Encuentro con chaneques


por Paul Martínez

 

por Paul Martínez, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Hace muchos años deje de transitar por los caminos de la religión. por conveniencia, congruencia y fe, adopte lo que dice el vate Joaquin Sabina , “Yo que nunca tuve màs religión que un cuerpo de mujer” Sin embargo, a lo largo de mi vida he sido testigo de situaciones que rebasan la lógica màs elemental. Probablemente a quien sigue algún dogma pueda explicarlo desde esa óptica, yo solo lo llevo a lo anecdòtico . Mi encuentro con los chaneques .

Ese día, por alguna razón, no hubo clases, a lo mejor era periodo vacacional o día de asueto. Mi hermano y yo jugábamos en el patio de la casa, hacía un calor insoportable, pero el gusto de estar ganando el partido de beis a nuestros vecinos nos animaba a seguir bajo los rayos del sol. 


Llego la hora de la comida y mi madre pidió ir a comprar tortillas. Recientemente se había instalado una máquina para hacer las mismas y la novedad llevaba consigo el hacer largas filas para adquirir un kilo del producto. A mi desde siempre el esperar turno para lo que sea es algo que aborrezco, por lo que me resistía a hacer el mandado.
Mi hermano, solidario, se ofreció a ir conmigo para hacer menos desagradable la encomienda. A sugerencia de él optamos por cortar camino e internarnos por una finca, todo iría bien siempre y cuando el dueño de la misma no nos sorprendiera, de lo contrario tendríamos que correr para alcanzar la salida. 


Todo estaba sin novedad, presurosos cruzamos el terreno, sin embargo, a la mitad del terreno. unos aplausos muy fuertes nos llamaron la atención. Mi hermano, más audaz que yo, se subió a una pequeña barda para ver de dónde provenían los aplausos, me ayudo a subir a la misma y oteamos al terreno contiguo. 


Lo que vimos sí que nos pareció raro. Alrededor de un árbol varios personajes daban vueltas agarrados de la mano, después de algunas rondas, se soltaban y aplaudían. Todos vestían de la misma manera, camisetas a rayas de colores y pantalones que les llegaban un poco debajo de las rodillas. Eran pequeños y sus rasgos faciales no daban una idea de su edad, todos tenían orejas puntiagudas y a pesar de que parecía una celebración no se reían. 


Fueron pocos minutos los que estuvimos viendo ese ritual, el cual nos pareció muy aburrido. Nos preocupaba más que mi madre nos regañara por tardar con las tortillas. Bajamos de la barda sin dar mayor importancia a esas criaturas. 


A los pocos días, tomando café con mi abuela, le comenté nuestra hazaña. Abrió los ojos en señal de sorpresa y me dijo “! chamacos cabrones, ustedes vieron a los chaneques ¡” Se persigno y dio gracias de que no hubiera pasado a mayores. Me comento todo lo que estos personajes pueden hacer y por supuesto, lo más importante que no debíamos hacer si los volvíamos a ver. Nunca más sucedió, los chaneques fueron buenos con nosotros… o eso parece.

 

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