¡Qué no anote el portero!


por Adolfo G. Riande

Por Adolfo G. Riande, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana, desde Sonora

Cuando cursaba mis estudios de preparatoria, no lo digo con nadita de orgullo, pues estudiaba en el poco prestigiado Instituto “Belisario Domínguez” (Antes “Guizar y Valencia”), a mediados del futbolero año de 1970, nuestra ilusión de gloria deportiva, consistía en participar en el torneo universitario de futbol.

Y así, cada vez que se aproximada la justa deportiva, nos iba como en feria. La verdad no éramos tan malos, pero tan poco teníamos un equipazo como para asustar. Teníamos individualidades y punto, pero nunca logramos nada trascendente. Nuestra ilusión pírrica era ganarle al débil equipo de la facultad de periodismo, ese era el “patito feo” del campeonato, al cual todos los equipos hacían cera y pabilo.

Pues bien, en el único campeonato que jugué en la preparatoria, por mala suerte nunca pudimos ganar un juego, y como por cuestión del destino, esa tarde de gloria deportiva nunca llegó, pues el juego contra Periodismo por diferentes razones jamás se dio.

Meses más tarde, ingresé a la Facultad de Periodismo, y todo hacía suponer que en el campeonato de futbol enfrentaría, como dirían los viejos  cronistas deportivos, al “equipo de mis amores”, es decir al “Instituto Belisario Domínguez”.

Pero no, no se dio esa situación, pues el reglamento del campeonato cambió, y decidió que únicamente el torneo admitiera facultades, de tal manera que los colegios preparatorios quedaron excluidos del torneo.

Y precisamente en uno de esos torneo universitarios de futbol, posiblemente en 1972, la facultad armó un equipo y mi madre Josefina fue la patrocinadora del equipo, camiseta crema, pantalón y medias azul marino.

Como ya habrán de suponer, mis queridos lectores, nuestro equipo nada competitivo, representativo de la Facultad de Periodismo era el hazmerreír del torneo, pero eso si, con el ánimo maltrecho y con un cúmulo de aspiraciones de lograr cuando menos una victoria.

Dentro de nuestra miserable participación deportiva en torneos futbolísticos, recuerdo muy bien aquel partido contra la Facultad de Ingeniería, en el Campo de la Boticaria, posiblemente en ese mismo 1972.

Conocedores de la calidad del equipo contrario, decidimos armar una estrategia para evitar lo inevitable, es decir, evitar un marcador de escándalo. Y así fue como dio inicio el partido, rápidamente nuestra defensa sintió el rigor del equipo contrario y en untar de minutos ya teníamos el marcador en contra de 0-2. Pero, el ánimo de nuestro equipo sacó fuerzas de no sé dónde y una combinación increíble me hizo quedar sólo frente al portero rival para colocarle el balón, ahí “dónde los topos hacen su guarida” (léase con tono del “Perro” Bermúdez) y acortar el marcador 1 a 2.

Si alguien me ayuda a recordar exactamente como quedó el primer tiempo, los lectores habrán de agradecérselo infinitamente, aunque por las características del rival y nuestro miserable concepto futbolístico, el marcador habrá sido ya de tintes de escándalo, como si hubiéramos jugado en un plano inclinado, claro, a favor  del equipo de Ingeniería.

Pero cabe decir, que tras el momentáneo repunte de mi hermoso gol (si no lo digo yo, ¿pues quien, verdad?), un segundo tiempo presagiaba ya una verdadera  lluvia de cuero, pues nuestro equipo, no sé si es demasiado llamar “equipo”, dado que la desorganización era ya plena, los que alcanzábamos a medio correr, queríamos estorbar al contrario, jalarles la camiseta, hacerles sentir nuestra presencia en el campo.

Y así fue, la lluvia se fue transformando en una tormenta y esta en un huracán, que terminó en un marcador de un gol contra ¡catorce!, si mis queridos lectores, ¡catorce goles en contra!

De nuestra parte ya no había resistencia, el cuadro rival iba y venía a sus anchas por todo el terreno. Era tal el dominio, que el portero rival salía en los tiros libres o de esquina a ¡rematarnos!, ¡en nuestra propia área! y fue ahí donde surgió un clamor y grito de ánimo orgulloso desde la banca:

¡Qué no anote el portero!, ¡qué no anote!

Y de esta manera, nuestro orgullo mancillado a más no poder, inició una inusual marcación o técnica de estorbar, de tal manera, que impedimos que el arquero contrario nos metiera un gol, aunque el resto del equipo se dio vuelo anotando complacientemente.

Los héroes de aquella tarde por nuestra “gloriosa” Facultad de Periodismo, alineamos, si bien recuerdo: Julio César Carmona en la portería. En la defensa estaban Andrés Ortiz  Rico (qepd), Zamudio “El Master”, y Manuel Facundo Berman, que era como el líder de la defensiva, como una especie de volante.: En el lateral derecho debo citar a Luis Ángel a quien apodaban“El ADO”, no tanto por su corpulencia, sino por que laboraba en una conocida compañía de autobuses de pasajeros.

Sobre Luis debo decirlo, me maravillaba su valor y su coraje para pelear los balones y ponernos la muestra a más de uno en la cancha. Debo decir también, que  pese a una leve discapacidad en una de sus piernas, le echaba coraje y peleaba las pelotas como ningún otro. En esa misma línea sufrida, digo defensiva, aparecía un regordete jugador, de pocas palabras, pero con mucho ánimo, su nombre lo recuerdo bien, era César Ortiz Landeros.

La media cancha, esa sufrida media cancha que hizo agua desde el primer minuto de juego, la componían el hijo pródigo de Córdoba, Veracruz el Aurelio González Martínez, Gaspar Frías Rayo, el Memo Cervantes y el Chuy Méndez, una línea de cuatro desastrosa.

La delantera salvo mi gol, pasó con más pena que con gloria, donde el alvaradeño Ruperto  Portela, y yo, Adolfo González Riande, formamos una dupla infame, que salvo el gol, acabamos por trotar y hacernos bolas entre la media cancha y la defensa,

Como dato curioso, esa tarde me llevé al juego a mi pequeño sobrino Edgar Alanís González, de apenas 3 años, a quien la raza que estaba en la banca, para entretenerse en algo, le colocaban al chamaco una credencial y le decían que me la entregara. Mi sobrinito muy obediente, tomaba la credencial y corriendo se metía al campo para cumplir con su objetivo, en tanto, la raza gritaba:

¡Árbitro! , ¡Árbitro! , ¡Cambio!, ¡Cambio!

Cuando el árbitro y los jugadores nos dábamos cuenta de el supuesto “cambio” y el chamaco corriendo hacia el terreno de juego, el partido se suspendía, y todos soltábamos la carcajada.

Si revisamos el calendario de nuestras vidas, veremos cómo ha transcurrido el tiempo,  como nuestros sueños de efímeros deportistas se fueron eclipsando. Pronto dejamos de vernos, y cada uno tomó distintos caminos, algunos fallecieron dramáticamente, algunos más todavía andamos en este valle de lágrimas, y nos damos tiempo para sacudir la pátina de nuestras vidas y hermanarnos a distancias con otros colegas.

Adolfo González Riande es Lic. en Periodismo por la UV, en la generaciòn 1970-74; actualmente maestro auxiliar en el Departamento de Humanidades en el Instituto Tecnològico de Sonora..(Cd. Obregòn, Son.) Correo:

adolfo.gonzalezriande@gmail.com

1 Comment

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.