Las guerras que perdimos


por Peniley Ramírez

Por Peniley Ramírez, egresada de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

La banda que más roban, el cártel que más roba es el Cártel de Los Pinos que encabeza Enrique Peña Nieto. La elección del lugar no era casual. Andrés Manuel López Obrador decía estas palabras ante un coro de pieles curtida por el sol y manos correosas por deshojar la hierba y rallar la amapola.

Hablaba en Cosalá, un caserío del Triángulo Dorado. Era el 23 de enero de 2016, dos semanas después de la última recaptura de Joaquín El Chapo Guzmán, un hombre que aún es allí más respetado que cualquier gobierno y que se escondió precisamente en ese lugar, después de su segunda fuga de un penal de máxima seguridad.

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Margarita Zavala se frotaba los dedos sin parar. Del otro lado del presidium, Luz María Dávila le reclamaba a su marido, entonces presidente de México, la muerte de sus hijos en Villas de Salvárcar, en Ciudad Juárez.

Bajaba la cabeza, la miraba de nuevo, movía los dedos sin decir nada. En otros eventos con víctimas, antes y después, Zavala, calcó el mismo gesto amargo. Abrazó a las víctimas con el mismo abrazo desinflado.

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Con una corbata rosa, José Antonio Meade contenía una mueca, en el sitio de su cara donde va la sonrisa. El líder de la Confederación de Trabajadores de México le llamaba el candidato de la esperanza.

La esperanza incluyó cambiar unos minutos después la corbata rosa por una roja, sumarse a las tradicionales arengas del Partido Revolucionario Institucional y aceptar un recorrido por el voto duro del PRI como sus primeras horas de precampaña en tiempos ilegales para hacer campaña.

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A muchos kilómetros de allí, meses antes, Ricardo Anaya se tomaba una selfie con sus hijos en Atlanta. Aceptó que se había llevado lejos a su familia para darles un futuro mejor.

Mejor, quizá, que el de los niños del Triángulo Dorado, en Tamaulipas, en Guerrero, en Veracruz, en Michoacán, que matan por mil pesos o decapitan cuando les descubren robando limones.

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Hace unos días, visité varios de los pueblos más intrincados del Triángulo. Conocí traficantes que usan huaraches, letrinas, y no saben que en su país no hay fiscales, ni una Ley que normalizará las agresiones de uniformados, con permiso oficial.

¿Cómo se ven las candidaturas desde allí?

Tres imágenes me marcaron: la de un sicario limpiando peces recién sacados de un río, con su AK-47 colgada en la espalda, la de una madre preparando merienda a su hijo de 17 años antes de que partiera a cosechar amapola, la de una pista desde donde se envía marihuana en avionetas a la frontera con Estados Unidos, construida frente a una tienda de Diconsa.

El México que vive en esos sitios; que llora su hambre, sus desaparecidos y sus muertos; que perdió la guerra de la muerte y del poder de los capos; que nunca se enteró de la guerra contra el narco, porque su ritual diario de trasiego jamás se inmutó; no supo ni sabrá de los destapes ni los hashtags de campaña.

Sus ojos miran más bajo, profundamente, en la realidad.

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