El Negocio de la Tinta y el Poder en México: la información tiene un costo y alguien tiene que pagarla

Rodolfo Calderón Vivar es egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

En México, la prensa escrita sobrevive atrapada entre dos fuerzas que raramente se citan abiertamente: la dependencia estructural de la publicidad y la cooptación sistemática por parte del poder político. Comprender cómo operan financieramente los grandes periódicos nacionales —y cómo esa operación moldea lo que se publica y lo que se silencia— es indispensable para cualquier lector que quiera descifrar el verdadero significado de lo que lee en el diario de la mañana.

No es la verdad como la pintan muchos periodistas sobre todo en juicios exagerado de nombrar a tal o cual gobernante o político como el peor de todos los que han existido o, por el contrario, el mejor de todos los que han pasado por dicho encargo. Ni tampoco son los periodistas los paladines éticos encargados y obligados socialmente para señalar los errores de los gobernantes ni estos son políticos con moral franciscana y apasionada entrega por el bien de todos, antes que de sí mismos y los suyos. No estamos viviendo en la peor época gubernamental en México, ni éste es le régimen más más corrupto de toda la historia y con vínculos con el narcotráfico como nunca antes. Peores gobiernos han existido, también igual o peor corrupción que la de ahora y vínculos con el narcotráfico por parte del gobiernos desde la década de los cincuentas del siglo XX, solo que entonces, fluía mas financiamiento en comunicación social para encubrirlos.

Un periódico nacional de circulación masiva como Reforma, El Universal, Excélsior o Milenio opera bajo un modelo de ingresos mixto que, en términos generales, descansaban sobre tres pilares: la venta de ejemplares (circulación), la venta de publicidad comercial privada y los recursos provenientes de contratos con instituciones gubernamentales, también conocidos como publicidad oficial o gasto en comunicación social.

La venta de ejemplares, que alguna vez fue el sustento principal de la prensa, representa hoy una fracción marginal del ingreso total. El precio de portada de un periódico impreso en México no alcanza a cubrir ni el costo del papel y la impresión, en los tiempos que todos eran impresos en papel. Los diarios, en la práctica, se vendían por debajo de su costo de producción, asumiendo que el verdadero producto que ofrecen al mercado no es la información para el lector, sino la audiencia para el anunciante.

Este principio es fundamental: el lector no es el cliente del periódico, sino el producto que se le vende al anunciante. Cuantos más lectores tenga un diario —o más influyentes sean esos lectores en términos socioeconómicos—, mayor era el precio que podía cobrar por un centímetro de columna publicitaria en sus páginas.

El manejo de la información con criterio ejidatario de pago de parcelas

El espacio publicitario en la prensa mexicana se comercializa con una lógica de bienes raíces: la ubicación lo es todo. La primera plana (portada), la contraportada y las páginas impares en posición derecha son las más cotizadas. Un desplegado de página completa en la portada de un periódico como El Universal o La Jornada puede costar entre 300,000 y 700,000 pesos en tarifa abierta, aunque los grandes clientes —incluidas las dependencias gubernamentales— negocian descuentos considerables o paquetes que combinan presencia en distintas secciones.

Las tarifas publicitarias se segmentan por sección temática: la sección política tiene una audiencia diferente a la sección de espectáculos o deportes, y los precios reflejan ese perfil. Las páginas de información nacional y política son especialmente estratégicas, porque es allí donde los actores del poder —funcionarios, partidos, empresas reguladas— quieren aparecer y donde también quieren influir en la cobertura informativa.

Los formatos van desde el clásico desplegado (anuncio pagado con apariencia editorial) hasta la inserción de ocho columnas, el módulo de esquina, la media plana vertical u horizontal, y los más recientes formatos digitales que acompañan la versión web del diario. Cada formato tiene su lógica de precios, pero todos comparten un denominador común: su rentabilidad depende del prestigio y la circulación del medio.

En este ecosistema, el departamento comercial de un periódico opera con objetivos que con frecuencia entran en tensión con la sala de redacción. Los ejecutivos de ventas tienen la tarea de mantener y ampliar la cartera de clientes anunciantes, lo que inevitablemente genera presiones —explícitas o implícitas— para moderar coberturas críticas sobre esos mismos anunciantes.

La autocensura por razones comerciales

Si la publicidad comercial privada genera tensiones entre el área editorial y el área de negocios, la publicidad oficial —recursos del Estado destinados a pagar espacios en medios— ha sido históricamente el instrumento más eficaz para disciplinar a la prensa mexicana.

El gasto en comunicación social del gobierno federal y de los gobiernos estatales representa, para muchos periódicos regionales y algunos nacionales, entre el 40% y el 70% de su ingreso publicitario total. Esta dependencia financiera crea una relación asimétrica de poder: el gobierno puede asfixiar económicamente a un medio simplemente retirando la publicidad oficial, sin necesidad de censura directa, sin arrestar periodistas, sin clausurar imprentas.

El mecanismo es sutil pero devastadoramente efectivo. Un periódico que publica reportajes críticos sobre el gobernador en turno descubre que los contratos de comunicación social del gobierno estatal migran hacia otros medios más complacientes. La señal no requiere explicación: los editores y dueños del periódico entienden perfectamente el mensaje. El resultado es la autocensura, esa forma de control que no deja huellas y que es casi imposible de documentar desde afuera.

Organizaciones como Fundar, Centro de Análisis e Investigación, han documentado en múltiples informes que el gasto en publicidad oficial en México carece de criterios técnicos objetivos para su asignación. En otras palabras: los contratos no se otorgan en función de la circulación o el alcance real del medio, sino en función de la afinidad editorial del medio con el gobierno contratante.

La información periodística en los medios pagada como publicidad del gobierno

La relación entre medios y gobierno en México raramente se formaliza en un contrato que diga explícitamente: ‘a cambio de publicidad oficial, usted publicará notas favorables y evitará las críticas’. La sofisticación de este acuerdo radica precisamente en su informalidad. Opera como un entendimiento tácito, sostenido por la historia, los intereses económicos compartidos y la cultura corporativa de las empresas periodísticas.

Durante el régimen priísta del siglo XX, este sistema alcanzó su expresión más elaborada. El gobierno federal distribuía el papel periódico a través de PIPSA (Productora e Importadora de Papel, S.A.), empresa paraestatal que tenía el monopolio del insumo más crítico para los diarios. La amenaza de limitar el suministro de papel era una espada de Damocles permanente sobre las salas de redacción. Paralelamente, el gobierno pagaba generosos contratos de publicidad que en la jerga periodística se conocían como chayotes —término que sobrevive hasta hoy para referirse a los pagos que reciben los periodistas individuales a cambio de cobertura favorable.

Con la transición democrática de los años 90 y 2000, los mecanismos se modernizaron pero no desaparecieron. Los convenios más recientes solían tomar la forma de contratos de comunicación social suscritos entre dependencias gubernamentales y empresas editoras, con montos que pueden llegar a decenas de millones de pesos anuales. Estos contratos contemplan la publicación de desplegados y anuncios, pero en la práctica sirven también como retribución implícita por una cobertura que el funcionario considera satisfactoria.

Las secretarías de estado, los gobiernos estatales, los organismos paraestatales, los partidos políticos y las candidaturas en periodo de campaña constituyen los mayores clientes de publicidad en los periódicos nacionales. Durante los años electorales, el gasto se dispara y los medios se benefician de una lluvia de recursos que distorsiona aún más los incentivos para una cobertura independiente.

Las notas periodísticas como mercancía de empresas comerciales periodísticas, escritas por periodistas a sueldo

El resultado más visible de este modelo económico es la distorsión sistemática de la agenda informativa. Las notas sobre funcionarios que son también grandes clientes de publicidad tienden a ser más benévolas, más cortas en sus aspectos críticos y más generosas en el espacio que dedican a la versión oficial de los hechos. Los reportajes de investigación que podrían afectar a anunciantes importantes suelen quedar enterrados en páginas interiores, mueren en el escritorio del editor o simplemente nunca se escriben porque el reportero sabe que no llegarán a publicarse.

Existe además el fenómeno de las gacetillas, notas redactadas con apariencia periodística pero que en realidad son contenido pagado por el gobierno o por una empresa privada. Durante décadas, las gacetillas se publicaron sin ninguna marca que las distinguiera de la información periodística independiente, engañando al lector sobre la naturaleza de lo que estaba leyendo. Aunque la regulación ha mejorado y muchos medios ahora etiquetan el contenido patrocinado, la práctica de las gacetillas disfrazadas de noticias sigue siendo común en la prensa regional.

La concentración del poder de decisión editorial en los propietarios de los medios —frecuentemente empresarios con intereses en otros sectores de la economía, sensibles por tanto a las relaciones con el gobierno— agrava el problema. En México, los grandes diarios no son propiedad de periodistas sino de grupos empresariales para quienes el periódico es uno más de sus activos, y cuya rentabilidad depende de mantener relaciones armónicas con el poder político.

Los periodistas y el chayote

En la base de esta pirámide se encuentran los periodistas individuales, cuyas condiciones laborales determinan en gran medida su vulnerabilidad a la corrupción. Una parte considerable de los reporteros que cubren fuentes gubernamentales en México reciben salarios bajos o trabajan como colaboradores sin prestaciones sociales. La diferencia entre un ingreso decoroso y uno de supervivencia puede depender de los sobres que entregan las oficinas de comunicación social de las dependencias que cubren.

El chayote —denominado así en alusión irónica a un vegetal sin sabor propio— puede tomar múltiples formas: dinero en efectivo entregado tras una conferencia de prensa, transferencias a cuentas personales, viajes pagados, regalos, contratos de asesoría u honorarios por servicios inexistentes. Este sistema de corrupción menuda complementa los grandes contratos de publicidad oficial que benefician a las empresas: mientras los dueños de los medios reciben el flujo institucional de recursos, los reporteros reciben los pagos individuales que garantizan que la cobertura cotidiana sea favorable.

Hay que subrayar, sin embargo, que esta descripción no agota la realidad del periodismo mexicano. Existen medios y periodistas que han construido modelos de trabajo genuinamente independientes, financiados por suscriptores, por fundaciones internacionales o por modelos de membresía que reducen la dependencia de la publicidad oficial. Medios como Animal Político, Pie de Página, Quinto Elemento Lab o el portal de periodismo de investigación Periodistas de a Pie representan apuestas por una prensa que rinde cuentas a sus lectores, no a sus anunciantes.

Las limitaciones del negocio periodístico en los últimos años

La caída sostenida de la circulación impresa en la última década ha puesto bajo enorme presión el modelo tradicional. Los ingresos por venta de ejemplares y por publicidad comercial privada se han desplomado, mientras que la dependencia de la publicidad oficial se ha vuelto, paradójicamente, más asfixiante para muchos periódicos: aquellos que no lograron hacer la transición digital dependen ahora más que nunca de los contratos gubernamentales para sobrevivir.

La digitalización no ha resuelto el problema estructural; en muchos casos lo ha profundizado. Los anunciantes privados han migrado sus presupuestos hacia plataformas digitales globales como Google y Meta, dejando a los medios locales y nacionales sin su principal fuente de financiamiento no gubernamental. En este contexto, el gobierno —federal y estatal— se convierte en el anunciante de último recurso, y su poder de cooptación crece en proporción directa a esa dependencia.

Las reformas regulatorias en materia de publicidad oficial han sido intermitentes e insuficientes. La Ley General de Comunicación Social, aprobada en 2018, estableció criterios para la asignación del gasto, pero su implementación ha sido cuestionada por organizaciones de la sociedad civil que señalan que los criterios técnicos siguen siendo subordinados a los criterios políticos.

Conclusión: leer entre líneas

El modelo de negocio del periodismo en México no es una anomalía exótica ni un rezago destinado a desaparecer con la modernización. Es el producto de una historia política específica, de relaciones de poder que se han sedimentado durante décadas, y de una estructura económica que alinea los intereses de los propietarios de medios con los del poder político

Sin embargo, en los dos últimos sexenios, los gobiernos morenistas han restringido la venta de publicidad a ciertos diarios no afines la régimen y sobre todo a periodistas que, antaño, establecían convenios de publicidad de manera individual con las oficinas de comunicación gubernamentales, como se estiló durante todo el siglo pasado y parte de éste. Lo cual no responde a una política de eficientación de la comunicación social pagada gubernamental porque los presupuestos de financiamiento de la comunicación gubernamental siguen existiendo, pero ahora esos pagos se asignan a medios y periodistas afines, muchos de estos, en su mayoría, influencers y youtubers, que forman parte de una nueva corte de aduladores gobiernistas que disfrutan de las mieles del poder económicos que otros tuvieron en otros años y ahora se les ha cerrado en parte o totalmente. No es extraño que muchos de esos nuevos periodistas aparezcan apadrinados por grupos políticos, con medios de nueva creación con escaso impacto mediático pero fuerte financiamiento gubernamental.

Entender este modelo es un ejercicio de alfabetización mediática indispensable para el ciudadano mexicano. Cuando se lee que un secretario de estado ‘aclaró’ las acusaciones en su contra, o que un gobernador ‘presentó con éxito’ su informe de gobierno, vale la pena preguntarse cuántos contratos de publicidad oficial tiene ese gobierno con el periódico que publicó esa nota. La respuesta no siempre indica que la nota es falsa, pero sí ilumina las condiciones en que fue producida.

La esperanza —si es que existe— reside en la multiplicación de medios que han apostado por la independencia económica como condición de la independencia editorial. Pero esa apuesta requiere algo que escasea en el ecosistema mediático mexicano: lectores dispuestos a pagar por información que les incomoda, en lugar de buscar gratuitamente la información que les confirma lo que ya creen.

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