“Los 6 García”, una apuesta ganada en torno a la idiosincrasia de la infidelidad en los hogares mexicanos


por Rodolfo Calderón Vivar

por Rodolfo Calderón Vivar, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Una sorprendente puesta en escena lo  es  la obra  “Los Seis García”, producida por la Compañía Titular de Teatro de la Universidad Veracruzana, que aborda el drama de la infidelidad tradicional de un sector poblacional  de los mexicanos, inmersos en la perspectiva de la casa grande y la casa chica, con todas sus ulteriores consecuencias en la atención y desatención, la discreción y la indiscreción y las consecuencias del impacto emocional  para los hijos, indefensas consecuencias de pasiones y afectos que se cubren y descubren en la cotidianeidad de nuestro costumbrismo mexicano.

Basado en un texto de  Luis Mario Moncada, el autor y actor sonorense que ahora dirige a la ORTEAUV,  la irrupción de un conjunto de actores de la Universidad Veracruzana en el escenario del tablado de la Sala Dagoberto Guillaumín, en la capital xalapeña,  se convierte en un incesante espectáculo trágico cómico, con más sentido de drama sensible aunque provoque carcajadas diversas, en la magia de unas actuaciones relevantes por la madurez, sensibilidad y sentido de apropiación de los personajes por parte de este excelente conjunto de actores universitarios.

La plasticidad de la escenografía, producto de la inspiración de Ericka Gómez, bajo la dirección de Rocío Carrillo y la asistencia de ésta por parte de Raul Santamaría, realmente nos trasporta a momentos distintos y cruzados de la vida de familiares implicados en un mismo origen patriarcal, muy a la mexicana, en el marco modular y ágilmente movilizado de casas grandes y casas chicas, que aparecen, bríncandose los personajes en uno a otra escena, en una  singular ilusión de lo que en la vida real debe ser una apabullante mundo de frustraciones y limitaciones de vida, más bien dobles vidas, con mucha gente involucrada de por medio.

Con apoyo en fuentes antropológicas y una revisión de lo que ha sido la historia de las casas chicas y casas grandes en nuestra historia familiar mexicana, el talento de Luis Mario Moncada nos da en su estructura dramática una cascada de sentimientos que se agolpan  en los actores que se van convirtiendo en padres y madres en hogares compartidos por el macho dominante pero ocultos, a ojos cerrados por los verdaderos  gestores de esta veta de infidelidades, hombres y mujeres llenos de pasión, que deciden vivir entre las sombras y las semipenumbras cotidianas, la historia de una pasión que se vuelve costumbre riesgosa, siempre al filo de ser descubiertos, o cachados dirían los mexicanos, en la movida del segundo frente.

Se observa un trabajo de investigación que respalda la construcción dramática de esta obra. No se dejan cabos sueltos detrás de los detalles de que significan las casas grandes y las casas chicas en nuestro México. Es más, no es gratuito que la profesión de los dos principales personajes de la obra, Don Carlos y Don Roberto Carlos, coincidan en cuanto a que se dedican al ejercicio de la medicina.  La vida de los doctores, en su agitada vivencia de hospitales y contactos con personal femenino, de manera muy cercana, de su mismo profesión o del ramo de la enfermería, y aún con las pacientes, constituye una fuente interesante que ha dado pauta a consejas y mitos en nuestra sociedad tradicional, sobre la infidelidad como parte de su existencia. Claro está que puede ser un gran mito, pero los ambientes y las historias al respecto no dejan de fluir en nuestra sociedad mexicana.

La trama tiene matices del teatro costumbrista de finales del siglo XIX y gran parte de la primera mitad del siglo XX en México. Hay evocaciones del estilo teatral de la dinastía  Soler en algunos de los cuadros, con un tema que, en aquella época, hubiera sido imposible de ser presentado con la rudeza del tema mismo: el de la infidelidad conyugal (que no del adulterio, como lo marca el programa de mano entregado en la función de la obra). Pero el tratamiento moderno de ese  resabio de costumbrismo de la obra que rompe el tímido moldeo de temas familiares de ese estilo teatral, muy en boga en los ámbitos españoles, se rompe cuando nos damos cuenta que todo y los rencores y los reclamos, las víctimas no lo son tanto (en este caso los hijos) sino también cómplices de esa forma de ser de las familias sostenidas por un solo hombre, pero con una y hasta tres mujeres. Y que deviene de la forma de ser de las costumbres hipócritas de la época. El tema es muy poco tratado de esa manera tanto en la literatura como en el el montaje escénico. Raya pues en el cinismo de que todos lo saben y todos están conformes. Pero también, a la postre -tarde o temprano-  les provoca dolores profundos por esta identidad confusa de ser o no ser los únicos hijos posibles en un solo hogar, sino en hogares a ratos ocultos para ventaja del progenitor escurridizo que brinca de casa en casa

La dirección de la obra es puntual y sin exagerar en matices fársicos de las actuaciones. Aunque las situaciones muevan a risa, hay una angustiosa realidad y drama de por medio. Hay matices que permiten identificar,  detrás de la máscara teatral, a personas de carne y hueso que conocemos, o hemos conocido en la vida cotidiana. Para lograrlo es preciso no caer en la caricatura ni en la exageración gestual o en la sobreactuación. Se provoca la risa porque en sí, porque ésta tiene un aspecto catártico. Aún la representación de las costumbres totonacas, más abiertas a la poligamia y al amor en comunidad que las férreas cadenas del ser español católico, conllevan a plantearnos un drama  social al desterrar  del paraiso terrenal a los habitantes de estas tierras para encerrarlos en un mundo de apariencias engañosas sobre la monogamia estricta que predica el cristiano occidental.

El ritmo de la obra es muy dinámico. De por si ya casi no se ven obras de tres o más actos en el teatro actual, por lo que el manejo de los tiempos debe tener especiales énfasis para evitar aletargamientos entres los espectadores, algunos muy jóvenes y poco afectos a dedicar mucho tiempo a espectáculos teatrales.  Está muy bien planeada la transición de cruces de personajes entre escenas sucesivas de muy corta duración que nos dan un panorama general donde conocemos, y reconocemos, las inquietudes externas e internas de cada uno de los personajes. El amor sincero  de cada uno de los infieles con sus parejas, en sus respectivas ambas casas, agrega un elemento emotivo que también impacta en el ritmo de la obra. Nos provoca simpatía hasta cierto punto, e interés constante hasta donde puede proseguir firme el amor planteado entre escena y escena. Esperamos con ansia esos cambios porque realmente nos motiva el saber cuál es el desenlace que por más que se hace predecible hacia un final feliz, nos deja con la expectación de que personas tan buenas y amorosas, en sus respectivos dobles hogares, no pueden dirigirse de ninguna manera hacia un final trágico. Aunque si hay una separación evidente de una de las parejas legalmente casada.

Da gusto ver a un Héctor Moraz, en el papel de Don Carlos,  transformado en ese sempiterno patriarca, origen del engaño y a la ver certeza de dos amores en su vida, que sin llegar al tono caricaturesco que pudiera ser el riesgo de una actuación de ese tipo en una farsa común y corriente, nos llega a impresionar por la magnificencia de su sangre fría para aportar a la doble moral para enfrentarse con cinismo, hasta el último momento, a reconocer la ambigüedad de sus relaciones amorosas con sus dos mujeres, abnegadas y querendonas, que todo le soportan, con disimulos, pese a conocer entreambas, que comparten  un mismo hombre, al cincuenta por ciento, o cien por ciento, en los ratitos donde lo tienen en sus hogares.

Rogerio Baruch, como el Dr Roberto Carlos,  en actuación que a ratos es sobria y otras tantas inmersa en un inusitado paroxismo del hijo el patriarca que repite el esquema conyugal, doble y mentiroso, para sostener dos familias, al igual que su padre, pero sin la aparente dignidad cínica y dominante de su progenitor, pues se derrumba precisamente ante él, en el último acto de la obra, que dura aproximadamente dos horas media, con tres actos de desarrollo.

Alguna vez, Emilio Carballido platicó a un amigo en común que Juana María Garza era una de las más excepcionales actrices de la compañía de teatro universitario en cuanto a la  manera como pisaba y se desplazaba en el escenario. Carballido dijo a amigo: “Nadie como Juana María para moverse, pisando bien el escenario”. En “Los Seis Garcia” se puede corroborar su talento, como el segundo frente del patriarca. Incluso hay una excepcional secuencia de baile con Alba Domínguez, la primera  dama del patriarca, que es un excepcional duelo entreambas, simbolizando todos los años vividos de lejos, y a la vez de cerca, a través del mismo cuerpo compartido de Don Carlos.

Rosalindo Ulloa, como el segundo frente del hijo de don Carlos y Gema Muñoz, como la dueña oficial de los amores de Roberto Carlos, también nos dan una patética representación de  relación final entre las dos mujeres que comparten al mismo hombre, pero a la vez en medio de la tragedia de una que se está muriendo y otra que decide abrirse a la vida de libertad, sin el macho compartido, para dejar una vida de oscuridad al amparo de un hogar en donde, como una forma de rebelión y de autodeterminación, no dudó en encontrar a amantes que compensaran las infidelidades de su marido. Ulloa tiene un papel angustiante, resignado  y congelado en un marchito final de vida. GEma Muñoz, en contraparte, una mujer que vuelve a la vida cortando el lazo matrimonial con el marido infiel. Ambas bien plantadas en la escena, en una doliente alianza final entre dos rivales, más de que amores, de dolores compartidos.

Que decir de las actuaciones de los jóvenes Brisel Guerrero, Karina Meneses, Juan Pablos Becerra, Angelica Chong y Yair Gamboa. Son parte esencial de la trama que se va anudándose cada vez más hasta la confrontación final con el patriarca hipócrita, pero bueno y protector, que se derrumba ante las evidencias que poco a poco lo van cercando en una historia de casas chicas y casas grandes que forman una sola e indisoluble comunidad.

Raúl Pozos, Marcos Rojas y Miriam Cházaro  cierra el círculo de esta extraordinaria obra que muestra el gran nivel de calidad que ha alcanzado nuestro Compañía Titular de Teatro.  Lamento profundamente que temporadas como esta de “Los Seis García” sean tan cortas, no más de 10 presentaciones, que privan a un mayor número  de público del disfrute de teatro de primera en nuestro estado de Veracruz.  Algo habría que hacer al respecto en las políticas de difusión cultural de nuestra universidad.

Bien por todo el equipo técnico de la obra en diseño, vestuario, música, movimiento de escenografía y todos esos detalles que confluyen no solo en las mágicas transiciones de todas las escenas de la obra, sino también en ese cuadro magnífico que nos recrea el origen supuesto de la infidelidad de los mexicanos, remontados a la época de los totonacas enfrentados a la cultura de represión moral de los curas católicos que vinieron a frenar su amplia diversidad en la costumbre de generar familia con la participación de muchas mujeres en comunidad. El cuadro mencionado es de una coreografía excepcional, amen del diseño bien estilizado de los personajes prehispánicos, ataviados con máscaras propias de la cultura totonaca  y la monumental escalinata de la pirámide. Es una  joya visual que agrega un plus a la obra. Y también una joya sonora dada la composición musical que sirve de fondo. Por cierto hay un momento crucial, en cuanto a lo auditivo, cuando se escuchan a todos los personajes hablando al unísono, sin que podamos percibir lo que dicen, como si eso no importara, pues se trata de la escucha, por parte del público de  la combinación de diálogos que da vida a cada casa por aparte  en un mismo instante, volviéndose íntima cada plática, sin acceso posible para el público, que se queda al margen de lo que hablan en esa secuencias de voces amontonadas de una sola vez. 

Es tal el manejo visual de la composición escénica que las mesas dispuestas del festejo final del patriarca infiel nos lanza, de repente, a la reconstrucción de una imagen parecida a la Ultima Cena de Da Vinci, que se puede percibir en la distribución de sillas y mesas  que asemejan la misma posición de los comensales en dicho mural    mediante las líneas  escenográficas en donde se sitúan todas las madres y todos los García casí al término de la obra. El patriarca asume por supuesto el puesto central. Hay también   de una gran estética visual en  el manejo de sombras y colores en las escenas de primeros y segundos pisos, así como en el vestuario que marca muy bien la diferencia generacional de los participantes.

Además del placer de ver una obra de estas características, no puedo negar su fuerte mensaje, que pese a las risas y al ambiente de sainete del montaje, nos hace vibrar con la emoción que orilla a las lágrimas, al percibir el drama intenso de los hijos, en estos enredos de pasiones y dobles vidas, generados por los amores compartidos de sus progenitores. Recomiendo ampliamente esta obra y vuelvo a aplaudirla, como lo hice en el teatro gritando: “Bravo”, y lo vuelvo a decir al escribir esta reseña en mi computadora..

#Los6arcía #SomosDifusiónUV #75AniversarioUV

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.