Ensayo: Por amor a Ibis


Por Ignacio Oropeza López

Ignacio Oropeza López
Ignacio Oropeza López, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Mi amigo Ricardo Fierro me tomó del brazo y me dijo:

“Ven, vamos a ver a Ibis. Ella es hermosa, se diría una mezcla de Natalie Wood, la heroína de “Esplendor en la hierba” (Kazan,1961) y Ana Berta Lepe.

En efecto, Ibis era bella, al caminar parecía flotar, una princesa enfundada en su uniforme del colegio de la Vera Cruz.

Ricardo se había quedado corto en sus elogios, ella era, sin lugar a la menor duda, la creatura femenina más hermosa de toda la región.

Durante días la seguimos en autobús, sin atrevernos a hablarle siquiera. Ella nos miraba de soslayo, se reía.

Su familia habitaba en los suburbios de la ciudad, una casa grande, su padre era cañero, proveedor del ingeniero azucarero cercano. Ellos viajaban en una potente Cheyene del año.

Ibis era piadosa, de buena conducta. Los sábados por la tarde daba el catecismo, luego se iba la tertulia, tomaba sodas y malteadas, patinaba o jugaba al boliche. No fumaba. En domingos iba a la función de cine matutina, daba vueltas al parque y por las tardes hacía la costura y miraba la televisión, siempre lo mismo.

“Irá al baile del Casino Hispano Mexicano, me lo dijo mi prima, son compañeras de escuela”, expresó Jorge Garza, siempre bien informado, mientras encendía un cigarrillo Winston.

“Oye pero yo no tengo traje negro, mucho menos de gala, ya ves que son bien mamones”, argumenté.

“No te preocupes –dijo Garza- a ese baile puede entrar cualquier pelagatos, siempre que pague los 50 pesos. “

La noche del sábado, la orquesta de Carlos Tirado tocaba ya “El día que llegaron las lluvias”, las parejas bailaban y nosotros a la puerta del Casino.

“No puedes entrar- me dijo un gorilón de pelo corto. “No traes traje negro, sino gris oxford y no cumples el requisito, “no pasan los gris rata”, se burló y rió.

“No seas gacho, déjame pasar y te doy una corta”.

“No, no puedes, no pasas, además del traje gris eres negro, prieto, naco, este es un baile de blancos y además me caes gordo”, respondió el gorila.

Me fui al parque cercano a rumiar mi enojo. Fumaba cigarros Fiesta como loco, me daban ganas de regresar y golpear al gorila, pero me detuvo el recuerdo de sus manos rudas con cicatrices.

Al rato pasaba por ahí mi amiga Carmela, la hermana mayor de Ricardo a la cual le expuse mi problema.

“No te agites, ni sueñes, conozco a la niña, es bonita, sería digna mujer de un gran marqués solo un problema hay y te digo que esa se gasta en medias lo que ganas en una semana. Recuerda como te fue con Amada.”

Mi amigo Ricardo tampoco pudo ingresar al baile, pues no llevaba corbata de moño, sino una larga, roja y ancha, que parecía una gran lengua de vaca. Venía molesto, fumando su cigarro Record.

“Pinches culeros, gachupines. Les voy a manchar su baile, les voy a aguar su gran noche mexicana. Ya verán.” Seguimos rumiando nuestro coraje.

Jorge Garza, finalmente, ingresó al salón de baile, por influencia de su hermana, Marcela la terrible, que dijo a los gorilas de la puerta:

“Miren muchachos, por fortuna todavía hay clases sociales en este pinche país, y aunque todos somos del mismo barro no es lo mismo bacín que jarro”.

Los gorilas de la puerta, que eran fuertes pero lerdos, se sintieron muy impresionados por el discurso de Marcela, y con caravanas fingidas, la dejaron entrar, en medio de un barullo o rumor, una suerte de algarabía que acompañó su entrada.

Mientras tanto, Ricardo y yo tratábamos de mitigar nuestro enojo bebiendo a grandes tragos una botella de Don Pedro, resbalada con coca cola y aderezada con cacahuates enchilados del Mopri. Era más de la medianoche.

Esta borrachera, dijimos, es” por amor a Ibis”.

A las 3 AM sonó el reloj de la iglesia principal y la Orquesta de Carlos Tirado empezó a interpretar un popuritmo francés que incluyó “Las hojas muertas”, “La vida en rosa” y “Qué ha quedado de nuestro amor?”, que en México, en los bares de la zona rosa, popularizara Charles Trenet, antes de que la grabara el Chevalier.

La botella estaba ya vacía y nos disponíamos a dormir la mona en una banca del parque, cuando de boca de Garza que todo lo sabía, y lo que no lo inventaba, llegó la noticia:

“Ibis se ha ido del baile con el marica Zevallos, hijo del dueño de un hotel en puerto. El padre de ella está furioso, ya los busca con rifle en mano.”.

Intentamos a argumentar algo, pero nada salió de nuestros labios. Arrojamos la botella frente al monumento a Madero. Solamente, con voz amarga, dijo Ricardo que esa era una noche triste, y que todo esto pasaba sólo a tipos como nosotros, como sucede a veces en la vida. Nada nos devolverá el esplendor de aquellos días.

Brindamos, frente a otra copa de vino, por amor a Ibis.

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