Las historias que contamos


por Peniley Ramírez

por Peniley Ramírez, egresada de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Un conserje que barre una escuela en Tabasco, para contar cómo funciona un complejo sistema de empresas fantasmas.

Una mujer que soñó que las calles se inundaban, para adentrarse en la lucha de un pueblo en Jalisco contra la imposición de una presa que desaparecería a la localidad.

Las botas de los policías avanzando sobre una calle al atardecer, para relatar el clima que vivió Maricopa cuando Joe Arpaio era el sheriff.

Un adolescente que va a misa en San Pedro Sula, para adentrarse el pánico de los deportados hondureños, que vuelven al país del que huyeron, con pavor a las pandillas.

Un político que compró una casa y declaró que costaba menos, para explicar los alcances de una iniciativa mexicana que logró transparentar la fortuna de sus gobernantes.

Unos padres que buscan a sus hijos desaparecidos en la selva central de Perú, para revelar el drama de los pilotos que trabajan para el narcotráfico en Latinoamérica.

Una abuela que vive a 15 metros de la casa del supuesto asesino de su nieto, para dimensionar la violencia en El Salvador.

Estas son historias periodísticas que he leído y visto en los últimos dos años, contadas por periodistas a quienes admiro y de cuyo ejercicio profesional me ocupa, como en mi propio trabajo, la forma como llevamos al papel o la pantalla lo que estamos investigando.

A menudo estos textos han tenido elementos y escenas memorables, como los que aquí he reseñado. La pregunta que me hice durante la mayor parte de 2017 es cómo podemos entenderlo y contarlo mejor.

¿Cómo contar historias multiplataforma en un mundo digital, relatar visualmente los hallazgos de una investigación, sin que sean un manojo de datos volcados en una pieza, ni una acumulación de lágrimas en prime time?

¿Cómo sostener un texto investigativo desde el relato, y no únicamente usarlo para enganchar al público en los primeros párrafos? ¿Cómo contar historias donde haya más gente que números, más motivos que acusaciones, problemas complejos, más que buenos y malos?

En un país corrupto como México, o polarizado como Estados Unidos, España o Venezuela, el impacto de las historias en muchas de nuestras audiencias no distingue ya entre 5 mil o 5 mil millones de pesos de desfalco; o entre cinco y 20 muertos, aunque sean niños; entre un acto de corrupción o discriminación y otro.

Por esto quise iniciar el año preguntándome: ¿Hemos sido perezosos en que sean personajes reales quienes relaten nuestras investigaciones, en incluir una narrativa mínima en los 1,500 caracteres de nuestras notas diarias, o datos duros e investigación documental en nuestras crónicas, más allá de una belleza estética?

¿O es que necesitamos más de una reflexión grupal, entre nosotros y con nuestro público, para entender qué están consumiendo y por qué? En 2018, además de la obviedad común de bajar de peso, quisiera encontrar respuesta a estas preguntas.

 

 

 

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