ALVARADO, LA LUZ QUE TODAVÍA BRILLA.


+ Recuerdo la casa donde nací que ya es otra…
+ Los vecinos que se fueron y no volverán…
+ Toda una vida de recuerdos felices…

por Ruperto Portela Alvarado.

Por Ruperto Portela Alvarado, egresado de la facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Veracruzana, desde Tuxtla Gutiérrez, Chiapas

Si la vida, el tiempo que se fue es la añoranza, los recuerdos serán los días que volvemos a vivir. Así es mi memoria histórica que me devuelve todos aquellos momentos felices de mi infancia, mi juventud y primeros años de mi edad madura.
Recuerdo bien aquella casa donde nací, con el número 33 en la fachada donde también nacieron mis hermanos con la asistencia de la partera del pueblo, doña Socorro Palencia. Casa que fue refugio de muchas carencias pero muy ricos en un calor de hogar, con fachada de ladrillos y pintada del color que se le ocurría a mi madre “Doña Goya”, Gregoria Alvarado Valerio o mi papá, Celedonio Portela Sánchez, “Don Cele” y donde ahora viven mis hermanas Aída Luz y María Vicenta, como una herencia de amor y fortaleza.
Como ayer, recuerdo hoy la gran puerta de madera de una sola hoja y por dentro una imagen de San Martín Caballero adornada siempre con una cruz de palma que permaneció por mucho tiempo expuesta a nuestras miradas y la devoción del Santo. Había en esa puerta un agujero por el que cruzaba un cordel atado a la cerradura para abril por fuera sin tocar.
Del lado derecho o izquierdo, según desde donde se le viera, había una gran ventana semicircular de madera, que daba desde medio metro del piso hasta casi llegar al techo. Tenía más o menos 16 barrotes y en medio un travesaño bien torneado que hacía lucir su arquitectura pueblerina.
En ese espacio semicircular de la ventana cabía y se acostaba a estudiar mi hermano Daniel Portela Alvarado, quien siempre fue un aplicado estudiante, un muchacho con buenas calificaciones y de mucha disciplina.
En tiempos de norte y lluvia, cuando teníamos que salir a los mandados o entregar a domicilio los zapatos que mi papá reparaba, regresábamos corriendo y antes de llegar a la casa gritábamos: “ábraaanme la puertaaa” y como de rayo y el divino ábrete sésamo, alguno de mis hermanos corría a abrirla.
En esos tiempos no se había dividido la casa y el terreno que la mitad se la regaló mi mamá a su sobrina “La Güera”, pero esa ya es otra historia. Era una sala con su cocina y comedor; al lado un cuarto grande donde dormíamos todos y al fondo un gran patio con un majestuoso árbol de jinicuile, vaina o machete como le dicen en Chiapas.
Bajo ese grandioso árbol que por mucho tiempo nos dio sombra y donde mi padre sacaba su mesa de herramientas para trabajar la zapatería y oír las noticias de la “XEU de Veracruz” y la “XEW”, la Voz de la América Latina con los “5mentarios” de Agustín Barrios Gómez; las narraciones del automovilismo de Rodolfo Sánchez Noya; “Tres Patines”, “El Ojo de Vidrio”, “Kalimán” o radionovelas como “Alicia, Una Flor en el Pantano” y “El Ruiseñor del Barrio” con Silvia Derbez. También “Revista Nescafé” –que tenía de fondo la canción “La Paloma”– con Jacobo Zabludowsky. Recuerdo era un radio “Magestic” negro que lo conservamos por mucho tiempo.
La “U de Veracruz” era la gran radiodifusora. Se oía en todo el Estado con una extensa cobertura noticiosa y programas culturales como el de “Escuche y Aprenda” con el Señor del Micrófono, don Ernesto Díaz Reyes y otro connotado periodista que se distinguía como maestro de ceremonias oficiales, de quien tengo su imagen y excelente voz, don Luis Olan y Aguiler que me lo recuerda mi compañero “sesentero” de la Escuela Secundaria Bachilleres de Alvarado, Salvador Zamudio Ferreira. Escuchábamos también la “XEFU de Cosamaloapan de Carpio, transmitiendo con cinco mil watts de potencia”. Ahí escuchábamos un programa con canciones de Daniel Santos y al medio día –no sé si todavía—se oía el “Ave María”.
Como éramos nueve hermanos –y una niña de nombre Gracielita que ya había fallecido— nos sentábamos a la mesa para comer, lo que había, unos en sillas y otros en rejas en que se empacaban los tomates. La mesa era grande y a un lado estaba la estufa donde no podría faltar la olla de café y el comal para las tortillas que mi madre palmeaba todas las mañanas.
Una de esas mañanas, estando sentado en una reja de tomate y al tratar de pararme, se me clavó en la espinilla de la pierna, un clavo que sobresalía de la puerta que dividía a la cocina con el patio. Fue una gran herida que hasta la fecha tengo la cicatriz de ese doloroso recuerdo. En lo que teníamos por sala, mi papá tenía su taller de zapatería.
Frente a nuestra casa vivía la familia Peña Cruz, los esposos don Guillermo Peña que le decíamos el “Negrito Peña” y su esposa doña Rosalbina Cruz. Su hija Camerina fue una extraordinaria mujer, que, aunque nunca se casó, tuvo la virtud de criar cenzontles a los que enseñaba a cantar y silbar, alegrando la barriada. Su hermana Juana Peña “La Negra” me pagaba por hacerles los mandados y también irle a comprar sus tacos ahogados con “Pompeyo” frente al Cine Juárez, que le llevaba corriendo porque se los quería comer calientitos.
Otro personaje del barrio era “Tío Papalipe”, papá de Felipa Enríquez, la esposa de Ricardo Tiburcio que tuvieron varios hijos, entre ellos a “Felipe el Loco”, “Toño Mamailla”, Lilia, Ricardo, Licha, Tella y Lupita. A “Tío Papalipe” lo conocí ya viejito con sus barbas blancas y su caminar de santón. Tenía un predio donde sembraba maíz, pero también con árboles de mango y papaya que eran una delicia. En la esquina de la calle Aldama vivía, en un terreno lleno de plantas, doña Carmita Raymundo y al otro lado “Doña Mello” con sus hijas “Mela”, “La Güichita” que se dedicaban a palmear y vender tortillas.
Al lado de nuestra casa vivía Regino Yépez, el famoso “Cardenal”, hombre de gran corpulencia que se dedicaba a barrer las calles acompañado de Petra Pastrana y también a vender paletas que hacia don Moise –Moisés Coronado, –papá de mí amigo Sergio Coronado, “La Quilla”– en los carritos de su nevería “La Polar”. Rosa “La Cardenala” Yépez Herrera y su hermana Micaela, nunca pasaban desapercibidas en el barrio y menos sus hijos Regino y Toño Bravo, mis primos –hijos del Negro Bravo Portela, hermano de la inolvidable Juana Bravo– y Beto Yépez, mi buen amigo “El Pata de Águila”, como le decía Panchirrique Alceda.
En ese barrio también vivía Pancho Alceda y su esposa Luisa Cruz; al lado “Los Pastoritas” hijos de Salvador García “El Manglareño” y doña Pastorita. No se puede excluir del esta historia a Vicente “El Aleluya” Valerio y su esposa doña Juanita Figueroa. Casi en la esquina vivió Feliciano “Chanín” Rascón y su inseparable Carmen Arano, papás de mi amigo de infancia y compadre, Manuel “La Burra” Rascón Arano. Igual vecina era doña Nicolasa, mamá de Dionisio “Nicho” Rascón, al que le decían “Mi Rey” porque así lo llamaba su padre.
No me debo olvidar de otros vecinos de la calle Madero como Amparito Zamudio que vivía en la esquina y junto había otra casa que rentaba su papá. Seguido unas gradas y estaba la casa de don “Juan Canchán” que era carpintero; después una casa donde vivió doña Lupe Valerio y más abajo don “Pepe Cachimbo” Ferrer, papá de los beisbolistas Millo, Chema, Nicolás y su hermana Olga y ya bajando las escaleras, “Chano El Jefe” con su mamá y hermanas.
La historia de vida en la calle Madero es muy larga como su avenida desde la rivera del boulevard Juan Soto hasta la esquina del parque deportivo de la calle Rockefeller, que recuerdo atiborrada de tierra blanca donde podíamos jugar luchas, can can, una dos manita y tres; el burro seguido (el ponteburro) o sentarnos a platicar, contar cuentos o comer queso con chile curtido que comprábamos en la tienda de doña Olga Azamar y don Esteban Román, en la alta calzada de la casa de Dimas Zamudio.
Calzada de los recuerdos fue la de los Peña, frente a nuestra casa, donde mi papá se sentaba por las tardes a leer el diario deportivo “Esto” que junto con el “Sol de México” mi mamá era la concesionaria, mientras poníamos la tarima con venta de dulces, naranjas, naches, mangos o lo que fuera, en tanto nosotros los hermanos con algunos amigos la “agarrábamos” de salón de fiesta para nuestras tertulias y tomar cerveza.
A la vuelta de la esquina por la calle guerrero vivió mi padrino Felipe Zamudio Mora, “Felipete”, un personaje alvaradeño al que no le han sabido reconocer en el esquema de la historia popular sus virtudes, como la de ser el único torero que ha tenido Alvarado; un excelente trompetista que supongo fue quien enseñó a mi primo “Panchopolín” a tocar este instrumento con gran maestría, además de ser un ranchero próspero y amable repartidor de leche a caballo, de domicilio en domicilio. Tal vez el próximo artículo esté dedicado al singular “Felipete”…
Con un saludo desde la Ciudad del Caos, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, tierra del pozol, el nucú, la papausa y la chincuya…
Para contactarme: rupertoportela@gmail.com
Agencia55.mx Yujuyuju

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