Categoría: crónica

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Despedida


Por Mario Jesús Gaspar Cobarrubias Hoy quiero expresar y compartir mis condolencias a la familia de mi amiga y colega de profesión Susana Herrera Lazarini, que falleció ayer 25 de enero de 2018, en un […]

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Crónicas del LX Aniversario: El Arquitecto Enrique Segarra y la revolución de los universitarios


Por Magdalena Mulia Cabrera

Por Magdalena Mulia, egresada de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana, desde Cancún, Quintana Roo
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Enrique Segarra Tomas, rodeado de muchos alumnos suyos, sentado en el antiguo auditorio de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana, con su clásica mano sobre la barbilla y su mirada atenta a los discursos del momento.

Durante años se me encogía el corazón al preguntar a los amigos por el maestro Segarra; me daba miedo que me dijeran que había muerto.

Pero un día no tuve escapatoria; vivía en el DF, iba a mi chamba en el metro leyendo el periódico, y vi la esquela.

Siempre  es edificante recordar al maestro Segarra y  les comparto un recuerdo de él que me acompaña siempre y es una de esas espinas que no nos sacamos en su momento y se nos quedan para siempre clavadas en el corazón.

¿1972? ¿1973? uno de esos años.

El maestro Segarra era director de la facultad y lo era porque  -algunos lo han de recordar- hicimos una huelga demandando más más más de lo que se nos enseñaba (Miguel Guevara Rascón -qepd-, Miriam López Meza, Violeta, Cecilio, en fin, esa banda) y como consecuencia el maestro Valencia dejó la dirección.

Enrique Segarra Tomás, captado en la ciudad de México, en la época que empezó a ser conocido como uno de los más connotados arquitectos que trajo el exilio español a México

A la hora de designar un nuevo titular, sostuvimos la huelga exigiendo que fuera el maestro Segarra, cosa imposible, se nos explicaba, porque la ley orgánica establecía que los directores de facultades debían ser mexicanos por nacimiento, argumento que nos valía madres y no cejamos en nuestra demanda…ni entregábamos la facultad.

Para nuestra fortuna no quisieron echarnos a madrazos del edificio y sí en cambio la demanda encontró apoyo suficiente en el consejo universitario (que sesionó en Medicina, me acuerdo) y designaron al arquitecto Segarra como director, claro, disfrazando el cargo con un eufemismo, algo así como «responsable de la dirección» o «director interino».

Pues bien, ese año escolar fue para nosotros (Mendo, Higinio, Marisela, Rosa Estela Méndez, los compañeros del MSF, Margarita Valdivia, ¡Chelín y Clemencia! mis hermanos, el enano Cantú, esa otra banda) un año peculiar: mucha actividad política y casi nada de actividad académica.

Y para nuestras actividades revolucionarias que debieron haber cambiado al país (¡pero no sucedió, quién sabe por qué!) utilizábamos las instalaciones y equipo de la escuela como patrimonio de la Revolución -como era en realidad, qué chingao, y nosotros sus representantes en Veracruz, cosa que al arquitecto le causaba infinidad de broncas.

Un día nos llamó a la dirección (a Mendo, Higinio y yo) para hablar sobre eso y, con Mendo y conmigo, sobre nuestro desempeño académico ante la proximidad de los exámenes finales y nuestra infinita cantidad de faltas, que nos impedían presentarlos.

Trató de razonar con nosotros respecto al uso abusivo del patrimonio de la escuela, pero nosotros no razonábamos, ¡¡¡teníamos la verdad en las manos!!! y hablábamos en nombre de la Revolución (dios, la juventud!!!) y bajo estas premisas nos negamos a escuchar sus argumentos y llegamos muy lejos: Higinio lo llamó, ante mi complacencia y el espanto de Mendo, guardia blanca.

Eduardo  Mendo (+) y Magdalena Mulia inseparables amigos en la antigua Facultad de Periodismo y partícipes de la anécdota con el director de la escuela, Enrique Segarra Tomas, que hoy compartimos con ustedes

Espíritu superior al fin y al cabo, el maestro Segarra no tomó el exabrupto como la horrorosa ofensa que era, sino que….¡se puso a pensar si teníamos o no razón! (No merecíamos semejante grandeza, pero ¡cuánto la agradezco!) …

 

El maestro respondió indignado al insulto y nosotros reculamos, por supuesto, y no llegamos a ningún acuerdo: en lo posible, nosotros seguimos usando mimeógrafos, esténciles (¡prehistoria! ja ja), megáfono, teléfono y cuanto pudimos para seguir con nuestras actividades políticas, y se hizo de la vista gorda tanto como pudo.

Respecto a Mendo, yo y nuestras faltas, nos preguntó qué habíamos hecho a lo largo del año que nos había impedido asistir a clases y le respondimos la verdad; nos argumentó entonces que él, con Lenin, pensaba que uno de los más altos deberes del revolucionario era cultivarse, cultivar su inteligencia y ampliar su cultura.

Nos dijo que Marx, Lenin, Fidel etc. etc., nunca hubieran podido hacer lo que hicieron por la humanidad si no

La palabra y la congruencia


Un amigo rastreó la edición de Excélsior del 7 de abril de 1926. En la primera plana del diario se publicó una nota cuya cabeza decía: “Háblese de un atrevido paso al futurismo”. Presagio o coincidencia, lo cierto es que en esa fecha nació Julio Scherer García, quien  marcó un antes y un después en el ejercicio periodístico en el país.
Por Ricardo Ravelo, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana
Por Ricardo Ravelo, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

A finales de los años setenta el nombre de Julio Scherer comenzó a llamarme la atención. Cumplidos los 12 años, veía a mis tíos leer con voracidad aquel diario, uno de los cinco más influyentes del mundo. Fue una época de turbulencias políticas, en la que el presidente Luis Echeverría Álvarez asestó un golpe contra Excélsioren julio de 1976 desde Los Pinos para imponer en la dirección a un grupo de incondicionales.

La ausencia de Scherer y parte de los cooperativistas fue transitoria, pues meses después, el 6 de noviembre de ese año, el tenaz periodista y quienes lo habían acompañado fundaron el semanario Proceso. La travesía está plasmada de manera espléndida en el libro Los periodistas, de Vicente Leñero.

Mi primer contacto con una obra literaria de Julio Scherer fue la lectura de La piel y la entraña, para muchos su mejor libro. Como nadie, penetra en el alma del muralista David Alfaro Siqueiros, a quien admiraba devotamente, y muestra su talante de periodista e incluso de biógrafo.

En una ocasión, al buscar algunos libros de Mariano Azuela para mi clase de literatura mexicana, cayó en mis manos otro volumen escrito por él: Los presidentes. Lo leí de una sentada. A partir de él empecé a admirar aún más el agudo quehacer periodístico del autor, su prosa cargada de lirismo, el lenguaje exquisito, los párrafos ausentes de calificativos, los hechos puros y vivos, sus sentencias contundentes. Me volví el agradecido lector de aquel periodista, de don Julio Scherer.

“Nada supera al dato estricto”, suele decir Scherer. Stefan Zweig escribió que los periodistas y escritores no sólo deben buscar afanosamente los datos y los acontecimientos, sino también dejarse encontrar por ellos. Don Julio tiene la sensibilidad para leer la realidad y traducirla al lector; él sabe dejarse encontrar por la información. Su sensibilidad y olfato de reportero los lleva en la entraña. En 1984 la circulación del semanario no era tan eficaz como ahora, de tal suerte que a veces llegaba a mi pueblo natal, Carlos A. Carrillo, Veracruz, y otras no.

En el mercado local sólo había un local donde vendían los diarios nacionales y estatales, por lo que cada jueves me desplazaba a Cosamaloapan para adquirir mi ejemplar de la revista, luego de apalabrarme con un expendedor.

A principios de junio de ese año, el país estaba inmerso en un escándalo por el asesinato de Manuel Buendía, autor de la columnaRed Privada. En la portada de Proceso se anunciaba la columnaInventario, que José Emilio Pacheco dedicó a Buendía.

La información de esa semana se complementaba con una foto del columnista y una cabeza contundente: “Una voz periodística acallada a tiros”.

 

Oficina de Proceso, 1979.
Foto de Francisco Daniel 
Oficina de Proceso, 1979. De izquierda a derecha: Julio Scherer, Vicente Leñero, Jorge Barrera Graff, Rafael Rodríguez (de espaldas), Enrique Maza, Froylán López Narváez, Carlos Marín, Carlos Ramírez y José Reveles.

Seguí con detalle los reportajes de las ediciones posteriores en los que se aludía a los presuntos implicados en ese crimen: el presidente Miguel de la Madrid; su secretario de Gobernación, Manuel Bartlett; y el director de la temible Dirección Federal de Seguridad, José Antonio Zorrilla Pérez, señalado como autor intelectual.

Años después, como reportero de Proceso, acudiría al reclusorio Norte de la Ciudad de México a entrevistar al comandante Raúl Pérez Carmona —implicado en la autoría material del crimen de Buendía— meses antes de recuperar su libertad.

 

En las entrañas de Proceso

En noviembre de 1996, veinte años después de su fundación, comencé a colaborar en el semanario fundado por don Julio, quien por esas fechas decidió dejar la dirección. Viví los duros momentos que se suscitaron después y el nombramiento de Rafael Rodríguez Castañeda como director en marzo de 1999.

No hubo decisión más atinada. Sin duda Proceso necesitaba un director de tiempo completo. Aún recuerdo el abrazo con Rodríguez Castañeda en la redacción de Fresas 13, en la colonia Del Valle y sus lapidarias palabras a los reporteros: “Será para bien”.

 

Cubrí entonces la Procuraduría General de la República y los temas de seguridad, que eran los más complicados. Un día le confesé al director que me estaba costando mucho trabajo obtener información digna de ser publicada en Proceso. En privado me dijo: “Ten paciencia, Ricardo.

Los reporteros tenemos que sembrar por largo tiempo en nuestras fuentes para luego cosechar. Haz relaciones”.

Aun cuando ya no era el director, don Julio siempre estaba atento al devenir. Era gratificante verlo llegar en su coche azul con él al volante y entrar a las instalaciones de Fresas 13:

—¿Qué me cuenta? —preguntaba, incisivo; fijos los ojos en los de su interlocutor.

Imperdonable, el silencio de un reportero. Había que contarle algo nuevo, inquietante. Y cuando la historia le atraía, su mirada de águila penetraba hasta el

Mis 20 Minutos con Savater


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Por Jorge Alberto González, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana (desde el puerto de Veracruz)

Con el simple título de su conferencia “La pasión de la lectura”, el escritor español Fernando Savater definió lo que para él significa la lectura.

El también periodista se encontró con una sala repleta de estudiantes el pasado martes como parte de una ponencia organizada por la Universidad Veracruzana (UV).

Fue imposible presenciar su participación completa, las circunstancias del trabajo lo impidieron,  escuchamos apenas los últimos 20 minutos de su intervención.

Como pocas veces, académicos y universitarios se encontraron en un lugar neutral que no era el aula. Se vivió una atmósfera de cordialidad y encanto por la literatura.

Muy poco importó el calor en la sala central de la Unidad de Servicios Bibliotecarios de Información (USBI), el cuórum lo confirmaba así.

Al platicar con los periodistas supe que una hora antes, Savater en rueda de prensa  decía a los compañeros que para ser lector no hay clave, pócima o fórmula mágica.

Lo anterior fue porque las interrogantes de cómo ser un buen lector eran insistentes, y  es que el autor afirmó: si yo tuviera la clave, la realidad sería otra.

Para el escritor de 65 años la lectura es una pasión, un gusto que se adquiere. “No es una obligación, es devoción y placer”.

Recordó que esa pasión literaria la heredó de su madre cuando en su infancia veía como cada dos años ella esperaba con ahínco las obras de Agatha Christie, autora inglesa del género policiaco y romántico. Después de eso, dijo, no existí nada más importante que su lectura.

Fernando Savater

Confesó que en su juventud fue admirador de la obra del mexicano Octavio Paz, especialmente de su trabajo “El arco y la lira”, ensayo reflexivo de la poesía, su lugar en el tiempo y en la vida misma.

Viéndose quizá en la mirada de la juventud presente, comentó que fue a partir de leer ese escrito que decidió -a los 20 años- escribirle una carta al autor de “Piedra de sol” para hacerle comentarios favorables de su obra.

Su sorpresa más grande  fue cuando Paz le respondió la carta y años más tarde lo invitó a cenar a su casa, seguramente en su departamento, porque su hogar en Coyoacán fue su última morada.

Entre risas recuerda que el escritor mexicano le abrió las puertas de su casa no sin advertirle que compartiría la mesa con un “señor francés”.

Ya en el interior, con asombro, pronto se dio cuenta de que era Levi-Strauss, uno de los máximos intelectuales del siglo XX y especialista en la antropología estructural.

Rememoró que en aquella ocasión también fue invitada a esa cena la pintora Leonora Carrington, a lo que espetó: “Que bueno que no asistió, porque en esa época de juventud era yo muy enamorado”.

Después de esa carta y el encuentro personal de ambos escritores, inició una relación epistolar que continuó hasta la muerte del autor mexicano.

La última vez que se vieron fue cuando siendo reportero del diario El País, de España; Savater convence a su editor de viajar a México para entrevistarlo sobre la importancia de su poesía.

Tres meses después de ese encuentro Paz se murió, fue la despedida de quien Savater considera hasta hoy: “un conversador extraordinario”.

Conocer a quien parecía imposible para el escritor español no fue coincidencia o suerte, fue pasión y persistencia al soñar con sus autores favoritos.

Y es que Fernando Savater está seguro de que las instituciones y los promotores literarios deben ocuparse y apostar por quienes están interesados en la lectura.

Mientras que los lectores por su parte tendrán que aceptar a la literatura en su pluralidad, pues no hay literatura buena o mala, según el autor de “Ética para Amador”.

El filósofo español recomendó al público que cuando se encuentren con un libro o autor que no es de su agrado, “simplemente piensen que ese libro no es para ustedes, que el autor no escribió para ustedes”.

Destacó que las posibilidades, la diversidad de temas y autores permiten al lector ampliar su capacidad de elección y conocimiento. Y volvió a recordar que la lectura no es de obligaciones sino de gustos.

Incluso, indicó que las librerías deberían ser como las farmacias. ¿Qué le duele? ¿Cuál es su mal? Y entonces recomendarles libros que les den respuestas a sus necesidades de conocimiento e inquietudes, pues la seducción dijo, es el  mejor remedio para procurar lectores.

“La palabra  leer no debe tener una voz imperativa. Los libres deben contagiar al lector”.

Savater puede ser viejo en apariencia pero muy moderno en pensamiento, considera que la televisión es una herramienta útil para promover la lectura.

Se confiesa en desacuerdo con quienes dicen que no ven televisión por que la tecnología idiotiza; “creo que la televisión es un instrumento excelente de

Reseña audiovisual de la presentación del libro «Recuerdos y recuentos periodísticos», escrito por nuestro colega Jorge Alberto González y editado por Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA)


En pasados días, Jorge Alberto González, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación, estuvo en la ciudad de México para participar en la presentación de su libro «Recuerdos y Recuentos Periodísticos», […]

Francisco Villa en San Pedro de la Cueva


Por Jesús Alberto Rubio Salazar, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Los días 1ro. y 2 de diciembre de 1915, los habitantes de San Pedro de la Cueva sufrieron en carne propia la cruenta lucha de la Revolución Mexicana de principios del siglo XX.

Para sus vecinos, fue un triste e imborrable episodio que al paso del tiempo persiste en la memoria de las nuevas generaciones del poblado, ubicado al margen del río Moctezuma, a 168 kilómetros de Hermosillo.

Aquel movimiento social que emergía con fuerza por distintos puntos del país, a los buenos vecinos de San Pedro de la Cueva, no les era ajeno:

Recibían noticias de los primeros brotes rebeldes contra la dictadura de Porfirio Díaz, enterándose de la lucha encarnada por los hermanos Flores Magón, las huelgas de Cananea y Río Blanco, la defensa heroica y muerte de Aquiles Serdán en Puebla, y poco más tarde el levantamiento armado y antirreleccionistade Francisco I. Madero apoyado por Francisco VillaPascual Orozco en el norte del país, mientras que en el sur, emergía la figura de Emiliano Zapata, con su universal bandera de “Tierra y Libertad”.

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San Pedro de la Cueva

“Los Colorados”

Al igual que en otras localidades, tras estallar la Revolución en 1910, los habitantes de San Pedro de la Cueva comenzaron a ser molestados por combatientes maderistasorozquistas, conocidos como “Los Colorados”, quienes les exigían sin remuneración alguna, comida y vivienda, lo que les obligó a formar un pequeño contingente de 50 hombres con armamento muy antiguo, tratando de defender su pueblo y pertenencias.

Aquel 1915, el gobernador militar de Sonora,José María Maytorena, veía cómo Plutarco Elías Calles desde Agua Prieta respaldaba cada vez el binomioCarranza-Obregón.

La ruptura entre Carranza-Obregón y Villa, provocó que continuara la lucha armada y sobre los ébanos deCelaya, el Centauro del Norte perdería su aureola de general invicto de la Revolución.

La artillería de Felipe Ángeles había desecho el brazo derecho del general Álvaro Obregón, pero más villistas habían muerto al fragor de la batalla. Los vagones de los “Dorados” enfilaron el retorno, en derrota, hacia Chihuahua y junto a Villa, su controvertido brazo derecho, Rodolfo Fierro.

El principal brazo armado de la Revolución tomaba otro cariz; de gran Jefe de laDivisión del Norte, adquiría el título de proscrito, fuera de la ley de Carranza.

Su estrella declinaba.

San Pedro de la Cueva, estaba a la expectativa, como Calles al frente de su tropa en Agua Prieta acompañado de un joven teniente coronel de nombre Lázaro Cárdenas J. Cruz Galvez, entre otros.

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Templo de San Pedro Apóstol, en San Pedro de la Cueva

Villa, sin embargo, no detuvo su ímpetu revolucionario.

Pensó dominar Sonora

Miró hacia Sonora donde junto con su aliado Maytorena tenía la oportunidad de controlar el norte del país como en el sur ya lo hacía Zapata.

Así, con ese anhelo, subió a la sierra Tarahumara, enfrentando el crudo invierno, a la adversidad y un futuro incierto.

Calles lo esperaba pacientemente con refuerzos; logró sorprenderlo y derrotarlo, por lo que Villa enfiló su tropa y artillería para tomar NacoSonora y se dirigió hacia su objetivo: Hermosillo.

Empero, Ángel FloresManuel M. Diéguez, le infringieron otro descalabro militar en El Alamito y los linderos de Hermosillo, por lo que tomó retirada hacia La Colorada, donde dolido por no tomar la capital de Sonora, cometió destrozos a la mina de oro, propiedad de inversionistas norteamericanos, quienes optaron por

¡Qué no anote el portero!


Por Adolfo G. Riande, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Cuando cursaba mis estudios de preparatoria, no lo digo con nadita de orgullo, pues estudiaba en el poco prestigiado Instituto “Belisario Domínguez” (Antes “Guizar y Valencia”), a mediados del futbolero año de 1970, nuestra ilusión de gloria deportiva, consistía en participar en el torneo universitario de futbol.

Y así, cada vez que se aproximada la justa deportiva, nos iba como en feria. La verdad no éramos tan malos, pero tan poco teníamos un equipazo como para asustar. Teníamos individualidades y punto, pero nunca logramos nada trascendente. Nuestra ilusión pírrica era ganarle al débil equipo de la facultad de periodismo, ese era el “patito feo” del campeonato, al cual todos los equipos hacían cera y pabilo.

Pues bien, en el único campeonato que jugué en la preparatoria, por mala suerte nunca pudimos ganar un juego, y como por cuestión del destino, esa tarde de gloria deportiva nunca llegó, pues el juego contra Periodismo por diferentes razones jamás se dio.

Meses más tarde, ingresé a la Facultad de Periodismo, y todo hacía suponer que en el campeonato de futbol enfrentaría, como dirían los viejos  cronistas deportivos, al “equipo de mis amores”, es decir al “Instituto Belisario Domínguez”.

Pero no, no se dio esa situación, pues el reglamento del campeonato cambió, y decidió que únicamente el torneo admitiera facultades, de tal manera que los colegios preparatorios quedaron excluidos del torneo.

Y precisamente en uno de esos torneo universitarios de futbol, posiblemente en 1972, la facultad armó un equipo y mi madre Josefina fue la patrocinadora del equipo, camiseta crema, pantalón y medias azul marino.

Como ya habrán de suponer, mis queridos lectores, nuestro equipo nada competitivo, representativo de la Facultad de Periodismo era el hazmerreír del torneo, pero eso si, con el ánimo maltrecho y con un cúmulo de aspiraciones de lograr cuando menos una victoria.

Dentro de nuestra miserable participación deportiva en torneos futbolísticos, recuerdo muy bien aquel partido contra la Facultad de Ingeniería, en el Campo de la Boticaria, posiblemente en ese mismo 1972.

Conocedores de la calidad del equipo contrario, decidimos armar una estrategia para evitar lo inevitable, es decir, evitar un marcador de escándalo. Y así fue como dio inicio el partido, rápidamente nuestra defensa sintió el rigor del equipo contrario y en untar de minutos ya teníamos el marcador en contra de 0-2. Pero, el ánimo de nuestro equipo sacó fuerzas de no sé dónde y una combinación increíble me hizo quedar sólo frente al portero rival para colocarle el balón, ahí “dónde los topos hacen su guarida” (léase con tono del “Perro” Bermúdez) y acortar el marcador 1 a 2.

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 Raza futbolera en 1970

Si alguien me ayuda a recordar exactamente como quedó el primer tiempo, los lectores habrán de agradecérselo infinitamente, aunque por las características del rival y nuestro miserable concepto futbolístico, el marcador habrá sido ya de tintes de escándalo, como si hubiéramos jugado en un plano inclinado, claro, a favor  del equipo de Ingeniería.

Recordando a Enrique Segarra, ex director de la Facultad de Periodismo de la Universidad Veracruzana


Por Magdalena Mulia, egresada de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Durante años se me encogía el corazón al preguntar a los amigos por el maestro Segarra; me daba miedo que me dijeran que había muerto.

Pero un día no tuve escapatoria; vivía en el DF, iba a mi chamba en el metro leyendo el periódico, y vi la esquela.

Siempre  es edificante recordar al maestro Segarra y  les comparto un recuerdo de él que me acompaña siempre y es una de esas espinas que no nos sacamos en su momento y se nos quedan para siempre clavadas en el corazón.

¿1972? ¿1973? uno de esos años.

El maestro Segarra era director de la facultad y lo era porque  -algunos lo han de recordar- hicimos una huelga demandando más más más de lo que se nos enseñaba (Miguel Guevara Rascón -qepd-, Miriam López Meza, Violeta, Cecilio, en fin, esa banda) y como consecuencia el maestro Valencia dejó la dirección.

Enrique Segarra Tomás, captado en la ciudad de México, en la época que empezó a ser conocido como uno de los más connotados arquitectos que trajo el exilio español a México

A la hora de designar un nuevo titular, sostuvimos la huelga exigiendo que fuera el maestro Segarra, cosa imposible, se nos explicaba, porque la ley orgánica establecía que los directores de facultades debían ser mexicanos por nacimiento, argumento que nos valía madres y no cejamos en nuestra demanda…ni entregábamos la facultad.

Para nuestra fortuna no quisieron echarnos a madrazos del edificio y sí en cambio la demanda encontró apoyo suficiente en el consejo universitario (que sesionó en Medicina, me acuerdo) y designaron al arquitecto Segarra como director, claro, disfrazando el cargo con un eufemismo, algo así como «responsable de la dirección» o «director interino».

Pues bien, ese año escolar fue para nosotros (Mendo, Higinio, Marisela, Rosa Estela Méndez, los compañeros del MSF, Margarita Valdivia, ¡Chelín y Clemencia! mis hermanos, el enano Cantú, esa otra banda) un año peculiar: mucha actividad política y casi nada de actividad académica.

Y para nuestras actividades revolucionarias que debieron haber cambiado al país (¡pero no sucedió, quién sabe por qué!) utilizábamos las instalaciones y equipo de la escuela como patrimonio de la Revolución -como era en realidad, qué chingao, y nosotros sus representantes en Veracruz, cosa que al arquitecto le causaba infinidad de broncas.

Un día nos llamó a la dirección (a Mendo, Higinio y yo) para hablar sobre eso y, con Mendo y conmigo, sobre nuestro desempeño académico ante la proximidad de los exámenes finales y nuestra infinita cantidad de faltas, que nos impedían presentarlos.

Trató de razonar con nosotros respecto al uso abusivo del patrimonio de la escuela, pero nosotros no razonábamos, ¡¡¡teníamos la verdad en las manos!!! y hablábamos en nombre de la Revolución (dios, la juventud!!!) y bajo estas premisas nos negamos a escuchar sus argumentos y llegamos muy lejos: Higinio lo llamó, ante mi complacencia y el espanto de Mendo, guardia blanca.

Eduardo  Mendo (+) y Magdalena Mulia inseparables amigos en la antigua Facultad de Periodismo y partícipes de la anécdota con el director de la escuela, Enrique Segarra Tomas, que hoy compartimos con ustedes

Espíritu superior al fin y al cabo, el maestro Segarra no tomó el exabrupto como la horrorosa ofensa que era, sino que….¡se puso a pensar si teníamos o no razón! (No merecíamos semejante grandeza, pero ¡cuánto la agradezco!) …

Segarra II:

El maestro respondió indignado al insulto y nosotros reculamos, por supuesto, y no llegamos a ningún acuerdo: en lo posible, nosotros seguimos usando mimeógrafos, esténciles (¡prehistoria! ja ja), megáfono, teléfono y cuanto pudimos para seguir con nuestras actividades políticas, y se hizo de la vista gorda tanto como pudo.

Respecto a Mendo, yo y nuestras faltas, nos preguntó qué habíamos hecho a lo largo del año que nos había impedido asistir a clases y le respondimos la verdad; nos argumentó entonces que él, con Lenin, pensaba que uno de los más altos deberes del revolucionario era cultivarse, cultivar su inteligencia y ampliar su cultura.

Nos dijo que Marx, Lenin, Fidel etc. etc., nunca hubieran podido hacer lo que hicieron por la humanidad si no

Tercer Reencuentro de Egresados de la Generación 69-73 de la Facultad de Periodismo, hoy FACICO, en Xalapa y Chiltoyac, Ver


Por Dolores Roa Romero, egresada de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

De izquierda a derecha, arriba: Miguel Angel Cristiani, Rosa Aurora Torres, Abigail Hernández, Mariela Cházaro, Rodolfo Calderón, Higinio García, Yolanda Sosa; abajo: Rebeca Herrador, Alfonso Dávila, Rodolfo Mata y Dolores RoaPleno de grato ambiente y cordial camaradería se reunieron al pasado día tres de Diciembre, un grupo de egresados de la Facultad de Periodismo de la U.V. , hoy (FACYCO) genración 1969-1973, en un desayuno que tuvo lugar en el tradicional café de » La Parroquia» ubicado frente al hermoso parquer» Juárez » de la bella ciudad de las Flores, Xalapa, celebrando el trigésimo octavo aniversario de haber egresado de las aulas universitarias.

Al punto de las 8.45 a.m., empezamos a reunirnos en el mencionado café habiéndonos trasladados  desde diferentes puntos de la república en donde realizamos nuestras actividades cotidianas y de labor periodística y docencia, para asistir a este tercer reencuentro generacional y para estrechar más los lazos de amistad, buen compañerismo y mutuo entendimiento.

Durante el exquisito desayuno que degustamos, y entre  este flamante grupo de compañeros universitarios,  no podrían faltar comentarse diferentes tópicos de mesa y de efervescencia  politica donde hubo tambien bromas, chascarrillos y anécdotas,  sobre todo recordando las vividas en la época estudiantil.

Al mediodía nos trasladamos al pintoresco poblado de Chiltoyac donde previamente fuimos invitados por la compañera Yolanda Sosa, quien generosamente fué una excelente anfitriona, que en conjunto calificamos de 10, donde fuimos recibidos por sus familiares bajo un ambiente grato pero sobre todo con una suculenta mesa a base de comida mexicana donde no podía faltar el tradicional mole, arroz, frijoles refritos, chiles rellenos, adobo de cerdo, rajitas poblanas, salsa de chicharrón, picadillo, carne deshebrada, tortillas de manos, refrescos, vino pastel,wiski, tequila  y vino de mesa, así como un dueto musical que amenizó el convivio por varias horas interpretando bonitas y alegres melodias del ayer y hoy.

Durante la sobremesa y al calor del ambiente surgieron «los talentos ocultos» donde pudimos