En Pocas Palabras…Las manos en tiempos de pandemia.


Por María Elvira Santamaría

por María Elvira Santamaría Hernández , egresada de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Por décima segunda ocasión estoy lavando mis manos en este día. Miro la abundante espuma que las cubre a fuerza de tanto frotarlas y luego observo como el agua las enjuaga llevándose los potenciales enemigos invisibles de mi salud. Es un ritual que ahora ocupa el tiempo y la concentración que antes dedicaba a otras rutinas que hoy ya no tienen cabida en mi vida cotidiana.
◦ De repente siento ardor en uno de mis dedos, es en la yema del cordial derecho; veo una insignificante cortada al igual que otra igual de pequeña en el pliegue de la primera falange. ¿Por qué tengo estas escoriaciones? ¿A qué hora me las causé? Pienso entonces si habrá sido al recortar mis rosales o con el cloro al desinfectar los baños y los pisos de la casa y me regaño mentalmente por estar lastimando mi piel al no hacer las cosas con más cuidado. Luego me perdono también silenciosamente y busco una crema para reivindicarme con estas maltratadas manos que han resentido el castigo impuesto por el despiadado virus que nos ha forzado a la limpieza extrema, a enmascararnos, al encierro ‘voluntario’, a la ausencia de reuniones, de muestras de afecto y de cariño, a la lejanía de los familiares, a llorar más muertes y a atestiguar el paulatino empobrecimiento de los barrios y de las ciudades. Cada vez menos empleos formales y más gente vendiendo comida, antojitos, fruta, gelatinas; cada vez más personas subempleadas, que al oír sus pregones y no poder comprarles a todos estrujan el alma y hacen apretar los puños de impotencia preguntándote si venderán lo suficiente para comer hoy y para sobrevivir mañana.
◦ Entonces al sentir de nuevo el rasguño en el dedo, me reviso las uñas, recortadas, sin esmalte y algo resentidas; y convengo con ellas en que les pondré un poco de aceite de almendras y luego las puliré en señal de consideración por los trabajos forzados a los que las he sometido. Mis nobles y serviciales manos después de todo no se pueden quejar, están completas y sanas.
◦ Hay otras, muchas manos cuya vida es demasiado ruda y sacrificada y aún así se juntan para orar y agradecer al creador la vida. Las hay crueles capaces de lastimar. Las hay también creadoras de obras de arte y otras maravillosas que alivian el dolor y salvan vidas. A las mías, sin ser excepcionales las quiero y les estoy profundamente agradecida. Les he prometido menos traqueteo y más mimos, aunque deben saber que seguirán las lavadas continuas, quizá para siempre. Qué locura, estoy hablando y disculpándome con mis manos, con mis uñas. Otro estrago de la pandemia, supongo.
◦ Hasta pronto.