En Pocas Palabras… Mi viaje


por María Elvira Santamaría Hernández

Por Elvira Santamaría Hernández, egresada de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Recientemente recorrí unos 18 mil kilómetros cruzando dos veces el océano Atlántico. Con la venia de la casa editorial en la que trabajo, los buenos deseos de mis hermanos, mis hijos y sus familias y el patrocinio de mi esposo Fernando, fui en pos de imágenes, de sabores, de olores; de historias y leyendas de países viejos y culturas eternas. Iba del brazo de mi padre don Dionisio y de mi madre doña Evangelina que con su espíritu joven -ocho décadas de existencia una y casi nueve el otro-, querían también redescubrir lo leído, disfrutar lo escuchado y conocer lo desconocido.

Y me topé con todo eso o mejor dicho, nos topamos con todo y más de los esperado. Miramos arrobados paisajes hermosos, enmudecimos ante obras de arte excelsas, contemplamos monumentos magníficos, miramos a la gente, sus rostros, sus calles, préstamos atención a sus acentos y escudriñamos en sus historias, remontándonos muchos años atrás, pero apreciando también su andar en el presente.

Queríamos absorber lo más posible, adherir a nuestras mentes y sentidos tan diversas y enriquecedoras expresiones de cultura. Ningún tiempo era suficiente para colmarnos, pero sí lo fue para que tuviéramos oportunidad de conversas en charlas felices, lo mismo con personas de vastos conocimientos y de diferentes países, que con espíritus simples y de diestras manos capaces de tallar la madera con amoroso cuidado -como el restaurador que nos permitió entrar a su taller en Toledo y apreciar su magistral labor entre virutas y formones-, o de preparar un delicioso chocolate como el que nos sirvió una bella catalana, que desde su hermoso café en Barcelona, anhela venir a México y conocer los paisajes agrestes de Chiapas y al “comandante Marcos”.

Recorrer Zaragoza, Madrid, pasear por la Gran Vía y de la manera más cursi acordarnos de la canción de Agustín Lara era cosa segura. Mis padres y yo nos reíamos con ganas mientras reflexionábamos en lo predecibles que somos los turistas.

Mirar de cerca la recargada obra arquitectónica de Gaudí en Barcelona y caminar por Las Ramblas era imprescindible en nuestro itinerario. Sitios, historias, anécdotas, tantos y tantos detalles que sería difícil enumerar.

Imposible perdernos la visita y las explicaciones de los famosos sitios históricos que tanto deseábamos recorrer en Roma, Venecia, Florencia, Padua, Asís, El Vaticano, Génova, Nápoles, Pomapeya, capri, Niza y tantos lugares más. Aprovecha vamos los días al máximo; volvíamos al hotel exhaustos y contentos.

Sin embargo, las vivencias más intensas y más inolvidables que me brindaron estos días de recorrido por el llamado Viejo Mundo, van más allá de los monumentos, los paisajes y las pinturas.

No se produjeron frente a la Torre de Pisa  o en lo más alto de la plaza de San Marcos; ni siquiera bajo la maravillosa obra de la Capilla Sixtina o contemplando La Piedad de Miguel Ángel. Lo más extraordinario de mi viaje pasó en una habitación de un hotel de Venecia:

Por primera vez, después de más de cuarenta años compartía el dormitorio con mis padres. Recostada en mi cama escuchaba sus respiraciones. Cuando éstas se hicieron más acompasadas y me di cuenta de que se habían quedado dormidos y descansaban serenos, me invadió un profundo sentimiento de agradecimiento y felicidad. Estaba yo ahí, con ellos, haciendo realidad un anhelo. Mi padre con su vista disminuido y su gran espíritu, capaz de emprender a sus ochenta y ocho años un viaje en avión por más de once horas y llegar dispuesto a conocer y disfrutar. Mi madre con su voluntad y buen talante, siempre accesible y entusiasta, decidida a no cansarse aunque seguramente resentía el trayecto.

Reviví las miles de veces que ellos llevaron a la numerosa familia que éramos -ocho hijos-, a diferentes sitios; recordé a mi padre fuerte y joven subiendo en bicicleta la empinada calle para llevarnos a la escuela a mi hermano Miguel y a mí; o nadando con poderosas brazadas en el mar de Veracruz. Rememoré a mi madre atendiendo a la vez a mis hermanos y a mí, a mi padre y la casa. Nunca se enfermaba, solo estaba en cama cuando nacían sus hijos. Siempre resistiendo, siempre sobrellevando.

Ellos, don Nicho y doña Eva, esos padres fuertes de cuerpo y espíritu, personas ahora de avanzada edad, volvían a cobijarme, aunque esta vez correspondería a mí el protegerlos.

No crean que duré mucho despierta, yo también estaba cansada de la travesía México-París-Venecia. Pero el darme cuenta del gran privilegio que tenía al compartir con mis padres esta aventura, me conmovió profundamente,

A partir de esa noche, ellos fueron las figuras centrales de mi viaje por Europa y me brindaron el más hermoso gozo del que siempre estaré agradecida.


(Escrito publicado
en el Suplemento Foro
hace una década)

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