidiarios de la Isla o arrecife de la Gallega contenidas en el
“Establecimiento en que deben quedar y subsistir en adelante los forzados de Veracruz”. Entre los forzados (negros traídos de África y réprobos de la Nueva España) había: asesinos, bandidos, asaltantes de caminos, violadores, rijosos, abigeos, desafectos al régimen y reos políticos.
De entre ellos y por obra de sus habilidades manuales, trabajaban como albañiles, carpinteros, herreros o simplemente picapedreros, asegurados en sus tobillos por grilletes de hierro y en ocasiones, encadenados al piso con balas de cañón, costumbres proscritas en 1829, aunque de hecho, se continuaron aplicando.
Según versiones, las celdas de Ulúa eran terroríficas: en cada una de ellas se confinaba hasta a mil hombres y ahí, en ese espacio oscuro, húmedo y caliente a la vez, hacían sus necesidades fisiológicas, comían y dormían. Había también (y aún puede apreciarse con tristeza y horror) unas celdas de castigo, donde cabían alrededor de siete hombres encerrados en la más completa obscuridad y sin poder estar de pie, sino sentados o en cuclillas. El castigo corporal era usual para disciplinar a los reos y en muchas ocasiones se abusaba de ésta práctica.
Bajo estas circunstancias estuvieron los sacerdotes miembros de la Compañía de Jesús, al decretar Carlos III su extinción en todos sus dominios en el año 1767. Así fue que, entre los prisioneros estaba el gran historiador Veracruzano Francisco Javier Clavijero.
El ex virrey José Iturrigaray llegó a Ulúa en 1808 en calidad de preso, por sospecha de intentar la autonomía de la Nueva España en complicidad con el munícipe xalapeño Diego Leño. Don José Mariano Abasolo, mariscal insurgente, acompañante de Miguel Hidalgo cayó prisionero en Ulúa. Fray Melchor de Talamantes y fray miguel Zugasti de ideas independistas fueron internados en Ulúa en 1808, falleciendo de vómito en sus mazmorras. Don Carlos María de Bustamante, escritor y periodista Oaxaqueño que en 1812 se adhirió a los Insurgentes, fue preso en Ulúa.
En 1808, indígenas de Misantla fueron aprehendidos y trasladados al presidio de Ulúa tras sangriento zafarrancho por cuestiones de tierras. El 29 de Junio de 1812 fueron ejecutados en Ulúa seis jóvenes por conspirar en favor de la Independencia de México: Ignacio Murillo, Bartolomé Flores, José Ignacio Arizmendi, José Prudencio Silva, Cayetano Pérez y Evaristo Molina.
En 1814 fue enviado al presidio de Ulúa el brillante periodista Yucateco José María Quintana- Padre de Quintana Roo-, también estuvo preso don Lorenzo de Zavala, quien más tarde sería vicepresidente de la república de Texas.
Numerosos partidarios de la insurgencia fueron sometidos al duro cautiverio de Ulúa como don Vicente Acuña, el licenciado Julián de Castillejos o los soldados que acompañaban a Francisco Javier Mina, derrotado en Soto la Marina en el año de 1817. El bachiller Joaquín Urquizo, cura de Acayucan, conoció los horrores de Las Tinajas por haberse expresado mal de Fernando II; el general Francés D´almiver, emisario de Napoleón, que se ostentaba en Texas como teniente general del Ejército Mexicano, sin serlo; personajes de la aristocracia criolla como José Mariano de Sardanet, marqués de San Juan de Rayas, amigo cercano de Iturbide, también pisaron esas celdas.
Al caer el Emperador Agustín de Iturbide en 1823, detenido en Ulúa, Aguardó ahí el navío que le conduciría al destierro en Europa. Que ironía, el propio libertador de Ulúa, el general Miguel Barragán, también padeció como reo de la fortaleza por un tiempo.
Y entre los muchísimos y distinguidos mexicanos que sufrieron cautiverio en el fuerte, victimas de sus convicciones, no faltó la figura cimera de Benito Juárez, preso en Ixtlán , Oaxaca el 25 de mayo de 1853 y llevado a Ulúa por la implacable dictadura Santanista que perseguía a los desafectos a su régimen.
Más tarde a Santa Anna también le correspondió conocer como preso las mazmorras de Ulúa en las cuales fue encerrado el 30 de julio de 1867, bajo el régimen de don Benito Juárez.
En 1858 Juárez se instaló en la fortaleza, alojándose en la casa donde habían vivido los gobernadores del castillo. Juárez tuvo que adaptarse a las severas formas de vida del castillo, carente de comodidades y aún maloliente como desaseado cuartel y presidio que era. Dentro del castillo pasó la etapa más intensa y peligrosa a lo largo de los durísimos tres años que persistió la Guerra de Reforma.
No obstante que estadía del Presidente Juárez transformó en eventual Residencia presidencial lo que hasta antes de él sólo había sido fortaleza y presidio, el liberalismo nunca planteó la supresión del presidio. Tampoco realizó obras de importancia en la fortaleza, reparada y modificada, en realidad hasta el advenimiento de la dictadura porfirista.
Al rendirse en Querétaro el Archiduque Maximiliano de Austria, fue aprehendido el general severo del Castillo y tras dramáticos sucesos fue llevado a prisión perpetua a Ulúa donde gracias a la amnistía general concedida en 1870 sólo estuvo encerrado cuatro años.
En 1869 fue aprehendido el cabecilla rebelde José María Prieto, que asolaba la región sotaventina y fue fusilado en Ulúa.
Jesús Arriaga, el famoso bandido conocido como Chucho “el Roto” fue detenido en 1885 y enviado a la fortaleza. Todavía hoy, los guías de turistas muestran el lugar de la pequeña bartolina donde se dice estuvo recluido Chucho “el Roto”, quien según versiones, murió de una paliza propinada por un custodio o según otros, de fiebre amarilla debida a la cruel humedad de su calabozo.
En 1906 y debido a la huelga de Cananea, fueron conducidos al Castillo de Ulúa Manuel M. Dieguez, Esteban Vaca Calderón y Juan José Ríos.
Juan Rodríguez Clara -por quien se llama así una población del Estado de Veracruz- fue prisionero por haber lanzado denuestos contra el general Porfirio Díaz.
En enero de 1907 estalló el movimiento obrero de Río Blanco, reprimido por la dictadura porfirista. El líder José Neyra Gómez y muchos más, purgaron condena en Prisión
El afamado escritor de esa época, Federico Gamboa visitó la prisión de Ulúa y después reflejó la terrible vida en reclusión en su novela “ la Llaga”.
En 1912 el general Félix Díaz, sobrino del expresidente, fue apresado e internado en Ulúa por intentar levantarse en armas contra el régimen maderista. Un aspirante a la gubernatura de Veracruz, Gabriel Gavira, también vivió los horrores del presidio.
El general Victoriano Huerta también envió buen número de opositores a sufrir las torturas de Tinajas y mazmorras. Entre Ellos, dos connotados periodistas veracruzanos fueron apresados por apostrofar valientemente al usurpador: El ingeniero Francisco S. Arias, director de La Opinión y don Juan Malpica Silva, director de EL Dictamen, quien recuperó la libertad gracias a la intervención de su amigo, el poeta Salvador Díaz Mirón.
En 1915, don Venustiano Carranza, primer jefe del Ejército Constitucionalista, ordenó la supresión del presidio secularmente instalado en a fortaleza, destinándola a eventual Residencia Presidencial y a talleres de maestranza. A partir de esa fecha, San Juan de Ulúa, ha quedado enclavada frente a Veracruz con su permanencia amarga y sólida.
Ulúa merece ser rescatado por ser parte de nuestra identidad nacional, por tener ese espíritu tan definitivo, porque sus murallas de cal y canto y piedra múcara, sus baluartes, atarazanas, fosos, puentes levadizos, palizadas, torreones, aljibes, bóvedas y arquerías anidaron nuestra historia a veces pasional, a veces aventurera, a veces congruente con su destino.
El sobrio y elegante caballero alto, vigila a la ciudad de Tablas y desde el caracol podrido de sus escaleras interiores se ve crecer el puerto como una gran ala de albatros.
Desde los amplios terraplenes que se rematan con troneras, se asoma uno por los ojos de luz a las negras mazmorras y los dolientes calabozos, como ese, donde cuenta la leyenda, estuvo la Mulata de Córdoba prisionera y que un día le pidió a una guardia un carbón para dibujar una carabela en la pared. De pronto la bella mujer se subió a la nave y desapareció….
Eso es Ulúa, una fortificación medieval de severa dignidad que hoy está casi en ruinas por el paso del tiempo.
Desde Barlovento a Sotavento, el fuego cruzado del olvido llega a través de las arenas voladoras hasta el antiguo arrecife de la Gallega y ahí se ha quedado para ser el último habitante…Desde el Malecón, los veracruzanos lanzamos miradas furtivas, absortas, temerosas, reverentes a nuestro San Juan de Ulúa, símbolo innegable de la Verdadera Cruz.
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