Mañana de Septiembre


por Adolfo G. Riande

Por Adolfo G. Riande, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana, desde Sonora
Por Adolfo G. Riande, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana, desde Sonora

La mañana texcocana comienza como cualquier otra. El reloj está por cruzar las 7:30 hrs. de aquel septiem­bre de 1985. Las prisas y carreritas se suceden para llegar tarde a cualquier sitio. Salgo del baño, en tanto mi esposa me dice:

–¡Está temblando!

Trato de calmarla con un: ”No te preocupes”, y continúo con un: ”mi amor, en estas fechas siempre hay temblores en el centro del país”. Termino mi frase de conocedor de movimientos telúricos, con un: “Tráete a los niños y coloquémonos bajo el arco de la puerta, eso siempre funciona”. Y ahí estábamos, Loyis, mi esposa; Herschel, Daniela y yo, acurrucados bajo el marco de la puerta, entre las dos recámaras de nuestra
casa, en el 116 de la calle Abasolo, ahí en la mera capital mundial de los tlacoyos y la barbacoa.

Fotografía de Adolfo G. Riande 1985

La mañana del 19 de septiembre, empezaba a dejar la tranquilidad de lado. En una modesta Hitachi, mi
esposa busca inútilmente la imagen de Televisa para sintonizar algún noticiero. La búsqueda es inútil y se
torna desesperante. La pantalla sigue sin imagen, y sólo rayas horizontales aparecen fugazmente.
La perilla del selector de canales, por fin haya un canal, el 13, y las imágenes de lo inesperado empiezan a
inundar de dolor, coraje y luto. La tragedia iniciaba su recorrido por todo el mundo. Las primeras imágenes
del 13, mostraban una Ciudad de México lacerada. Las tomas nos llevaban directo hacia escombros, confu­siones, gritos y clamores de muerte y desconsolación.
Terminé de desayunar con las escenas apocalípticas, aunque la tragedia por descubrir vendría más adelante.
Me dirigí hacia el Colegio de Postgraduados, para platicar con el Dr. Faustino Ortiz sobre diferentes temas
del quehacer institucional. La plática no duró mucho, con su acostumbrado estilo alvaradeño, aunque en
realidad él es de Michoacán, me dijo:
–¿Y tú qué estás haciendo?
–¿Haciendo qué?
Contesto entre sorprendido y anonadado.
–¡Deja esto y vete con tus amigos a ayudar a los del temblor!

Fotografía de Adolfo G. Riande 1985

Fin de la discusión, y en menos que canta un
gallo, ya estoy encaramado en una combi, libreta en mano y cubre bocas. El grupo lo conforma­ban: Homero Aliaga, Jaime Morales, El flaco; Felipe Amachi, Manuel González, y yo por supuesto, entre otros tantos estudiantes de ma­estría del CP, y el Dr. Pedro Muro Bowling, de la
Rama de Sociología Rural de la UACH.

Pensé que mis compañeros de la intempestiva brigada estaban exagerando, ¿para qué el cubre
bocas estando tan lejos de la zona afectada?
Cuando la combi y los involuntarios brigadistas
de Desarrollo Rural del CP, atravesaron la zona
del Lago de Texcoco, comprendí el porqué de los incómodos cubre bocas.
Atravesar la zona del lago exigía el uso de estos aditamentos, la polvareda que levantaba el vehí­
culo era en realidad una nube de polvo que se
colaba por quién sabe qué parte, y penetraba
incisivamente, haciéndonos toser y llorar. La
nube era tan densa que podría haberse cortado
con una navaja (¡Ya bájale Adolfo, diría el Flaco
Jaime!)
Debo aclarar que el paso por el Lago de Texcoco
en ese tiempo estaba restringido como una zona
en recuperación ecológica. Como parte de un
grupo arropado por la oficialidad del Colegio de
Postgraduados, se permitió el acceso, como
medida estratégica para llegar más rápidamente a
la zona del siniestro. Y así fue como después de
varios kilómetros de polvo, la claridad, que no la
paz, se vislumbró en algún sitio de Ciudad Neza.
Como caravana de tuaregs de la selva urbana,
llegamos hasta el barrio de Tepito, y ahí
estábamos, listos para mostrarnos como héroes
de ocasión, como científicos sociales en ciernes
para aplicar nuestra ciencia ante la tragedia.
Así fue como después de varias vueltas, de rodeos
por calles y avenidas, sacándole la vuelta a una
zona perturbada, o más bien, la tragedia y los
derrumbes nos hicieron sacarle la vuelta.

Llegamos hasta el bravísimo barrio de Tepito. La combi con sus incipientes brigadistas armados con libreta, lápiz y ¡los ojos más abiertos que nunca!, una pipa con agua potable, ésta se fue por otra parte y ahí nos dio alcance, y una camioneta rodada tres cuartos con ropa, medicina y un tanque con 200 litros de miel de abeja.
Cuando llegamos al puesto de socorros denominado Tepito Indómito, un grupo de vecinos enca­bezado por el pintor Felipe Erenberg, se dirigió secamente al Flaco Jaime Morales:

Fotografía de Adolfo G. Riande 1985

“¿Y ustedes a qué vienen?”
La mirada del pintor, recorrió fríamente a cada uno de los integrantes del grupo. Mirada glacial, en
sus ojos podía leerse un: ¡otro grupito de ayuda! Finalmente, dijo:
“Si traen algo para ayudar, ¡pues adelante!”
La respuesta del Flaco, a nombre del grupo, fue bien recibida por los vecinos.
“Somos del Colegio de Postgraduados, venimos a ayudar en lo que se pueda, traemos ropa, medici­nas, una pipa con agua potable y un tanque de miel.”

El pintor llamó a sus colaboradores y dijo algo, como: “A estos chavos sí ábranles paso, pónganles
una carpa y bríndenles toda la atención.”
En menos que canta un gallo, ahí estaba yo, con mi lápiz, libreta, un chaleco de esos anaranjados
que usan los tránsitos, con un escudo de la delegación Álvaro Obregón, un silbato, y un incipiente
temor de andar en pareja, metiéndome en las callejuelas de uno de los barrios más bravos de la capi­
tal. Pensaba, ¿pero yo qué demonios ando haciendo aquí?
La realidad fue diferente, los tepiteños exhibieron un enorme ejemplo, ante las circunstancias
del momento, nuestra insignificante labor de colaboradores para levantar un censo de las condicio­nes de las viviendas, fuimos objeto de total tolerancia, era increíble nuestro peregrinar por viviendas
de patios de vecindad, esos ambientes como sacados de las páginas que describe Lewis en su mítica
Los hijos de Sánchez. Sin proponérnoslo, por momentos fuimos otros tepiteños más.
Posteriormente, nos informamos, como en tiempos de tragedia los grupos de voluntarios briga­
distas hacen su peregrinar, como deseosos de aparecer en escena, algunos sin armas, ni estrategias
claras, pero con ganas de ayudar, que finalmente terminaban por estorbar. No fue el caso de
nosotros.

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