Los dulces sueños de un alvaradeño


LOS DULCES SUEÑOS DE UN ALVARADEÑO.

  • Contar mi vida o recordar mis sueños…
  • + Un mandadero de lo más cotizado…
  • + Ganar centavos cuando que sí valían…
  • + Un chamaco inocente que cuidó las niñas…

Por Ruperto Portela Alvarado

Ruperto Portela Alvarado es egresado de la Faculta de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Capítulo IX
Se los voy a contar, aunque me parece un sueño o quizá es que todavía no he despertado. Hay vidas que son demasiado cortas, otras medianas y algunas como la mía un poco largas; pero parece que ha sido un minuto porque se me fue tan rápido que nunca supe cuando estuve en la niñez, pasé a la adolescencia, juventud y hoy como adulto mayor.
Pero en mis sueños veo como fue pasando el tiempo sin darme cuenta, pues en la vida he hecho de todo y tantas cosas, que siento que siempre he sido feliz. Por eso con alegría cuento mi vida y las de quienes han estado a mí alrededor como mis padres Celedonio Portela Sánchez y doña Goya, Gregoria Alvarado Valerio, incluyendo a mis hermanos. Sí, porque para los vecinos cuando hacíamos una maldad, siempre decían, “los hijos de Goya”.
Habrá sido allá por los años de 1960 o 61 cuando apenas tenía nueve o diez años de edad y que mis papás me mandaban a comprar un trozo de hielo con un peso o dos a la fábrica que estaba al lado del faro y donde hoy es Italian Coffe. Llevaba un mecate que muchas veces no sabía cómo amarrar la barra de hielo para transportarla y en otras unas bolsas de yute para meter los pedazos en que los partía el despachador don Pedro Delgado, al que le decían “Don Pedrito el de la Fábrica de Hielo”, que vivía al costado de la casa de “La Bella”, Vicente González Hernández el panadero y frente a la casa del carnicero, Juan Rosas, hermano de Mario y “Vale Ruben”, en la calle Ocampo. Por cierto hay otro Pedro, don Pedro Gómez Portugal, al que le llamaban “Pedrito el de la Luz” o “Pedrito el Chivo”, hermano de Luis Juan Gómez Portugal, “Vichy el de la Trocha”.
Les sigo contando. En otras ocasiones, mis papás me mandaban a comprar las naranjas que mi mamá vendía peladas con chile y bicarbonato en el corredor de la escuela primaria Benito Juárez. Iba hasta por el muro a donde los productores que las traían de los ranchos las apilaban por miles y en el suelo, en un lugar detrás de la fonda de doña Andrea Arano “La Perra Prieta”. Las comprábamos por ciento o por un “zonte” que equivalía a 400 naranjas. También algunos las compraban por millar.
Cuando solo eran 50 naranjas, las llevábamos mis hermanos y yo al hombro, pero ya cuando eran cien o el “zonte”, el que nos la llevaba en su carreta era “Chano Pucho”, de quien todavía no sé cómo se llamaba o “Ney” el hijo de doña Lupita Ochoa, mamá también de Lucha que si no me equivoco era una prestigiada costurera o modista como le dicen ahora y que vivían junto a la casa de doña Bertha Hermida y al lado de Nelón Sánchez y su esposa Silveria.
Precisamente ahí en la esquina de Galeana y Guerrero vivió don Vicente Román Cruz, el “Cuate Román” con su esposa doña Cándida Sosa, donde también tenía su carpintería, una casa de madera junto a la de Tobías Ruiz, aquel que tuvo por eso años de 1966-68, un caballo de carreras que se llamaba “El Pablo López”. Por cierto, de los hijos del “Cuate Román”: Moisés, Joel y Víctor que se destacaron como pintores y rotulistas, tengo pendiente una plática con su hermano Hugo que vive en Paso Nacional, para escribir y publicar un artículo al respecto.
Eran tiempos de trabajo y de ganar unos pesos para llevar a la casa. Fui uno de los más destacados mandaderos del barrio y por eso doña Juana “La Negra” Peña Cruz, me encargaba que le fuera a comprar sus tacos ahogados que hacía muy delicioso el señor “Pompeyo”, –un yucateco avecindado en Alvarado– en su estanquillo que estaba frente al Cine Juárez. Pero me sentenciaba que se los quería comer calientitos y por eso echaba la carrera de ida y vuelta para cumplirle su deseo.
También recuerdo muy bien y con aprecio a “La Chata”, Elizabeth Portugal, que fuera esposa de Felipe “El Loco” Tiburcio Enríquez, cuando vivieron en una casa de madera junto al chalet donde vivían su hermano Antonio “Toño Mamailla” con su esposa Domitila “Tila” Hernández Delgado y que antes había habitado un personaje de nombre Procopito y otro que le apodaban “La Ricardona”. Enfrente su abuelo Felipe Enríquez al que le decían “Papa Lipe”, tenía una huerta en la que sembraba maíz, papaya y otras frutas tropicales.
“La Chata” siempre me empleaba para sus mandados y me pagaba muy bien. Una vez me mandó por un catre hasta el barrio de La Fuente, creo que a la casa de su tío Juan Francisco “Yiyo” Herrera Ramón y doña Lidia Ochoa Castro. El armatoste ese era más grande y alto que yo, que hasta las patas arrastraban. Pero lo llevé a su destino y quiero acordarme que me pagó tres o cinco pesos de aquellos gloriosos tiempos en que el dinero valía.
Recuerdo con mucho cariño y agradecimiento a “La Negra Peña” y a “La Chata”, porque siempre me tuvieron consideración y confianza para hacerle sus mandados, al igual que otras personas con las que tuve mucha interacción durante mi tiempo de niñez y ya en la adolescencia.
Quiero recordar con mucha alegría a una señora de nombre Conchita, esposa de un señor que le decían “De la Tejada” pero que oía que se apellidaba Castillo. Él vino en una de las dragas de las muchas que entonces llegaban a Alvarado y que por cierto una estuvo mucho tiempo atracada en el muro por donde está el restaurante de “La Viuda” y donde un señor al que le faltaba una pierna se sentaba en el muro para pescar con anzuelo. Esos esposos vivieron en la casa de la esquina de Madero y Guerrero, frente a la de don Dimas Zamudio y en la que vivió mucho tiempo Amparito Zamudio Mora y su esposo Carlitos.
Doña Conchita y el “Señor de la Tejada” tenían una hijita de escasos dos años que me confiaron su cuidado. Yo jugaba con ella y la atendía para que no se fuera a caer ni golpear. Hoy esa confianza me llama la atención cuando se oyen tantas barbaridades y abusos de personas jóvenes y mayores en contra de los niños y niñas. No quiero decir que “eran otros tiempos”, porque seguramente esas atrocidades y atentados contra la integridad de los niños también existían. Doña Conchita hacía unas deliciosas gelatinas de grosella y otras de leche que yo salía a vender y me ganaba unos centavos extras, de los que entonces valían.
También he preguntado si es cierto que a mí, un chamaco de escasos once años, me confiaban doña Lucha Uscanga y su esposo Diego Rascón a sus hijitas Lesbia y Luchita hasta para que las llevara a pasear al zócalo los domingos. Recuerdo que sí y que es por eso que ellas me tienen una gran estima como yo a ellas. Inclusive todavía Lesbia se refiere a mí como “hermano” y yo a ella “hermanita”. Por algo será.
Hago estos comentarios del cuidado al que me dejaban a estas niñas porque desde hace muchos meses he intentado escribir sobre los abusos a los niños, niñas, jóvenes e inclusive personas adultas por parte de gentes cercanas a la familia. Pero me detengo cuando no sé utilizar el lenguaje de los y las activistas en este tema, que les pueda ofender. Además, podría decir que hoy me parecería una irresponsabilidad o incongruencia de los padres dejar a sus hijitas en manos de un chamaco, por muy de su confianza que fuera. Pero en fin, la historia se escribe con buenas conductas y el reconocimiento a través del tiempo.
Son muchos los sueños que voy recordando despierto y por eso me explayo en contar, porque en esta novela giran otras personas que son importantes en mi vida y la de Alvarado; y en ese recorrer del tiempo, hay acontecimientos olvidados que debemos visibilizar y escribir de la historia mundana de nuestra querida tierra, que ha estado olvidada y necesitamos reconstruir.
Quedan en mi iPad Escribe, muchos sueños y recuerdos que con la ayuda de mis lectores, voy construyendo en aras de plasmar una historia mundana que será del conocimiento de las nuevas generaciones que todavía no saben de la importancia de nuestros personajes, anécdotas, edificios, calles y lo que fue nuestro querido pueblo, la Ilustre, Heroica y Generosa Ciudad y Puerto de Alvarado… RP@
Con un saludo desde la Ciudad del Caos, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, la tierra del pozol, el nucú, la papausa y la chincuya.
Para contactarme: rupertoportela@gmail.com
Celular: 961 18 8 99 45.
MIEMBRO DE LA ASOCIACIÓN DE COLUMNISTAS CHIAPANECOS. A. C.

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