Para ustedes el abogado importante; para mi: Padre.


por Juan Eduardo Mateos Flores

Por Juan Eduardo Mateos Flores, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Lo primero que recuerdo de mi padre es su chiflido. No puedo describirlo por mis límites narrativos pero ese sonido peculiar podría identificarse entre cientos de silbidos tildados al unísono. Era un chiflido como partido en dos. Que se pausaba tenuemente antes de terminar de caer. Mi mamá cuenta que con ese chiflido me alegraba en la cuna, me hacía reír cuando era un bebé. Quizás por eso lo tengo tan hundido en ese terreno movedizo que suele ser nuestra memoria.

Lo segundo que recuerdo: lo castroso que era. A pesar de su gran seriedad, siempre sabía joder amistosamente a las personas. Sin embargo, no todos soportaron su peculiar manera de tirar carrilla. Ahí esta el caso de Don Marcos, un novio de mi abuela que medía menos del metro y medio, mal encarado pero que por alguna extraña razón no bailaba mal la salsa. Sucede que en un cumpleaños de mi abuela, Don Marcos llegó todo vestido de blanco. Mi papá, al verlo, no pudo dejar pasar la oportunidad de espetarle: Oye Marcos, ¿dónde va a ser la primera comunión? Al castre se unió Humberto y el mítico tecladista, Mario Mario, preguntándole a Don Marcos por la veladora y por el agua bendita. Al final, Don Marcos, bien peído, abandonó la fiesta.

Respecto a su capacidad para molestar amistosamente, quiero comentar que además se inventó una risa que solía endilgarnos.

Era más o menos así: lailaraila lailaraila lailariiiiiii lari lalaila. No se la escuché más desde que abandonó la casa.

Lo tercero es que casi no estaba en casa por trabajo: sacando a los buenos y no tan buenos de las cárceles. Ya sea de viaje, en los juzgados  o en su despacho. Ahí supe, más o menos, que mi papá era un hombre importante, una especie de hombre de negocios que debía resolver asuntos de relevancia fuera de casa.

Pero lo que más recuerdo, su llegada a casa para comer, todo cansado de trabajar con su peculiar camisa polo verde. Ya en su cuarto, se quitaba las formalidades de la ropa y el lenguaje jurídico para dejarse su playera de cuello V y ponerse su short azul para descanso, sus chanclas para baño y el tono dulce, informal y a la vez serio de los hombres que son esposo, amigo y padre a la vez.

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Una vez en el último año de kínder -preprimaria le llamaban- estábamos aprendiendo las profesiones. Yo sabía que mi padre era ‘licenciado’, palabra que en ese entonces para mi no refería un título universitario sino a un sinónimo de la palabra abogado. Debido al tema de clase, la maestra preguntó quién de nuestros padres podía asistir para darnos una charla de lo que hacían. Yo, sin dudarlo, alcé la mano. Mi padre llegaba regularmente a la hora de la comida y se quedaba hasta pasadas las cinco, por lo que entendía que él podía prescindir de unas horas en la mañana para venir a explicarnos sobre sus actividades

—Mi papá trabaja por las tardes y muy raro por las mañanas, así que creo que él podría. Y mi mamá aunque en casa, estudió algo que tiene que ver con relaciones públicas y también puede venir—dije.

Sólo cuatro parejas de papás -incluyendo a los míos- asistieron al encuentro. En ese entonces, recuerdo que era muy difícil que tus dos padres fueran profesionistas. Yo me sentí, por supuesto, orgulloso de ser hijo de ambos cuando respondían amablemente las preguntas de mis compañeritos. Siempre supe que ambos inspiraban respeto pero sin lugar a dudas, más mi padre: porque era El Licenciado Mateos.

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Carlos Mateos Carrasco, mi padre, nació un 18 de Enero de 1954. Fue hijo de Carlos Mateos Lagos y de Rita Carrasco. Aunque su verdadero padre, decía él, fue Juan Mateos Lagos, el hermano de su papá. Una vez que mi abuela falleció fue él, como se dice, quien levantó a papá. Mi abuela falleció, según dicen: por comerse un mole pasado de días. Don Carlos Viejo, como se le conoce en mi familia materna, nunca quiso hacerse cargo de papá. Don Carlos Viejo era una especie de Pedro Páramo, de esos hombres que piensan que tener muchos hijos regados, como se dice popularmente, es un deporte que traerá grandes recompensas. Entiendo que Don Carlos Viejo dio la vida, sobre todo, por un racimo de hijos que ahora viven en el norte y que al final, a pesar de todo el dinero que derrochó en su educación, ninguno pagó por su funeral. Todo lo pagó mi papá, sin respingar. Mi papá fue el único que acabó su carrera, el único que de la nada se forjó un nombre y puso su apellido en lo alto del reconocimiento provinciano de la burguesía de los profesionistas; en ese camino sinuoso que es la abogacía, hizo su propio legado. Sin embargo, mi padre fue buena persona con Don Carlos Viejo al final de sus días. Don Carlos Viejo, como es de esperarse en este tipo de historias, quedó en la ruina por alguna razón que desconozco. Debido a eso se convirtió en una especie de coyote. Transaba gente. Mi papá lo sacó de muchos problemas sin cobrarle nada. Preocupado, incluso, una vez le dijo: Un día vas a cometer una fechoría de la que no te voy a poder sacar. Ya compórtate, viejo. Al final, Don Carlos  viejo siguió haciendo de las suyas pero antes de que la justicia lo alcanzara, murió de un infarto durante una borrachera mientras celebraba su cumpleaños.

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Mi padre fue de esos hombres de la modernidad criados con espíritu nacionalista. Creía en algo: la justicia, el país, la investidura presidencial, las instituciones, el estado de derecho -del más fuerte decía Marx-. Las criticaba, sí, pero creía que podían mejorarse, ponerse al servicio de las personas y la población. Un día, cuando yo todavía le iba al cruz azul por pura herencia familiar, perdí una apuesta. Tenía que raparme el cabello porque el América le había ganado. Una vez regresado de la escuela, mientras mis padres comían, les dije desde la escalera lo que me había sucedido. Mi madre pegó el grito en el cielo pero él sabiamente la paró en seco, sacó dinero de su pantalón y dijo: Me da gusto que tengas el valor de pagar tus apuestas. Toma el dinero y hazlo. Recuerda que lo que con la boca se dice, con los huevos se sostiene.

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Mi papá contaba con mucho dolor esta anécdota de cuando era un niño. Su padre, don Carlos Viejo, en ese entonces era un importante agente aduanal. Tenía terrenos y mucho dinero que perdió, como ya dije, de alguna manera misteriosa. Mi abuela Rita, en cambio, vendía comida de manera ambulatoria. A pesar de eso, era ella quien mantenía a mi papá de cabo a rabo: le pagaba todo, educación básica, comida, ropa pero ella, sabiendo que el padre también debe aportar aunque sea dinero, intentaba que Don Carlos Viejo le comprara los zapatos. Entonces mi abuela Rita alguna vez, mandó a mi papá a unas oficinas cerca del muelle, donde Don Carlos Viejo trabajaba.

Mi papá llegaba con él, con toda la ilusiòn del mundo, y le decía que por favor le comprara unos zapatos. Don carlos, lo miraba sonriente. Sólo le decía: Si, carlangas, ahorita que salga te llevo por unos. Espérame allá afuera.

Mi padre, obediente, salía de la oficina y se sentaba a esperarlo. Ora bamboleando sus piernas, ora jugando con su ansiedad de niño.

Horas después, Don Carlos Viejo, sorprendido por la paciencia de su hijo, salía del trabajo,  mientras le colocaba la mano en la cabeza con esa condescendencia con la que los adultos se refieren a los niños, sólo para decirle: Lo siento carlangas, hoy no cobré. Regresa mañana.

Y eso pasaba: mi papá estaba al siguiente día ahí, esperando emocionado por unos zapatos. Unos zapatos que entiendo nunca llegaron. Mi papá nunca me hizo esperar por unos zapatos. Me compró todos los que siempre quise. Fui el primero en tener unos Total 90 en mi infancia. Tuve zapatos hasta para regalar.

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En algún lugar de Veracruz, en alguna mesa: Mi tía Lulú, mi tía Malena y mi papá conversan.

-No, cuñado. Es que oye, vienen a las once de la noche por ella y me levanta ya vestida con su rosario en la mano para que la lleve en el auto a rezar. Y yo luego trabajo muy temprano, ya no descanso bien y me estoy durmiendo en el hospital.

-Es que oye, Carlos, cómo crees que me voy a negar a eso. Es algo sagrado.

-A ver Malena, es que tú estás mal. Mira tú tienes que decirles lo siguiente pero espera, por lo menos, ¿cobras?

-No, ni eso Carlos. La llevo en mi auto y ni siquiera nos dan para la gasolina. Hasta eso.

-Es que Carlos, oye, cómo crees que les voy a cobrar si me vienen a pedir el favor.

-No, no, no, Malena es que tú estás mal, ya desde ahí. Mira. Tú lo que tienes que hacer para evitarte estos problemas es decirle a todos los que vengan a buscarte: sí, yo le rezo los rosarios que usted quiera pero: me tiene que venir a buscar, me tiene que venir a dejar y  lo que usted me quiera dar.

Entiendo que después de eso, los problemas entre mis tías, cesaron.

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Fue poca la convivencia con la familia materna de mi padre. Cuando viajábamos en carretera, y pasábamos por Perote, siempre decía que tenía noticias de que tenía primos en un poblado cercano. Una familia numerosa. -Sé que hacen todos un equipo de béisbol- dijo. Muchos años después, debido a la muerte de mi tía abuela Api, él los conoció a todos y comenzó a convivir allá con ellos. Una vez me invitó a una fiesta que se llama Levantamiento de Cruz. A diferencia de la celebración de los novenarios que se hacen en las ciudades, el levantamiento de cruz se hace para que la cosecha sea fructífera en el año. La gente del pueblo hace un pachangón en el que se incluye dulces para niños, música de montaña, rezos, cohetes, caravanas y un frío de los mil demonios. Ahí descubrí que efectivamente la historia que me contaba mi padre cuando niño era cierta: que los Carrasco tenían un equipo de béisbol con tan sólo la mitad de sus integrantes. El equipo se llama Los Yanquis de Zalayeta. Durante mi estadía en esos días, hubo un partido que libraron contra los Cachorros de Alchichica, cuyo representante, según escuché, jinetea recursos de las arcas municipales para rentar jugadores semiprofesionales que viven a la redonda. Me senté junto a mi padre a observar el juego en un tronco improvisado como silla, detrás de Home. Aunque el equipo de mi familia, los Carrasco, dominaron casi todo el juego, lo perdieron de manera cardiaca, por una carrera, en la última entrada. La celebración, aún así, continuó. Se hizo una pequeña comida en casa de uno de mis familiares. Ahí descubrí que el piñón en ese lugar es más barato que el frijol y que los roles de género están muy marcados: los hombres no pueden acercarse a la cocina, las mujeres no pueden acercarse a donde hay un grupo de hombres hablando sobre la siembra. Más de alguna amiga feminista hubiera pegado el grito en el cielo de las redes sociales. Los hombres que estaban en mi mesa, comenzaron a contar anécdotas: de cuando un zorrillo orinó dentro de la camioneta de mi familia, de cuando una familia quería que le devolvieran su dinero porque el conejo que les vendieron se les fue a un hoyo, de cuando alguien del pueblo se quedó sin frenos en una bajada mientras conducía un tráiler. Mi padre no se quedó atrás. Contó aquella anécdota en la que involucra a mi madre y a Don César, un gruero adinerado de Villahermosa, que años después de convertiría en el padrino de mi hermana. Todos fueron invitados al cumpleaños de Karmito, un músico tabasqueño que entiendo está casi a la altura de Chico Ché. El caso es que estaban dando de comer tortuga en diferentes guisos. Mi padre abordó a Karmito y le bromeó:

—Oye, compa. espero que no te caigan los de la PGR porque aquí no hay a dónde correr.

—Ah, por eso no te preocupes mi amigo. ¿Ves al de allá? Es juez federal. ¿Y al de allá? Es el mero mero de la judicial. ¿Y el de allá? El comandante de la zona. Usted coma que yo invito.

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Mi papá tenía la ilusión de ganar un caso sobre unos terrenos allá por el conchal. Tenía entendido que una de las cosas que él soñaba era que una vez cobradas las hectáreas que le correspondían como honorarios, él vendería algunas, para dedicarse por fin a descansar tranquilamente. Una vez me invitó a comer con la señora que peleaba esos terrenos. Ella ya había dejado de ser sólo su cliente, se había convertido en su comadre. A media comida, mientras hablaban del caso, ella le habló a mi papá, casi regañándolo, como si mi papá fuera un novato y no supiera lo que hacía. Me incomodé un poco pero no dije nada pues estaba en casa ajena, además que son temas de los que no me correspondían opinar. Ya en el auto, cuando estábamos solos, le dije: papá, siento que esa señora no es de fiar. Mi papá no reaccionó mal pero me dio a entender que alguien a quien había apoyado tanto, no podía fallarle de ninguna manera, además que él también había invertido dinero en la batalla jurídica para ganar esos terrenos además, que había un lazo religioso, casi sagrado, que los unía: la señora es madrina de mi hermano menor, Carlitos. Al final de los días, lastimosamente, mi papá corroboró como cierta esa máxima de los litigantes: sin importar parentesco o lazo amistoso: el peor enemigo de un abogado es su propio cliente.

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Hace un par de años, mi papá nos invitó a mi hermana y a mi a unas villas en córdoba. Se había distanciado de su mujer, mamá de mis dos hermanitos pequeños. Ellos, mis hermanitos pequeños, también fueron con nosotros. —Estas villas son de la familia de Miguel Layún— recuerdo que me dijo. La pasamos muy bien. Nadamos en la alberca, vimos una película de esas de acción gringas que tanto le gustaban; fuimos al museo del café, estuvimos en el parque mirando cómo mis hermanitos jugaban con burbujas. Lo mejor de todo fue que en una cena, mi papá nos hizo quesadillas con mantequilla y una noche después, en otra, mi hermana hizo pasta y yo elegí un vino que le gustó muchísimo.

—Me siento muy contento de estar con ustedes— dijo mientras la tenue luz de la cabaña alumbraba el pequeño momento de felicidad.

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Cuando mis papás se separaron, por alguna razón que no vale la pena detallar, terminé viviendo con mi padre unos meses. Él se paraba todas las mañanas a hacerme de desayunar. Siempre me hacía una polla, de las que él era fan. A veces me asaba unas salchichas que me compraba en el Sams. La polla es una especie de licuado que lleva chocomilk y huevo. Me llevaba a la escuela y me traía. De esas idas recuerdo que siempre ponía la radio para escuchar las noticias y lo veía mirar la calle todo serio. Siempre pensando. Mi padre era un hombre muy serio y pensativo. Pero tenía los ojos café claro más bellos de todos.

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En su Facebook, este año, el 6 de junio, mi papá escribió: “El día de ayer, a las cuatro de la tarde, asistí al lugar donde tarde o temprano será nuestro destino final. El motivo, despedir a mi querido maestro don Armando Reyes Fuentes, en su viaje sin retorno. Presentes su familia, y solo vi dos o tres caras conocidas, de todos los cientos (por no decir miles) de sus exalumnos, que recibimos sus valiosas enseñanzas y consejos, cuando nos impartió la cátedras de derecho penal, que ahora diariamente ponemos al servicio de nuestros clientes. Esperaba ver a más, pero no, solo estábamos unos cuantos. Que triste es la ingratitud del ser humano. Hasta pronto maestro”

Me uno al eco de mi papá, porque mucha gente que mi papá ayudó tampoco estuvo en el suyo. Los funerales y los hospitales deben ser de esos lugares que revelan cómo las personas de las que se espera mucho terminan dando nada y de los que no se espera nada, terminan dando mucho.

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Mi jefe en la librería me pregunta por mi padre. Es un día después de su velorio. Lo hace interesado pues se recarga en uno de los anaqueles para libros. Le explico brevemente quién era, lo importante de su legado en el puerto y lo compartido que fue al final con sus compañeros pues en su paso como presidente de la barra de abogados, realizó cursos y especializaciones gratuitas para que supieran cómo operaba el nuevo sistema de justicia penal. Debido a eso, lo vi molestarse un par de veces porque no entendía cómo es que sus compañeros no ponían “pero” alguno para asistir a brindis y celebraciones que se hacían pero cómo llovían de pretextos para acudir a las especializaciones. Recordaré a mi padre como alguien muy estudioso, dedicado, siempre atento a las resoluciones de la suprema Corte, a las actualizaciones de todos los códigos, muy inteligente: no tiene mucho que asistí a ver cómo lo reconocían como el promedio más alto de su maestría. También mi padre fue un férreo defensor de las instituciones. Se enojaba cuando alguien no capacitado llegaba a los Tribunales Superiores de Justicia. —Ahora cualquier pendejo puede ser juez federal—dijo alguna vez a los medios. —El día que el aparato de justicia logre una verdadera independencia, lejos de la influencia del ejecutivo, ese día la justicia mejorará en este país— decía recurrentemente cuando platicábamos sobre esos temas. Mi jefe me dice, al final de todo esto, que se debe sentir mucho orgullo ser hijo de alguien así.

—Nunca le pude ganar en ajedrez.

—Eso lo hace doblemente interesante. Para alguien que debe estar pensando como piensa el abogado adversario, el ajedrez debió servirle mucho.

—Sí, era muy bueno para la estrategia. Mi mamá cuenta que cuando no le caían asuntos, y yo estaba muy chico, solía irse a los Portales con los únicos cien pesos que tenía para jugar dominó. Siempre regresaba con dinero para leche y pañales.

—Me dices que era penalista, ¿cierto?

—Sí.

—Los penalistas tienen una vida muy agitada, y tienen sobre todo muchos enemigos.

—Sí, había mucha gente que no lo tragaba…casi siempre andaba viajando, de un lado a otro. Alguna vez le manejé para llevarlo al Penal de la Toma. Sin embargo, a pesar de todo ello, de estar regularmente ausente en casa, mi papá se dio tiempo para armar pistas de coches conmigo, jugar videojuegos, ir a mis partidos de futbol, por si fuera poco, soportar la vergüenza de que uno de sus hijos, o sea yo, escribiera disque poesía. Recuerdo que se enojó mucho cuando le conté de mi sueño de estudiar filosofía o letras. “¿De qué vas a vivir? Te vas a morir de hambre”. Me dijo.

—Sí, mi padre hizo lo mismo. En tono de sorna, cuando se lo confesé me dijo “sí, está bien, puedes estudiar filosofía, no hay problema y me parece que también lo puedes combinar con bordado”.

Nos empezamos a reír.

—A veces creemos que nuestros papás nos dicen estas cosas para jodernos. Pero ahora que ya trabajo, pago mis cuentas y todo eso, veo que es por todo lo contrario.

—Sí, así es. Yo por eso si alguno de mis hijos me dice que quiere estudiar eso, lo corro de la casa.

Reímos nuevamente.

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“De todos los penalistas en el Estado de Veracruz, sólo 4. De esos, tu papá y yo” me dijo alguna vez el fallecido abogado y ex fiscal de Tuxpan, Pérez Medina, uno de sus grandes adversarios jurídicos. Aún en cama, ya sin movimiento de piernas, mi papá revisó expedientes, proyectó sus estrategias, estuvo al pendiente de los casos.

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—A pesar de tu enfermedad compadre, me impresiona la lucidez con la que te mueves todavía—le dijo el licenciado Farías, gran amigo suyo, un par de semanas antes de que mi padre perdiera la batalla contra el cáncer que lo aquejaba. Sé que hizo buena mancuerna con su esposa, Lety, quien lo cuidó con todo el amor y todo el dinero que tuvo al alcance, hasta el final de sus días, tal como ella lo prometió en la boda. Si el amor existe, pienso que se materializó en las atenciones que Lety tuvo con papá, incluso después de fallecido.

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Todavía cuando mi papá hablaba, le enseñé el cómic que compré. Superman Red Son que trata sobre un Superman que caía en la Unión Soviética y no en Estados Unidos. Me levantó el pulgar en señal de que estaba “padre” como él decía sobre las cosas de literatura o arte que yo le mostraba. Ese día le cantamos mi hermana, mi cuñado y yo sus canciones favoritas que pedía siempre a los mariachis: Tatuajes, Mujeres Divinas, Loco, Puño de Tierra. Mi papá todavía tenía fuerzas para decir otra, con el dedo de su mano.

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Días antes de morir, una persona logró su libertad en Coatzacoalcos gracias a criterios novedosos que mi padre sugirió aplicar en un caso sobre violaciones graves a derechos humanos.

—Nos negaron el primer término pero en la revisión lo ganamos. Tú papá es un hombre brillante, inteligente, listo. Siempre me sorprendía. Teníamos mucha emoción en este caso porque aplicamos criterios novedosos que no se habían usado antes—me dijo Lety con un dejo de nostalgia y tristeza que dejó entrever en su voz.

Al siguiente día que recobró su libertad, esta persona fue a Xalapa, a casa de papá donde él esperaba ya sólo la muerte. Los doctores ya habían sentenciado que faltaban escasos días para que su vida se detuviera. Mi papá ya había perdido el habla pero no su lucidez, reconoció con un movimiento de cabeza a su cliente. Éste le agradeció con un masaje de pies antiinflamatorio, y además, dio masajes gratis a todos los que estuvimos ese día en casa con él.

Al día siguiente, le volvimos a cantar sus canciones favoritas. Mientras yo cantaba, deseé con todas mis fuerzas que mi padre hubiera podido cantarlas como alguna vez lo hizo en sus cumpleaños, en fiestas con sus amigos. Estaba deseando que se levantara, que regresara a ser el de antes: el hombre que respiraba leyes, jurisprudencia.

—Te doy toda mi biblioteca si quieres, Dios— dije en voz baja mientras acariciaba el brazo de mi padre. Dije la palabra Dios, le pedí a Dios aunque no creía en él, ni en su palabra, ni en sus obras milagrosas. Limpié mis lágrimas mientras cantaba Abrázame muy fuerte, que el tiempo pasa y nunca perdona de Juan Gabriel, y aterricé en la realidad de que el pensamiento mágico sólo es eso: pensamiento mágico; que la vida era otra cosa:

Que la vida era que estaba viendo a papá morir y yo no podía hacer nada.

Que nadie podía hacer nada. Que ni Dios ni el amor de alguno de nosotros podía hacer nada.

Que él ya no podía silbar, ni podía castrar, ni podía trabajar, ni comer: el único lujo que le permitía la vida era vestir su playera de cuello V.

Tres días antes de su muerte, pasé la noche con él. Dormí con él. Viví la última noche en la que besé su frente aún tibia, que le acaricié  la piel de sus bracitos: fue la última noche en la que me encontré con sus ojos bellos.

Esa fue también la última vez que lo acaricié vivo.

 

La última vez que lo escuché respirar.   IMG-20171220-WA0008.jpg

Publicado en: https://reporterodelcrimen.wordpress.com/2017/12/27/para-ustedes-el-abogado-importante-para-mi-padre/

1 Comment

  1. Sale, loable texto ante la Impotencia de la Condición Humana Final.
    Ese Dios que describes en tu texto, nos arrebató la Inmortalidad y la Longevidad.
    Somos su Imagen y Semejanza, la personificación de sus Noventa y Nueve Nombres.
    Somos la Revelación de su Voluntad Múltiple.
    Finalmente Somos tanto como ÉL EXISTE.
    Lo Acompañamos en su Constante y Perpetua Soledad Cósmica.

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